Toros en El Puerto

 



Dr.D. Juan José Zaldivar

¿Qué quieren abolir, los toros o su amargura?


 Porque no se trata sólo de prohibir nuestra grandiosa Fiesta Nacional, ya que si les dejan, cubren con pintura de odio el arte pictórico rupestre de la cueva  de Altamira, para que no se vuelvan a ver los toros; abolirían la Monarquía;
pisotearían, como lo vienen haciendo, las normas democráticas más sencillas; quemarían los Archivos de la  Nación donde exista un solo documento que les recuerde que un chaparro gallego les demolió el rostro.

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¿Qué saben ellos de arte, de valor, de sentimientos, de progreso humano, de cultura de un pueblo bravo y noble, como son los toros?

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                 Da por un lado la impresión de que  esa pobre gente, muy defensora de los derechos de los animales, no están tratando algo verdaderamente imposible, cual es buscar por todos los medios abolir las corridas de toros, sino borrar de sus mentes una profunda amargura que arrastran como una maldición bíblica la izquierda abolicionista. Por eso desde siempre le hemos tenido compasión y nos produce tristeza ver cómo andan descarriados por el mundo, perdidos en un vacío de constante desaliento. Porque no se trata sólo de prohibir nuestra grandiosa Fiesta Nacional, ya que si les dejan, cubren con pintura de odio el arte pictórico rupestre de la cueva  de Altamira, para que no se vuelvan a ver los toros; abolirían la Monarquía; pisotearían, como lo vienen haciendo, las normas democráticas más sencillas; quemarían los Archivos de la  Nación donde exista un solo documento que les recuerde que un chaparro gallego les demolió el rostro; si pudieran le quitarían a España su forma de piel de toro, para darle la forma geográfica de la isla de  Cuba;  y como carecen de sentido de la Historia, les encanta instaurar Repúblicas y volver a chocar contra la pared. ¿Acaso no se le ocurre a la izquierda española hacer algo positivo que no sea destruir, joder? ¿Por qué no tiraron al suelo al general gallego cuando estaba vivito y coleando?

              Para prohibir algo es  premisa  fundamental conocer a fondo lo que se quiere abolir. ¿Qué saben ellos de arte, de valor, de sentimientos, de progreso humano, de cultura de un pueblo bravo y noble, como son los toros? Hasta los papas, como Pío V, de Tortona - cuyo verdadero nombre era Antonio Ghislieri, nacido en Bosco Marengo, cerca de Alessandria,  en 1504 y muerto en Roma en 1572- , que desde el mismo día de sentarse en el silla pontificia, en  1566, cayó en el error al  incluir en su programa de reforma general de costumbres, la prohibición total de las corridas de toros, de las que llegó a afirmar “…ser más propias de demonios que de  hombres”; lo que   provocó en España gran agitación. El franciscano fray Antonio de Córdoba escribió un libro, que no pudo imprimir, intitulado De difficilis quaestionibus, en el que se aseguraba no ser pecaminosa la asistencia a las corridas de toros. El pecado grave es tratar de abolirlas. Claro, que para quienes no creen en Dios …nada de lo que hagan es pecado ¡qué gustazo!

              Felipe II recurrió en vano a Pío V, mediante una carta fechada el (23-07-1570), en demanda de renovación o mitigación de la bula. La súplica fue aceptada por su sucesor, Gregorio XIII, el cual anuló las censuras, por lo que tocaba a los  legos, el (25-08-1575), a los que sí les estaba prohibido asistir a las corridas.            El obispo de Salamanca procedió contra algunos catedráticos de la Universidad, entonces la Institución mmás culta del Mundo, que enseñaban que  los clérigos podían asistir a los festejos taurinos, sin incurrir en pecado.  A pesar de esto, no se evitó que varios catedráticos –sacerdotes y religiosos- de Salamanca, no solamente continuasen yendo a los toros, sino que alentasen a sus discípulos para que les acompañasen a la plaza. Los doctores salmantinos no dejaban de pregonar las excelencias de la lidia de reses bravas, llegando a escribir colectivamente una carta, que se conserva en nuestra Biblioteca Nacional, cuya primera firma es la de fray Luis  de León.

       

 Juan José Zaldivar Ortega
     El Puerto 18 abril 2005

     

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