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Adulterio Nacional
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Antiguamente, el ganadero de reses de lidia, respondía al prototipo de señor adinerado, romántico, que criaba ganado bravo, y su sustento no dependía de la venta del toro. En la actualidad, la sociedad de consumo también ha llegado al campo. Si quieres colocar las camadas del año, tienes que obtener –de manera natural o artificial-, un producto del agrado del veedor del torero. Debes permitir que la dehesa sea un ir y venir de gente que opine sobre la conveniencia o no de tal res para determinada plaza, y para cual torero. De antemano, tu marca debe estar entre las denominadas comerciales, o lo que es lo mismo, debe jugar la “champion league”. Una vez conseguido que así sea, ya presionaremos en los reconocimientos.
Por otra parte, el empresario blandengue tiene que admitir determinadas exigencias de los taurinos. Las figuras deben funcionar de norte a sur, de este a oeste, de Fallas a El Pilar, y hay que minimizar los riesgos eventuales. Exceptuando determinadas fechas, pocos alamares se pueden arriesgar. A El Puerto en agosto, hay que ir “agradable”. Para malos tragos ya están otros cosos. Además, en esta plaza la presidencia es simpática. No pone demasiadas trabas a la hora de aprobar las reses. Sin embargo, algo está cambiando en la Plaza Real. La presidencia muestra mayores exigencias a la hora de salvar el primer reconocimiento reglamentario. Surgen artimañas diversas con el afán de colar reses impresentables. “Que si se embarca con la “fresquita” para que los toros sufran menos el acuciante calor del verano; que si se han matado dos toros en una pelea a la hora de embarcar y reconocemos el mismo día del festejo por la mañana; que si no me aprueba usted estos toros, los toreros se quedan en el hotel; que si dígame usted, cuántos centímetros tiene que medir un pitón para ser lidiado en El Puerto”. Dimes y diretes, con el objetivo de lidiar becerrones indecentes. De todo lo anterior, debemos sacar la conclusión de que son los taurinos los que están mermando de autenticidad el espectáculo. Nadie vela por la fiesta y mucho menos por los aficionados. Cada vez que se promulga una norma taurina, se le intenta quitar tragedia a la fiesta. Según Lorca, “el toreo es el espectáculo más culto que hay en el mundo. Es el drama puro”. No busquen ustedes culpables en los que redactan pliegos de condiciones, en las peñas taurinas, o en los aficionados. El indulto de “Insensato” puede haber sido el hito más relevante de la temporada exceptuando la expectación creada por la corrida del siglo. Pocos se aventurarían a pensar que el festejo del 15 de agosto, con toreros de menor abolengo, sería el mejor espectáculo vivido, el de mayor autenticidad, el de más emoción. Ni siquiera el buen encierro de Santiago Domecq, con exagerado triunfalismo, se ha alzado con el galardón de la mejor corrida del ciclo. Sorprende la disparidad de criterio del espectador que protesta airadamente un toro y luego concede las dos orejas al torero. El vino “picao” y a hombros el bodeguero. Que me lo expliquen. Sin embargo, hay que destacar lo positivo. Y es que gracias al buen hacer de peñas y entidades que otorgan premios, los profesionales se esmeran en el coso real. La tarde del 9 de agosto pudimos ver buenos banderilleros, excelentes bregas, acertados puyazos... Los toreros saben que en El Puerto se juegan muchos trofeos taurinos, y con categoría. Gran mérito el de las peñas de El Puerto. Este ciclo taurino ha tenido diversos cambios de rumbos en todos los aspectos. Llama la atención el público, con diferentes criterios según el espectáculo. Se demuestra una vez más que una plaza de temporada, por muy condensado en fechas que mantenga el abono, acoge una diversidad de espectadores, capaces de lo mejor y de lo peor. A veces exigente, otras verbenero y festivo. Se sigue aplaudiendo todo, pero lo más infame son las ovaciones que se otorgan a estocadas en los costillares. Será por aquello de que la espada “entró”, aunque poco importe por donde.
En el capítulo de toreros ha sorprendido la apatía de Enrique Ponce, en una de sus plazas favoritas donde ha obtenido grandes triunfos, incluido un lote de toros indultados, como para formar una ganadería. Castella anda algo perdido, y así se le vio en El Puerto. El Cid se mantuvo en su línea aunque hay que esperarle con otro tipo de ganado. El Juli más asentado que nunca, aunque sin llegar a redondear, a pesar de su triunfo el 9 de agosto. Rivera Ordóñez y Cayetano forman un gran tandem, capaz de arrastrar a grandes masas ansiosas de cotilleos rosas y personajes populares. El Fandi, sigue sin triunfar en una plaza que se le resiste. Perera, un gran torero, técnico, templado, pero con dificultad para conectar con los tendidos. Caro Gil sin sitio. Alejandro Morilla, voluntarioso, con hambre de triunfo y jugándosela: vergüenza torera. Talavante a años luz del novillero que despuntó en 2006, aunque con clase. Jesuli de Torrecera, lo intentó ante al peor lote de la gran tarde del 15 de agosto. Miguel Rodríguez, no debió venir ni de sobresaliente. Manzanares, adquiriendo solera y buen gusto, llegando a encandilar a la afición de El Puerto y erigiéndose en uno de los triunfadores. En su debe, mejorar el toreo al natural. Y Pepín Liria, un torero en retirada, pero que una vez más convenció a la afición. Cuando pase algún tiempo, al maestro murciano se le recordará como alguien que dignificó la Fiesta y por ende la profesión de torero. Mejor despedida de El Puerto no pudo tener, con una plaza rendida ante un gran torero. Los rejones tuvieron sus notas artísticas aunque más bien acrobáticas. El aficionado demanda piruetas y espectacularidad, y se demuestra que el rejoneo clásico que interpretan Fermín Bohórquez y Antonio Domecq, no llegan a interesar al espectador. Destacar el buen momento de Diego Ventura. Del ganado mejor no hablar. Salvo excepciones, los ganaderos han perdido el respeto a esta afición. Con mi silencio, otorgo. Los novilleros merecen un capítulo aparte. Alguien debería inculcar a los que empiezan aquello de que llegar a ser torero es casi un milagro. Sin embargo, algunos parece que lo tienen todo hecho. Trajes nuevos, cuadrillas cotizadas, aparato propagandístico, grandes furgones rotulados... Pero poco oficio y lo peor, menos ganas. No hay más que comentar al respecto, juzguen ustedes. Y para qué hablar del certamen “El Puerto busca un torero”. A seguir buscando.
Fotos: Eva Morales |
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