CRÓNICA DEL FESTEJO

                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

Castellon 13 Marzo 2010 -

"Preciosa, noble y débil corrida de Algarra"

FICHA DEL FESTEJO

Castellón. 7ª de feria. Tres cuartos de plaza. Soleado, fresco.
Seis toros de Luis Algarra. El quinto, jugado de sobrero.

La cosa empezó con una larga cambiada de El Fandi de rodillas en tablas a un toro muy guapo de Algarra y terminó, dos horas y media después, con otro toro todavía mejor hecho del mismo hierro de Algarra, y Cayetano al aparato, pero pinchando sin pasar ni empujar. Fue bueno el primer toro; igual de bueno el último, que, pechugón, una breve papadita y dos puntas bien afiladas, incluso galopó de salida. Pero lo mismo al primero que al último les faltó poder. No voluntad. Fue el signo de la corrida.

El Fandi, de yema y oro, una oreja y saludos.

José María Manzanares, de azul cobalto y oro, una oreja y saludos.

Cayetano, de verde botella y oro, palmas y saludos.
 

 

Se tenía el temor de que, en cuanto empezara el curso, los toros iban a acusar las lluvias copiosas de invierno, que no les han dejado moverse ni rematarse del todo. El pelo del invierno traía un cuarto de corrida hondito, burraco. Pero sólo ése. La corrida fue un cromo. De bella y bonita. Y llamativamente noble. Si hubiera podido tanto como quiso, habría sido de las de apuntárselas.
El segundo, muy codicioso, apretó de bravo en una vara, galopó en banderillas y se movió con un ritmo precioso. No le sobraron las fuerzas, sino que flaqueaba en los tironcitos. El primero se pegó una costalada monumental en un quite acelerado de El Fandi por chicuelinas; el gran segundo se derrumbó de puro nervio antes de asentarse con el estilo que sacó luego; el tercero, con menos cara que los demás, buscó las tablas pero sin llegar a rajarse ni dejar de ir y venir como en deriva; el burraco, pinta clásica en la ganadería, salió bueno y también se pegó una costalada a mitad de faena; el quinto enterró los pitones de salida, cobró un volatín completo, salió lesionado del trance y la masa, algo revuelta, precipitó su devolución. Al ir camino de los corrales, el toro parecía otra vez entero.

El sobrero, menos armónico que los cinco restantes, barría la arena con las frondosas crines del rabo; abanto, algo distraído, estuvo a punto de afligirse después de un peleado puyazo, se cayó redondo luego, dejó grabada con sangre su silueta en la arena y se levantó más muerto que vivo, pero al ataque. Aguantó y se dejó; el sexto, en fin, escarbó, y ninguno lo había hecho, y, algo rebrincado, se empleó no a su aire ni por su cuenta, sólo que sin ser obligado. Cayetano se desplantó dos veces con particular torería y rotundo encaje. Los dos desplantes cantaron a un tiempo el valor del torero y la nobleza del toro.

A pesar de la densidad del atestado y del número de tropezones, no fue corrida frágil ni de las mírame y no me toques. El Fandi se batió el cobre a modo: lances de saludo y quites mixtos, seis pares de banderillas sin abusar de las pistas ni los regates y dos faenas de no perder el tiempo ni andárselo pensando. Un carrusel de circulares al primero metió a la gente en harina; un par de tandas de las de trece por docena en el cuarto encontró cálido eco entre los que en Castellón se pasan merendado cocas de tomate y hojaldres de cabello de ángel la segunda mitad de la corrida. La corrida que sea. De estocada caída murió el primero; de bajonazo inapelable el cuarto. Pese al bajonazo, muchos clientes pidieron la oreja. Se enrocó el palco. Se armó un cacaito. La mitad de la plaza le cantó al presidente el infamante coro del “¡Burro, burro...!”; la otra mitad le tocó las palmas en señal de reconocimiento. El Fandi gobernó con sobrada facilidad las dos peleas.

Manzanares se escondió con el capote en los dos turnos. Sólo lances de asegurar y amarrar, que estaban de más con el notable segundo de corrida. Tardó en estirarse con ese segundo, lo toreó más por fuera que para dentro, abusó de los remates descaderados y, aunque se entregó en una corta tanda enrabietada, a la hora de echar cuentas había pasado muy poco. Se le dejaron a deber al toro dos o tres tandas como Dios manda. Una estocada defectuosa con vómito. Al quinto lo toreó muy tapado, sin decidirse ni a engancharlo ni a esperarlo. Al hilo del pitón, pero no cómodamente. Un cañonazo.
Cayetano, desarmado y casi arrollado en el saludo al tercero, dibujó en ese toro muletazos despegados pero de buen compás. Cauteloso el ritmo sincopado porque no sintió Cayetano seguro el son del toro, que se iba de cuando en cuando, o reponía pegajoso. Defendiéndose, no buscando. No le llevó Cayetano al toro la contraria. Tablas. Al sexto le pegó de salida seis lances a pies juntos de acompañar con airoso y limpio vuelo y dejando al toro abrirse cuanto quisiera. La media de remate, en los medios, tuvo prestancia. No se picó bien el toro, que, suelto, atacó corrido y peleó a salida tapada. Cayetano brindó al público. Pareció que el que brindaba era el personaje y no el torero. Se celebró a chilliditos el brindis. De rodillas con templadas banderas la apertura de una faena pausada, sin apreturas, limpia, delicada. Sin empujar al toro ni violentarlo. En sólo un terreno, sueltos los brazos, bien pintado el toreo a media altura, compuesta la figura. Mal la espada.

(COLPISA, Barquerito)

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