La pasada semana fallecía en
Zaragoza el empresario Justo Ojeda, quien regentara
en los últimos siete años nuestra plaza hasta esta
pasada temporada. Una larga enfermedad contra la
cual batió una larga y dura batalla, que
definitivamente sesgaba su vida.
Enfermedad que había marcado la vida de la familia Ojeda
en los últimos años profundamente, ya que había
mantenido en el dique seco al buque insignia de la
familia, al patriarca del clan que abanderaba la
empresa de cara al exterior y desde el interior.
Desde que aterrizó en la ciudad, sabíamos
que iba a ser una persona especial en todos los sentidos,
realizó su campaña particular de dar a conocer su empresa a
todos los sectores taurinos. La obtención de la adjudicación
de la plaza le alzó como uno de los empresarios que venia a
El Puerto pisando fuerte, dejando siempre bien clara su
marcada personalidad.
Era una mezcla de raza y casta con nobleza en sus mismas
dosis, era sincero en sus manifestaciones y duro pero
razonable, con un toque de taurineo que siempre le hacia
ser tan singular.
Con su perdida, sentimos que se nos van marchando cada vez
más los típicos empresarios castizos, los de puro y libreta,
los de calculadora y gafas enormes oscuras, los del golpe de
teléfono y arrestos, dejando paso en estos últimos tiempos a
los del ladrillo e informática, a la frialdad de las cifras
y ganancias, por los que conocen las entrañas del toro y
cómo desenvolverse en ellas hasta con cierto desparpajo.
Era un hombre rudo pero atento, la
relación empresarial se había convertido en algo casi
familiar para todos, basada en la cercanía y en el trabajo
de apoyo y común de todos, no sin sobrellevar mal las
críticas, todo hay que decirlo.
Era
visceral pero también sentimental, franco pero en ocasiones
osado, un hombre hecho a sí mismo, desde la humildad que
provoca el haber nacido en el seno de una familia sencilla
y el haber llegado arriba basando su actitud vital en el
trabajo y el esfuerzo. Un ejemplo personal y entrañable para
todos. Hasta siempre Justo