CRÓNICA DEL FESTEJO

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

Vistalegre (Madrid) 28 Febrero 2010 -

Primores de Morante

FICHA DEL FESTEJO

Palacio Vistalegre. 28 Febrero.  5ª de la Feria de Invierno. Tres cuartos largos.

Seis toros de Núñez del Cuvillo, de buenas hechuras. De serio remate el sexto. Segundo, cuarto, quinto y sexto dieron muy buen juego, pero cada uno fue de distinta condición. Nora común de todos fue la movilidad. O la codicia y las repeticiones en la muleta. Cortito de ímpetu el primero. El tercero, deslucido, protestó mucho.

Morante de la Puebla, de añil y oro, silencio y dos orejas.

Alejandro Talavante, de tabaco y oro, ovación tras aviso en los dos.

Cayetano, de plomo y azabache, silencio y pitos.
 


Morante - Foto: Las Ventas.


 

La primera firma de Morante fue la de cinco lances sin soltarse con el primer toro de Cuvillo, de ágil galope y viveza un poco informal. En la media de remate del saludo se sintió el cascabeleo particular de Morante. Y más todavía en un quite. Tres lances a la verónica, alta la mano de salida, templado el vuelo y claro el dibujo casi espiral. Morante abrochó el quite con media y un añejo recorte.

Estaba el ambiente con Morante: un clamor en cuanto asomó por el portón de cuadrillas, una fortísima ovación al romperse el paseo, y Morante y sus dos compañeros de terna tuvieron que salir a saludar. La cara arriba del toro en viajes cortos, apenas provocados en toques de muleta casi escondida, no animó ni inspiró a Morante. Dos ayudados por bajo, cuatro garabatos buenos, una tanda en redondo arrebujada y compuesta. Pero a los diez muletazos estaba cansado Morante. Cortó sin más. Media trasera.

Así que fue como si esperara a mejor ocasión. La ocasión fue el turno siguiente y casi por sorpresa: el cuarto cuvillo, remangado, de mejor traza que el primero, echó las manos por delante –y no hubo quite de lujo- y, entre trotón y corretón, suelto, parecía más por irse que por pelear. Falsa alarma.

Cambio de decorado en banderillas. No lo dudó Morante, que ya dibujó -la suerte cargada, el viaje acompañado con pecho y cintura- un primer muletazos que fue primero, además, de una preciosa tanda de salirse de tablas al tercio con inteligente dominio, el garbo propio de Morante al ganar pasos y el dibujo muy suave por las dos manos, a pies juntos, en la media altura, y el remate de casi un kikirikí. El toro era de pronto otro.

Morante reclamó a las musas. Y entonces vino a ser una faena muy hermosa de ver. La imaginación del torero de la Puebla del Río para, apenas abierto el compás, improvisar sin atender a querencias. Una firmeza exquisita: de toreo posado, lacios los brazos, como si torearan los dedos las más veces. Una especie de magnética lentitud que hizo al toro embestir como en dos o tres tiempos. En el toreo a dos manos se explayó a gusto Morante. Y al natural. Y en los remates, en las salidas, en las entradas. En el toreo cambiado, cuyo repertorio sabe manejar Morante con tanta habilidad como fantasía. Una estoada desprendida. Dos orejas. Una preciosidad.
De los seis toros de Cuvillo el más bondadoso fue el segundo, casi el toro de carril; el de más humillada embestida el quinto, que rompió en la muleta y no antes. La codicia clásica del toro fijado por Cuvillo, su prontitud para repetir. Un error de cálculo –cite de lejos en los medios para abrir sin tocar siquiera- le costó a Talavante, encunado y volteado, dos batacazos. También fue falsa esa alarma.

A la noble inercia del segundo se acopló sin miedo Talavante. Una abundante faena que tuvo de prólogo estatuarios y de epílogo una tanda de arrucinas. Y, por cuerpo, tandas ligadas por las dos manos. Más al hilo del pitón que cruzado, muy montada la muleta con el estaquillador. Sin vuelo los muletazos, pero templados.
Se avino Talavante a la velocidad del toro. Hubo cortes y pausas. Siempre estaba dispuesto el toro. Trenzas a pies juntos. Un poco de todo pero sin definirse la vía. Un pinchazo, una entera tendida a paso de banderillas. Seis pinchazos después, una trasera y dos descabellos.

No anda la espada de Talavante. Ni el brazo que la empuja ni la mano que engaña al cruzar. Superado el susto de la cogida, Talavante se enredó con el quinto mejor que con el segundo. Más vertical ahora, más preciso, más cruzado, y dispuesto porque el toro repetía sin tregua. El público arropó y jaleó. Y ni siquiera pesó el contraste inevitable con la faena que Morante acababa de escenificar,

El tercer cuvillo se revolvió mucho, punteó a veces y reculó no poco. Como si protestara. Se le atragantó a Cayetano el debut en Carabanchel. Lo descolocó el estilo incómodo del toro. El sexto se escupió de los caballos de pica cuatro veces, pero se empleó en la muleta con bravo aire. Por abajo, metiendo los riñones. Otro distinguido toro. Cayetano hizo un amago de echarse adelante. Sólo el amago. Falto de sitio, sorprendido en las repeticiones, mal encajado, Cayetano se encontró, además, con un público más hostil que propicio. No disimuló el desánimo.

Colpisa - Barquerito

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