CRÓNICA DEL FESTEJO

                                                                                                                                                                                                 

Olivenza (Badajoz) 7 Marzo 2010 - (tarde)

Una dispersa y oscura corrida de cinco hierros

FICHA DEL FESTEJO

Olivenza. 4ª de abono. Lleno: 5.600 espectadores. Nubes, claros y un par de chubascos.
Toros de distintas ganaderías. Primero, de Daniel Ruiz, aplomado, noble; segundo, de Núñez del Cuvillo, de excelente son; tercero, de Victoriano del Río, descoordinado, flojo, suelto; cuarto, de Victoriano del Río, brusco, frenado, parado; quinto, de Garcigrande, de pobre fondo, no se empleó; sexto, de Victorino Martín, noble, bondadoso, con ritmo. Pitados en el arrastre tercero, cuarto y quinto.

El Juli, de burdeos y oro, una oreja y saludos.

José María Manzanares, de bermellón y oro, saludos y ovación.

Miguel Ángel Perera, de grana y oro, palmitas y ovación.


 

La prevista corrida de seis ganaderías fue, al cabo, de sólo cinco. Iban a haber sido seis, pero los dos toros de Victoriano del Río llevaban un solo y mismo hierro. No el de Toros de Cortés, sino el del ganadero titular. Fueron, por cierto, dos de los tres deslucidos de la corrida. Dentro de los límites del presupuesto, los tres de terna eligieron toros, los trajeron ellos.

El Juli se echó por delante un toro retinto de Daniel Ruiz, bien cortado, de ancha popa y menguadas fuerzas. El Juli dispuso que el trámite de varas se cumpliera con un picotazo. Tardo en banderillas, el toro sólo se vino en los medios a la voz. A la voz de El Juli, que suele resultar imperativa para cualquier toro. Éste obedeció no sin remolonear. Le costó desplazarse. El Juli dispuso de él con una precisión notable. No sólo la voz: además, la tenaza para tirar del toro por la mano diestra y ligar en un solo terreno tres o cuatro tandas de resuelta habilidad. Cuando el toro se cansó y se paró, El Juli se encajó en atrevidos péndulos y, cuando se le antojó, tocó la tecla que arrancaba a resorte al toro. Breve y segura, limpia faena, con la firma de El Juli. Y una estocada que tumbó sin puntilla al toro.

Pese a ser, en función de toro telonero tan perezoso, un trabajo artesanal más que una obra de ingeniería, ésa primera iba a ser la faena de la tarde. La única premiada. El segundo de los toros que mató El Juli, enmorrillado, salió brusco, calamocheó en el caballo y no quiso en serio ni una vez: frenado, rebrincado, desganado, se defendió punteando o pensándoselo en viajes al paso. Afanoso, El Juli anduvo displicente y compuesto, amagó con un arrimón entre pitones y cortó cuando ya no procedía otra cosa. Un pinchazo y una entera. Al toro de Daniel Ruiz le hizo un garboso quite por chicuelinas rematada con una bella larga; al de Victoriano le aguantó con firmeza en el recibo a la verónica tres acostones violentos.

El toro de la corrida fue el de Cuvillo. Jabonero claro, lucía espesa pelliza de invierno. Muy brocho. Tan abrochado que la cuerda de pitón a pitón mediría la mitad que la frente. Galopó, sufrió el quebranto de una vara dura y algo trasera y se empleó sin la menor reserva. El toro de carril. Manzanares anduvo cauto, parapetado más que descarado o puesto; ni soltaba toro en los viajes ni los enganchaba ni terminaba de acompañarlos. Estuvo muy chillón y pareció de pronto el único que no veía claro toro tan transparente. Una estocada.

El otro toro que puntuó en la escala fue el de Victorino Martín que Perera mató para cerrar corrida y abono. Era el primer victorino que Perera mataba en su carrera. Le sorprendería el estilo del toro, que, terciado y corto, astifino, sacó buen aire: prontitud, fijeza, nobleza, movilidad, entrega. Por la mano derecha, largos viajes. Por la izquierda tendía a gatear un poco. Tuvo temple el toro y Perera supo acariciarlo por la mano derecha. No tanto por la zurda, aunque en una tercera serie llegó a gobernar el viaje entero. A este toro le hizo una trenza de tres. Al abusar, se vio desarmado. El toro no dejó que le quitaran de las manos la presa. La prenda era la muleta. Se puso a llover, se enfrió un poco Perera, que parecía satisfecho con el botín de la víspera: las cuatro orejas y un rabo de un lote de Cuvillo. No anduvo fino con la espada.

Al tercero de la tarde, de Victoriano del Río, le hizo un quite por villaltinas sorprendente: siete lances en un mismo manojo sin rectificar de posición Perera. La gavilla fue un exceso y el toro acusó el esfuerzo. Perdió las manos, se fue suelto, Perera no dio con la fórmula para sujetar y asentar al toro. La faena fue, sin embargo, enojosamente larga.

El quinto, de Garcigrande, grandullón, de alta culata, no metió los riñones pero pareció moverse, Sin empeño ni formalidad. Manzanares estuvo eléctrico con el capote y displicente con la muleta. Un intermitente trabajo lineal, no fluido, de poca fe. Como un constante tanteo. Y algún bello apunte suelto. Entró certera la espada.
 

Colpisa - Barquerito
 

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