Se tenía el
temor de que, en
cuanto empezara el
curso, los toros
iban a acusar las
lluvias copiosas de
invierno, que no les
han dejado moverse
ni rematarse del
todo. El pelo del
invierno traía un
cuarto de corrida
hondito, burraco.
Pero sólo ése. La
corrida fue un
cromo. De bella y
bonita. Y
llamativamente
noble. Si hubiera
podido tanto como
quiso, habría sido
de las de
apuntárselas.
El segundo, muy
codicioso, apretó de
bravo en una vara,
galopó en
banderillas y se
movió con un ritmo
precioso. No le
sobraron las
fuerzas, sino que
flaqueaba en los
tironcitos. El
primero se pegó una
costalada monumental
en un quite
acelerado de El
Fandi por
chicuelinas; el gran
segundo se derrumbó
de puro nervio antes
de asentarse con el
estilo que sacó
luego; el tercero,
con menos cara que
los demás, buscó las
tablas pero sin
llegar a rajarse ni
dejar de ir y venir
como en deriva; el
burraco, pinta
clásica en la
ganadería, salió
bueno y también se
pegó una costalada a
mitad de faena; el
quinto enterró los
pitones de salida,
cobró un volatín
completo, salió
lesionado del trance
y la masa, algo
revuelta, precipitó
su devolución. Al ir
camino de los
corrales, el toro
parecía otra vez
entero.
El sobrero, menos
armónico que los
cinco restantes,
barría la arena con
las frondosas crines
del rabo; abanto,
algo distraído,
estuvo a punto de
afligirse después de
un peleado puyazo,
se cayó redondo
luego, dejó grabada
con sangre su
silueta en la arena
y se levantó más
muerto que vivo,
pero al ataque.
Aguantó y se dejó;
el sexto, en fin,
escarbó, y ninguno
lo había hecho, y,
algo rebrincado, se
empleó no a su aire
ni por su cuenta,
sólo que sin ser
obligado. Cayetano
se desplantó dos
veces con particular
torería y rotundo
encaje. Los dos
desplantes cantaron
a un tiempo el valor
del torero y la
nobleza del toro.
A pesar de la
densidad del
atestado y del
número de
tropezones, no fue
corrida frágil ni de
las mírame y no me
toques. El Fandi se
batió el cobre a
modo: lances de
saludo y quites
mixtos, seis pares
de banderillas sin
abusar de las pistas
ni los regates y dos
faenas de no perder
el tiempo ni
andárselo pensando.
Un carrusel de
circulares al
primero metió a la
gente en harina; un
par de tandas de las
de trece por docena
en el cuarto
encontró cálido eco
entre los que en
Castellón se pasan
merendado cocas de
tomate y hojaldres
de cabello de ángel
la segunda mitad de
la corrida. La
corrida que sea. De
estocada caída murió
el primero; de
bajonazo inapelable
el cuarto. Pese al
bajonazo, muchos
clientes pidieron la
oreja. Se enrocó el
palco. Se armó un
cacaito. La mitad de
la plaza le cantó al
presidente el
infamante coro del
“¡Burro, burro...!”;
la otra mitad le
tocó las palmas en
señal de
reconocimiento. El
Fandi gobernó con
sobrada facilidad
las dos peleas.
Manzanares se
escondió con el
capote en los dos
turnos. Sólo lances
de asegurar y
amarrar, que estaban
de más con el
notable segundo de
corrida. Tardó en
estirarse con ese
segundo, lo toreó
más por fuera que
para dentro, abusó
de los remates
descaderados y,
aunque se entregó en
una corta tanda
enrabietada, a la
hora de echar
cuentas había pasado
muy poco. Se le
dejaron a deber al
toro dos o tres
tandas como Dios
manda. Una estocada
defectuosa con
vómito. Al quinto lo
toreó muy tapado,
sin decidirse ni a
engancharlo ni a
esperarlo. Al hilo
del pitón, pero no
cómodamente. Un
cañonazo.
Cayetano, desarmado
y casi arrollado en
el saludo al
tercero, dibujó en
ese toro muletazos
despegados pero de
buen compás.
Cauteloso el ritmo
sincopado porque no
sintió Cayetano
seguro el son del
toro, que se iba de
cuando en cuando, o
reponía pegajoso.
Defendiéndose, no
buscando. No le
llevó Cayetano al
toro la contraria.
Tablas. Al sexto le
pegó de salida seis
lances a pies juntos
de acompañar con
airoso y limpio
vuelo y dejando al
toro abrirse cuanto
quisiera. La media
de remate, en los
medios, tuvo
prestancia. No se
picó bien el toro,
que, suelto, atacó
corrido y peleó a
salida tapada.
Cayetano brindó al
público. Pareció que
el que brindaba era
el personaje y no el
torero. Se celebró a
chilliditos el
brindis. De rodillas
con templadas
banderas la apertura
de una faena
pausada, sin
apreturas, limpia,
delicada. Sin
empujar al toro ni
violentarlo. En sólo
un terreno, sueltos
los brazos, bien
pintado el toreo a
media altura,
compuesta la figura.
Mal la espada.
(COLPISA,
Barquerito)