Si los
“abolimemos” tuvieran una ligera idea de la cultura que encierra el toro
y la fiesta brava, se taparían la boca para no caer en tantas
estupideces.
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Tratar de abolir la
Fiesta Brava a los andaluces es tarea imposible. En nuestros genes debe
haber alguno que nos impulse hacia la admiración, el respeto y el cariño
a la Fiesta Brava, haciéndonos vibrar de emoción nuestro espíritu
religioso al ver la artística lidia de un toro.
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Un día pisó el gran poeta sevillano y ganadero de escasas virtudes, con
sus botos camperos, el suelo lacustre de la marisma rociera y exclamó:
“Fue aquí, exactamente aquí, donde tuvo su origen el toreo.” Y añadió:
“El mundo consta de dos partes: Cádiz y Sevilla.” Se refería, claro
está, al mundo civilizado. Entonces, vascos y catalanes vivían cubiertos
con taparrabos en las montañas, en los primeros años del siglo XIV,
cuando se fundaba la capital de los aztecas, elegantemente vestidos (año
1325). |
Tal vez serían muy atrasados, muy brutos y muy lo que se quiera, pero el
tema era cuestión de sensibilidad, de gusto y de arte, de emoción y de
profunda religiosidad. Si los “abolimemos” tuvieran una ligera idea de
la cultura que encierra el toro y la fiesta brava, se taparían la boca
para no caer en tantas estupideces. Se cuentan, por ejemplo, con datos
bien documentados, de que en la ciudad de Ávila, el año 1080, con
motivo de la boda de don Sancho de Estrada con doña Urraca Flores, que
fue concertada por el obispo de Oviedo don Pelayo, se celebró una
corrida de toros en el coso de San Vicente. En ella, los nobles y otras
gente de a pie lidiaron seis toros bravos y esquivos con,
naturalmente, gran solaz e folgura de los que tal oteaban, que es
lo mismo decir, con gran alborozo y diversión para los espectadores. La
costumbre del toro nupcial y en plazas de toros es sin duda mucho más
antigua, tanto como puede serlo la de correr toros por las calles de
las villas y ciudades; pero los historiadores de Ávila han sido más
cautelosos que los de otras villas.
Las corridas nupciales -por
cierto, muy extendidas por todo el territorio peninsular desde tiempo
inmemorial-, llamaron poderosamente la atención de A. Álvarez de
Miranda, que le dedica sabrosas páginas en su admirable libro Ritos y
juegos del toro. El vínculo con la sexualidad era más directo en los
festejos rurales. Y cabe preguntarse: ¿Qué es lo esencial de la
corrida que llamamos moderna? La gracia frente al peligro, la
inteligencia venciendo el ímpetu furioso de la noble y brava bestia.
Ante el toro nupcial, como en el de San Marcos –a esta dedicaremos una o
dos entregas- se ensayaban suertes del toreo con garbo, con galanura,
con romanticismo. Todavía parece prematuro hablar de “arte”; si bien es
cuestión de sensibilidad. Desde luego, se pone en práctica una idea que
el maestro Francisco Arjona Herrera (Cúchares) tenía muy en
cuenta: “De todas las suertes, la más importante es que no le coja el
toro a uno.” Es preciso compatibilizar esta sabia máxima con otra: “Para
torear y casarse hay que arrimarse”,… para ser abolimemo sólo dejarse.
Tratar de abolir la Fiesta
Brava a los andaluces es tarea imposible. En nuestros genes debe haber
alguno que nos impulse hacia la admiración, el respeto y el cariño a la
Fiesta Brava, haciéndonos vibrar de emoción nuestro espíritu religioso
al ver la artística lidia de un toro. Tenemos al orgullo de saber que el
origen de las Fiestas de Toros está en Andalucía. Ya lo dejó escrito el
gran Fernando Villalón, en los primeros capítulos de su Taurofilia
Racial. Su pensamiento se vistió de un lujo imaginativo muy
andaluz, del que carecen los abolimaníacos. Dejemos que el mundo de los
refinados tartesios lo cuente él y nadie más que él. Un día pisó el gran
poeta sevillano y ganadero de escasas virtudes, con sus botos camperos,
el suelo lacustre de la marisma rociera y exclamó: “Fue aquí,
exactamente aquí, donde tuvo su origen el toreo.” Y añadió: “El mundo
consta de dos partes: Cádiz y Sevilla.” Se refería, claro está, al mundo
civilizado. Entonces, vascos y catalanes vivían cubiertos con taparrabos
en las montañas, en los primeros años del siglo XIV, cuando se fundaba
la capital de los aztecas, elegantemente vestidos (año 1325).
Y es que Villalón cita también a
nuestra Tacita de Plata, porque en la evolución del toreo son
fundamentales los sonidos y olores de la Bahía de Cádiz -que son
especialmente aromáticos en los mariscos y pescados servidos en el
famoso Restaurante “Casa Flores”, de El Puerto de Santa María-, ya
que ella comenzaron a sonar las castañuelas entre los dedos de una
“romana de Cádiz” –como lo pudo ser de una romana de Cartagena-,
bailaora de gracias remotas, de cintura cimbreante. Lo afirma el
historiador hispano-romano Marcial: “Telethusa tortura y consume a su
antiguo amo; él la compró en otro tiempo como esclava y hoy la rescata
como querida.” Con los años, nos lo explicará la música de don Manuel de
Falla, tan gaditano como juncal Telethusa.
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Juan
José Zaldivar Ortega
El Puerto 5 de
mayo 2005
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