Toros en El Puerto

 



Dr.D. Juan José Zaldivar

¿Qué quieren prohibir lo toros o sembrar odios?

Se creen que más de 230 millones de personas aficionadas a los toros viven en un error cultural, artístico y litúrgico.

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¡Que saben esos pobres diablos lo que se siente cuando se está en un tendido y un torero desprende la esencia del arte más puro que ha creado el Hombre!

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En la Fiesta Brava hay verdad, honor, sentimiento, valentía y hombría. Ya este gran país no da hijos para darlo “Todo por la Patria”; ahora el vigor de la mayoría de la juventud se quema en las botellonas y en las endemoniadas discotecas bañadas en alcohol cuando no en drogas…

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          Con  toda justicia debemos reconocerle al rojelio abolicionista su gran capacidad para dar la impresión de ser muchos cuando en realidad son cuatro gatos que esconden sus verdaderos apellidos para que no se vea que nada tienen de catalanes, sin detenerse a  pensar que con verles el rostro sabemos de la casta mansa y, eso sí, peligrosa y astuta a la  que pertenecen. Por eso más bien debemos disponer nuestro ánimo a perdonarlos, porque sencillamente, no saben lo que dicen. Se creen que más de 230 millones de personas aficionadas a los toros viven en un error cultural, artístico y litúrgico. Los toreros antes de torear se pasan a orar en la capilla de la plaza. Los  abolicionistas,  antes de pasar al coso de las Cortes, porque en él se dan cornadas en el alma, ninguno reza, pero sí preparan con odio las frases que se van a disparar.

              Y el papa Pío V, cada día más obstinado, con la misma cerrazón que sus otros compañeros, con todo respeto, para los que la Tierra era plana y pecaba el que aceptara que daba vueltas alrededor del Sol. Y erre que erre, se pasó casi siete años de Pontificado (1566-1572), nuestro Antonio Ghislieri, defendiendo con vehemencia el articulado de su Reforma General de Costumbres, especialmente la prohibición total de las corridas de toros, de las que llegó a afirmar, como señalamos en la primera entrega “abolicionista”,  “…ser más propias de demonios que de  hombres”; lo que   provocó en España gran agitación. Semejante desconcierto está tratando de provocar, a sabiendas de que no conseguirán nada que no sea aumentar aun más la afición a los toros. ¡Que saben esos pobres diablos lo que se siente cuando se está en un tendido y un torero desprende la esencia del arte más puro que ha creado el Hombre! Por eso nos da penita de ese rojelio tan seudocatalanista, perdido en los caminos de la historia.

              Y si terco fue Pío V, más Felipe II, acudiendo nuevamente a Roma cuando era ya papa Clemente VIII, todo un pontífice moderno, ya que en su opinión,  lidiar toros,  era “costumbre muy antigua, en la que los militares, tanto de caballería como de a pie, luchando así se hacen más aptos para la guerra.” Claro, que ahora les está prohibido a los soldados españoles ir a la guerra… y si van los vuelven a casita. Así que, los únicos jóvenes valientes son en nuestros días los toreros… ¡a estos nadie se atreve a decirles que se vuelven a casita para que el empresario gane las elecciones! En la Fiesta Brava hay verdad, honor, sentimiento, valentía y hombría. Ya este gran país no da hijos para darlo “Todo por la Patria”; ahora el vigor de la mayoría de la juventud se quema en las botellonas y en las endemoniadas discotecas bañadas en alcohol cuando no en drogas…

              Estimaba Clemente VIII, con singular contenido histórico, que “parece estar en la sangre de los españoles esta clase de espectáculos”, y advirtiendo que “las referidas censuras  y penas en los reinos de España no sólo no han aprovechado sino que son  motivo de escándalo por la frecuencia de incurrir en ellos”, para evitar todos estos males, como buen pastor, levantó  la excomuniones, anatemas y demás penas, excepto a los frailes mendicantes. Dispuso el Papa que no se celebrasen las corridas en días de fiesta, y  que se proveyera para que  no  hubiera muerte alguna. Esto se decía el (13-01-1596). Han pasado cuatro siglo y nadie ha cambiado el curso de la Fiesta “más culta del mundo”, que decía  nuestro insigne García Lorca.

          

       

 Juan José Zaldivar Ortega
     El Puerto 21 abril 2005

     

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