Se dice “público
fallero” y se
entiende público
impresionable,
condescendiente,
dadivoso. Más humano
que divino. Casi
humanitario. No la
corrida. La de
Fuente Ymbro era ya
la cuarta de las
diez anunciadas este
año en el abono de
Fallas. Corrida de
finas puntas. El
tercero lucía dos
agujas tremebundas.
Pitones muy
afilados. Eran,
además, tan finas
las mazorcas que el
asta entera parecía
todo pitón. Algo
recogido pero amplio
de cuerna, parecía
llevar dos guadañas
de corona. Aunque se
acabó parando y, por
tanto, defendiendo,
no fue toro avieso.
Cuando cabeceó,
punteó o protestó,
lo hizo más por
falta de fuerza que
con instinto
agresivo. Fue el más
terciado de una
corrida con buenas
carnes. Con toda
evidencia, abierta
de sementales. Para
gustos los colores:
cuatro negros, y dos
de ellos zainos y
especialmente
lustrosos –el cuarto
y el quinto-, un
jabonero melocotón y
casi dorado, como
los veraguas de
Prieto de la Cal, y
un castaño chorreado
en verdugo y listón,
que cerró la cuenta.
No hubo ningún toro
completo. Metió la
cara un primero
noble y bueno que
disimuladamente se
rajó a última hora;
se rebrincó en la
corta distancia un
cuellicorto y
encogido segundo, el
toro dorado,
veragüeño y cano,
que pegaba
aguijonazos a final
de viaje. Bramó como
un poseso un cuarto
de lindo remate que
buscó caras
conocidas por los
tendidos y era, por
eso, un punto
distraído; y fue,
encima, un toro de
rara manera porque,
luego de apoyarse en
las manos por
sistema, vino a
emplearse por la
mano izquierda con
sorprendente
voluntad.
El quinto, chato y
papudo, pechugón
como un búho,
acodado y
engatillado, la
cuerna en manillar,
corto, cuajado y
hondo, escarbó, y
embistió a saltos y
sin meter los
riñones. Un chasco
para quienes creen
que las hechuras de
un toro son datos de
una radiografía
infalible. Este
quinto tenía cara de
embestir. Sólo la
cara. El último se
afligió tras la
segunda vara, que le
dolió porque fue
dura de verdad, y,
rebrincado y
claudicante, anduvo
de acá para allá en
faena de mucho moler
y moler. De mucha
paja.
Esa clase de faenas
de más paja que
grano son el ideal
del público fallero.
Por ejemplo, las dos
tan prolijas de
César Jiménez, que
tuvieron sus dosis
de interés, sus
riesgos, su verdad
también, su temple,
sus concesiones a la
galería, sus pausas
y sus tiempos
muertos. Y una
cantidad muy
generosa de
muletazos. De
fábrica a veces. Un
exceso, pero César
dejó impresión de
torero renovado,
ilusionado. Buenas
vibraciones: por la
manera de pisar,
estar y resolver.
Estuvo firme,
apostó, se fue de
largo para abrir la
primera faena con el
cambiado por la
espalda, que casi
siempre sobrecoge;
demostró que la
buena colocación es
privilegio de los
toreros maduros –y
él ha pasado a
serlo-, bajó la mano
con autoridad, abusó
de los dobles
cambiados en los
remates y, aunque se
pasó de metraje,
tiró de los dos
toros con limpieza.
Con una y otra mano.
No sólo tesón; hubo,
con la mano
izquierda, muletazos
de los buenos. A los
dos toros los mató
en los medios y de
sendos sopapos
cobrados con los
ojos abiertos. Las
corridas falleras
miden el ánimo de
los toreros. César
Jiménez ha recobrado
la ambición y el
sitio. Eso pareció.
No descolgó el toro
jabonero, se puso
muy encima pero sin
encañonarse Matías
Tejela y la faena
tomó enseguida aire
de forcejeo
imposible y combate
nulo. Hábil Tejela
para sacar los
brazos cuando
toreaba por fuera o
abriéndose
exageradamente en
los pases cambiados;
pero agarrotada la
mano que suelta al
toro o debería. Tres
ayudados por alto
para abrir faena con
el quinto fueron lo
mejor que hizo
Tejela. Y casi lo
único porque,
rebotado y
desganado, el toro
se frenó luego en
todas las bazas.
Tejela tuvo la
gentileza de ser
breve y el acierto
de matar pronto.
Heterodoxamente al
toro rubio; por
arriba y por derecho
al que tanto
prometía y nada dio.
A Bolívar no le
impresionaron las
puntas temibles del
tercero y se animó
con él: el cambiado
por la espalda en la
apertura. Luego, lo
toreó más tapadito,
o al hilo, o en
línea, o sin
hilvanar. Un tajo de
largo el trasteo.
Con el toro
rebrincado y
renegando. Diez
minutos de combate
sin cruzarse ni
golpes. Una larga
cambiada de rodillas
para saludar al
sexto, que echó las
manos por delante,
mugió, no tuvo
gasolina, escarbó y
claudicó de cuando
en cuando. Más breve
la pelea ahora.
Estimable el
derroche. Un
bajonazo terrible.
COLPISA -
Barquerito