La facilidad de
Morante con el
capote: para
componer y encajar
naturalmente la
figura en los lances
de recibo y sin
previo tanteo; para
dibujar con aparente
sencillez pero
golosamente en un
sutil juego de
brazos, muñecas,
manos y dedos; para
darle a cada lance
su vuelo. Todo eso.
Tener el capote en
las manos sin que
parezca pesar. En
los dos turnos faltó
correspondencia: muy
corto el brío del
primer “vegahermosa”
–del segundo de los
dos hierros de Borja
Jandilla- y muy
desfondado el
cuarto, del hierro
de Vegahermosa
también, un toro
largo y bajo que no
se reunía al galopar
ni galopó tampoco.
Iba a ser, sin
excepción, corrida
apagadita. Bondadosa
sin más, pero nada
más.
De todas las
sutilezas de Morante
con el capote la
mayor fue el trazo
por sorpresa a pies
juntos de media
verónica muy
recogida para
rematar un quite en
el primer toro. Una
revolera frontal
para dejar al toro
en suerte frente al
caballo fue, en el
segundo turno, otra
obrita maestra. Cada
vez que Morante se
estiró con el capote
sin tener ni que
estirarse, y hasta
sin toro con que
batirse, estuvo la
escena llena. De
espontánea torería.
Lo siguió estando
durante el curso de
una primera faena
más sobria y precisa
que caprichosa: a
toro sin corazón ni
segundas
intenciones, noblito,
de viajes cortos
porque se arrepentía
antes de terminar el
pase.
La soltura de
Morante en ayudados
por alto cargando a
pies juntos la
suerte. Y en tres o
cuatro muletazos de
perfil, o de dar no
el medio pecho sino
sólo un cuarto, pero
sin esconderse.
Faena menor, pero de
paladar. Una
miniatura con
texturas y relieves.
Un pinchazo, una
estocada. Le gustó a
la gente mucho el
trabajito. Hacía
años que no toreaba
Morante en
Castellón. Era la
gran novedad de la
feria. El cuarto
toro claudicó al
quinto viaje,
semienterró los
pitones, echó luego
las manos por
delante. No es que
se defendiera, pero
no le daba el
resuello para nada.
Con inteligente
criterio Morante
abrevió. Obligada
displicencia. Un
pinchazo, una
estocada.
Morante, Castella y
Perera con una
corrida de sangre
Jandilla. Casi casi
el cartel del
Domingo de
Resurrección de
Sevilla, donde
dentro de tres
semanas, con toros
de Daniel Ruiz,
estará, por Castella,
Manzanares. La plaza
llena. Cornicorto y
astifino, estrecho y
montadito, negro,
con carita de bueno,
el segundo fue
prototipo del
jandilla más
abundante en el
catálogo de la casa.
Limpios lances
lineales de Castella,
dos puyazos –en el
primero,
descabalgado un
picador confiado
sobre un caballo
nervioso-, un firme
quite por
chicuelinas ceñidas
de Castella, y media
a pies juntos
despegada pero
grácil. Castella
anduvo fino con el
toro: firme como de
costumbre, ajustado,
serenísimo, sueltos
los brazos, certero
en los toques,
paciente cuando al
toro se le acabó la
gasolina. Y
espectacular en los
rizos rizados del
toreo entre pitones,
el repertorio de los
circulares de ida y
vuelta. Ya domado,
el toro se vino
abajo. Una estocada
soltando Castella el
engaño en la
reunión. Dos orejas.
Cumplida cosecha.
No más orejas porque
el quinto de
corrida, de
justísimo impulso,
sólo fue un noble
compañero de viaje.
Viaje o medio viaje.
No despegaba apenas.
Un par de galopitos
en banderillas. Nada
más. Castella abrió
con toreo cambiado
por la espalda,
dibujó a media
altura algún
muletazo caro,
prefirió los apoyos
del toreo de ponerse
encima. Unos cuantos
pinchazos.
El tercero, del
hierro de Jandilla,
terciadito, acodado,
pobre de cara, salió
mansito y suave, fue
toro a menos y se
apagó no de golpe
pero casi.
Trémulamente. Perera
no redondeó con el
capote pero se
empleó después en
faena muy de su
firma. Los pies
enterrados en cuatro
banderazos de
apertura, los
hombros descolgados
en una tanda por la
derecha dejando al
toro llegar,
suavidad en el toreo
rehilado con la
izquierda, de pases
tramados en uno solo
sin resolución. O el
falso circular, que
la gente celebra. El
alarde. Que se
multiplicó en
circulares
abrochados con
péndulo pero a toro
sumisamente rendido.
Como el gato del
sofá. Cuatro
pinchazos, un aviso.
El sexto, de
Jandilla también, y
colorado, salió con
ganitas, Perera lo
dejó crudo y le
aguantó lo indecible
en un pase cambiado
por la espalda.
Llave de su
repertorio temerario
para abrir faenas en
cites de largo. De
una primera tanda en
el anillo salió
tocado el toro y
como pidiendo la
cuenta. Perera le
bajó la mano y,
cuando más dormida
parecía le
embestida, se vio de
pronto empalado por
la cacha derecha,
volteado, apaleado y
buscado. Una paliza
imprevista. De la
refriega salió
Perera cojeando y
doliéndose de la
rodilla. El toro,
roto. Perera volvió
al tajo. Lo apoyó la
gente, se valoró el
gesto. Un tú a tú,
una estocada.