CRÓNICA DEL FESTEJO

                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

Castellon 12 Marzo 2010 -

"Lindezas de Morante, firmeza de Castella"

FICHA DEL FESTEJO

Castellón. 6ª de feria. Lleno. Nublado, frío.
Seis toros de Borja Domecq Solís. Cuatro –1º, 2º, 4º y 5º-, con el hierro de Vegahermosa; los otros dos, con el de Jandilla.

Morante de la Puebla, de violeta y oro, saludos y silencio.

Sebastián Castella, de carmesí y oro, dos orejas y saludos

Miguel Ángel Perera, de siena y oro, saludos tras un aviso y una oreja.
 
 


La facilidad de Morante con el capote: para componer y encajar naturalmente la figura en los lances de recibo y sin previo tanteo; para dibujar con aparente sencillez pero golosamente en un sutil juego de brazos, muñecas, manos y dedos; para darle a cada lance su vuelo. Todo eso. Tener el capote en las manos sin que parezca pesar. En los dos turnos faltó correspondencia: muy corto el brío del primer “vegahermosa” –del segundo de los dos hierros de Borja Jandilla- y muy desfondado el cuarto, del hierro de Vegahermosa también, un toro largo y bajo que no se reunía al galopar ni galopó tampoco. Iba a ser, sin excepción, corrida apagadita. Bondadosa sin más, pero nada más.

De todas las sutilezas de Morante con el capote la mayor fue el trazo por sorpresa a pies juntos de media verónica muy recogida para rematar un quite en el primer toro. Una revolera frontal para dejar al toro en suerte frente al caballo fue, en el segundo turno, otra obrita maestra. Cada vez que Morante se estiró con el capote sin tener ni que estirarse, y hasta sin toro con que batirse, estuvo la escena llena. De espontánea torería. Lo siguió estando durante el curso de una primera faena más sobria y precisa que caprichosa: a toro sin corazón ni segundas intenciones, noblito, de viajes cortos porque se arrepentía antes de terminar el pase.

La soltura de Morante en ayudados por alto cargando a pies juntos la suerte. Y en tres o cuatro muletazos de perfil, o de dar no el medio pecho sino sólo un cuarto, pero sin esconderse. Faena menor, pero de paladar. Una miniatura con texturas y relieves. Un pinchazo, una estocada. Le gustó a la gente mucho el trabajito. Hacía años que no toreaba Morante en Castellón. Era la gran novedad de la feria. El cuarto toro claudicó al quinto viaje, semienterró los pitones, echó luego las manos por delante. No es que se defendiera, pero no le daba el resuello para nada. Con inteligente criterio Morante abrevió. Obligada displicencia. Un pinchazo, una estocada.

Morante, Castella y Perera con una corrida de sangre Jandilla. Casi casi el cartel del Domingo de Resurrección de Sevilla, donde dentro de tres semanas, con toros de Daniel Ruiz, estará, por Castella, Manzanares. La plaza llena. Cornicorto y astifino, estrecho y montadito, negro, con carita de bueno, el segundo fue prototipo del jandilla más abundante en el catálogo de la casa. Limpios lances lineales de Castella, dos puyazos –en el primero, descabalgado un picador confiado sobre un caballo nervioso-, un firme quite por chicuelinas ceñidas de Castella, y media a pies juntos despegada pero grácil. Castella anduvo fino con el toro: firme como de costumbre, ajustado, serenísimo, sueltos los brazos, certero en los toques, paciente cuando al toro se le acabó la gasolina. Y espectacular en los rizos rizados del toreo entre pitones, el repertorio de los circulares de ida y vuelta. Ya domado, el toro se vino abajo. Una estocada soltando Castella el engaño en la reunión. Dos orejas. Cumplida cosecha.
No más orejas porque el quinto de corrida, de justísimo impulso, sólo fue un noble compañero de viaje. Viaje o medio viaje. No despegaba apenas. Un par de galopitos en banderillas. Nada más. Castella abrió con toreo cambiado por la espalda, dibujó a media altura algún muletazo caro, prefirió los apoyos del toreo de ponerse encima. Unos cuantos pinchazos.
El tercero, del hierro de Jandilla, terciadito, acodado, pobre de cara, salió mansito y suave, fue toro a menos y se apagó no de golpe pero casi. Trémulamente. Perera no redondeó con el capote pero se empleó después en faena muy de su firma. Los pies enterrados en cuatro banderazos de apertura, los hombros descolgados en una tanda por la derecha dejando al toro llegar, suavidad en el toreo rehilado con la izquierda, de pases tramados en uno solo sin resolución. O el falso circular, que la gente celebra. El alarde. Que se multiplicó en circulares abrochados con péndulo pero a toro sumisamente rendido. Como el gato del sofá. Cuatro pinchazos, un aviso.

El sexto, de Jandilla también, y colorado, salió con ganitas, Perera lo dejó crudo y le aguantó lo indecible en un pase cambiado por la espalda. Llave de su repertorio temerario para abrir faenas en cites de largo. De una primera tanda en el anillo salió tocado el toro y como pidiendo la cuenta. Perera le bajó la mano y, cuando más dormida parecía le embestida, se vio de pronto empalado por la cacha derecha, volteado, apaleado y buscado. Una paliza imprevista. De la refriega salió Perera cojeando y doliéndose de la rodilla. El toro, roto. Perera volvió al tajo. Lo apoyó la gente, se valoró el gesto. Un tú a tú, una estocada.

 

Colpisa-Barquerito

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