Se creen que más de
230 millones de personas aficionadas a los toros viven en un error
cultural, artístico y litúrgico.
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¡Que saben esos pobres diablos lo que se siente cuando
se está en un tendido y un torero desprende la esencia del arte más puro
que ha creado el Hombre!
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En la Fiesta Brava hay verdad, honor,
sentimiento, valentía y hombría. Ya este gran país no da hijos para
darlo “Todo por la Patria”; ahora el vigor de la mayoría de la juventud
se quema en las botellonas y en las endemoniadas discotecas bañadas en
alcohol cuando no en drogas… |
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Con toda justicia debemos reconocerle al rojelio abolicionista su gran
capacidad para dar la impresión de ser muchos cuando en realidad son
cuatro gatos que esconden sus verdaderos apellidos para que no se vea
que nada tienen de catalanes, sin detenerse a pensar que con verles el
rostro sabemos de la casta mansa y, eso sí, peligrosa y astuta a la que
pertenecen. Por eso más bien debemos disponer nuestro ánimo a
perdonarlos, porque sencillamente, no saben lo que dicen. Se creen que
más de 230 millones de personas aficionadas a los toros viven en un
error cultural, artístico y litúrgico. Los toreros antes de torear se
pasan a orar en la capilla de la plaza. Los abolicionistas, antes de
pasar al coso de las Cortes, porque en él se dan cornadas en el alma,
ninguno reza, pero sí preparan con odio las frases que se van a
disparar.
Y el papa Pío V, cada día más obstinado, con la misma
cerrazón
que sus otros compañeros, con todo respeto, para los que la Tierra era
plana y pecaba el que aceptara que daba vueltas alrededor del Sol. Y
erre que erre, se pasó casi siete años de Pontificado (1566-1572),
nuestro Antonio Ghislieri, defendiendo con vehemencia el articulado de
su Reforma General de Costumbres, especialmente la prohibición total de
las corridas de toros, de las que llegó a afirmar, como señalamos en la
primera entrega “abolicionista”, “…ser más propias de demonios que de
hombres”; lo que provocó en España gran agitación. Semejante
desconcierto está tratando de provocar, a sabiendas de que no
conseguirán nada que no sea aumentar aun más la afición a los toros.
¡Que saben esos pobres diablos lo que se siente cuando se está en un
tendido y un torero desprende la esencia del arte más puro que ha creado
el Hombre! Por eso nos da penita de ese rojelio tan seudocatalanista,
perdido en los caminos de la historia.
Y si terco fue Pío V, más Felipe II, acudiendo nuevamente
a Roma cuando era ya papa Clemente VIII, todo un pontífice moderno, ya
que en su opinión, lidiar toros, era “costumbre muy antigua, en la que
los militares, tanto de caballería como de a pie, luchando así se hacen
más aptos para la guerra.” Claro, que ahora les está prohibido a los
soldados españoles ir a la guerra… y si van los vuelven a casita. Así
que, los únicos jóvenes valientes son en nuestros días los toreros… ¡a
estos nadie se atreve a decirles que se vuelven a casita para que el
empresario gane las elecciones! En la Fiesta Brava hay verdad, honor,
sentimiento, valentía y hombría. Ya este gran país no da hijos para
darlo “Todo por la Patria”; ahora el vigor de la mayoría de la juventud
se quema en las botellonas y en las endemoniadas discotecas bañadas en
alcohol cuando no en drogas…
Estimaba Clemente VIII, con singular contenido histórico,
que “parece estar en la sangre de los españoles esta clase de
espectáculos”, y advirtiendo que “las referidas censuras y penas en los
reinos de España no sólo no han aprovechado sino que son motivo de
escándalo por la frecuencia de incurrir en ellos”, para evitar todos
estos males, como buen pastor, levantó la excomuniones, anatemas y
demás penas, excepto a los frailes mendicantes. Dispuso el Papa que no
se celebrasen las corridas en días de fiesta, y que se proveyera para
que no hubiera muerte alguna. Esto se decía el (13-01-1596). Han
pasado cuatro siglo y nadie ha cambiado el curso de la Fiesta “más culta
del mundo”, que decía nuestro insigne García Lorca.
Juan
José Zaldivar Ortega
El Puerto 21
abril 2005
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