El taurineador


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Toros en El Puerto
 


 
 
 
 
 
 
 
 

 

Una especie de viaje interno que provocan los estímulos que llegan al torero del exterior físico o metafísico. 

 

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En el tacto están sus terminaciones nerviosas más sensibles, las que reciben los más opuestos sentimientos humanos, amor y odio, confianza y miedo, sosiego y tensión.

 

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Dirige la capa con mimo, a la mínima velocidad que late sólo corazón de los valientes. Sus manos sueñan con la distancia, la derecha acunando los gavilanes de la espalda y la izquierda dormida a plomo sobre el corbatín y la chaquetilla. Expresando con sus manos este arte inclasificado.

 

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Desde sus rodillas hincadas en el abismo de la porta gayola, lances con toda la dificultad de lo desconocido del toro que es vomitado de las entrañas del coso a la luz de la arena, savia torera como principio activo nutritivo de valor vocación y ambición.

 

         
     

Puños de hierro, yemas de seda.
 

       Viendo a Alejandro Morilla torear con la capa es cuando nos damos cuenta de que definitivamente de los cinco sentidos el tacto es el más torero. Desde los sentimientos surge a las entrañas y de ahí al corazón. 

        Se ordena a su mente y sus manos lo sacan a la luz. En sus manos y en el tacto del torero quedan reflejados los sentimientos.

        Una especie de viaje interno que provocan los estímulos que llegan al torero del exterior físico o metafísico. 

En sus manos se refleja con nitidez el más íntimo fondo del toreo y su expresión, que en el ruedo es la única que nadie puede disimular. 

Sus manos equivalen a los ojos del taro y entre ellos se establece la mutua y secreta comunicación del toreo de capote. 

          En el tacto están sus terminaciones nerviosas más sensibles, las que reciben los más opuestos sentimientos humanos, amor y odio, confianza y miedo, sosiego y tensión.

          El mejor toreo de capa de Morilla lo realizan las yemas de sus dedos y necesita para ello una sensible prolongación instrumental suave, moldeable, y ágil, que transmita fácilmente los impulsos de su corazón que se desbordan por sus dedos.

        Por ello nos expresa mucho más su capote ligero, dúctil, flexible con vuelo, suavidad para un temple suave, líquido y deslizado desde las yemas de sus dedos y las palmas de las manos que se encaran al toro para irradiarle el sentimiento que surge de sus entrañas.

       Dirige la capa con mimo, a la mínima velocidad que late sólo corazón de los valientes. Sus manos sueñan con la distancia, la derecha acunando los gavilanes de la espalda y la izquierda dormida a plomo sobre el corbatín y la chaquetilla. Expresando con sus manos este arte inclasificado.

        Por ellas se manifiesta también todo lo que supone la lucha a muerte del toreo, se manifiesta a través de los puños y los dedos que devuelve a los trastos su función primigenia de armas de ataque y defensa en la brega.

       En sus manos se refleja también la adrenalina del miedo, de levantar palmas y olés, o el valor que adormece la sensibilidad de las yemas y tensa los músculos como anestésico al dolor de la pelea.

      En otras ocasiones sus manos se aferran a trozos de telón engomados endurecidos como latón de armadura del guerrero dependiendo de las condiciones de sus ejemplares. Un toreo más humano, instintivo trastocando las yemas sensibles del artista.

      Alejandro posee una inteligencia reaccionadora con la capa, una madurez impropia, madera y valor innatos. No desperdicia quites, detalles y destellos de entregar todo lo que es.

       Desde sus rodillas hincadas en el abismo de la porta gayola, lances con toda la dificultad de lo desconocido del toro que es vomitado de las entrañas del coso a la luz de la arena, savia torera como principio activo nutritivo de valor vocación y ambición.

     Su raza y casta como persona y como torero, nunca fáciles de domeñar, cualidades absolutamente necesarias para enfundarse en un traje de torear y hacer volar la seda y el percal en la plaza.

      Le hemos visto crecer como torero y como persona, desde la entrega de su carnet para torear, sus primeros pasos en Chapín, la competición de novilleros su encabezamiento del escalafón de novilladas, nos calzamos el zapato arnedano y segamos la espiga de oro.

     Sevilla y El Puerto testifican a titulo de ejemplo su manejo y soltura del capote campeando al Dios Eolo enfurecido casi.

       Ha sido testigo de la cara amarga del manejo del capote por lo arriesgado de sus porta gayolas en sus comienzos, sufriendo el calvario personal de su maltrecha rodilla, con innumerables intervenciones quirúrgicas, y anestesia equina para salir a torear, hoy ya todo eso superado.

       El Puerto se ha rendido a su entrega definitivamente, el profeta ha entrado en su feudo acunado en palmas por bulerías y en miles de corazones que vibramos con él no sólo en el tercio de capa que hoy se premia, sino en todos.

      Desde las porta gayolas, una de las suertes con más riesgo, a las manoletinas que removieron de sus cenizas al propio creador de la suerte, dejándose materialmente matar, entreabriéndose él mismo la puerta de la enfermería, con un lote imposible, exponiendo tanto que el aliento del toro le zumbaba en los muslos, olvidándose del instinto de conservación en las chicuelinas y verónicas.

      Además va a tener el orgullo de atesorar un galardón que lleva el nombre del titular de la entidad que hoy nos congrega, José Luís Galloso, que paseó el nombre del Puerto en la esclavina de su capote, inigualando las chicuelinas y las gallosinas como creación propia.

     Sellando a fuego que la ciudad parió entonces un soberbio capotero y hoy certificamos el nacimiento de uno nuevo y compartiendo el cetro del poder unidos la ciudad y el toreo de capa testificando las manos de José Luís a Alejandro.

 

16 Febrero 2008
Fotos: Eva Morales

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