Firmeza
despampanante, no
temeraria pero casi
sofocante de Perera,
que pareció desde la
primera baza
dispuesto a todo: a
comerse el mundo, a
acabar con el
cuadro, a reñirle la
partida a José Tomás
como si con él o por
él fuera el duelo.
El guante del
desafío. El sereno
encaje de José
Tomás, sin
concesiones, fue sin
disimulos ajeno al
reto. Como si no
fuera con él. Se
trata de toreros de
palos distintos. Y
de distintas épocas.
No había en rigor ni
duelo ni reto. Y
menos a estas
alturas de
temporada.
Pero la ambición
desmedrada de Perera,
tan sin medida ni
freno, del todo
rotunda, fue marca
mayor del
espectáculo. La
plaza, abarrotada.
De partida,
pendiente la mayoría
de José Tomás, de lo
que fuera a hacer y
de lo que hizo. Sólo
que durante la lidia
entera del quinto,
seguida con silencio
escalofriante desde
la grada porque el
toro estuvo a punto
de arrollarlo o
cogerlo un par de
veces, dos coches
estacionados frente
a la puerta grande
con altavoces de
disparatada potencia
a tope provocaron un
contrambiente que
reventó la tensión
de esa faena, que
tuvo, por parte de
José Tomás, acento
justificatorio.
La temible borrasca
prevista se cobró su
cuota durante la
tarde del viernes y
la noche que entraba
en sábado. El piso
estaba a la hora de
los toros en
bastante buena
condición. La
temperatura fue
bajando de toro en
toro y la segunda
mitad de corrida fue
más de invierno que
de primavera. José
Tomás tiritaba en el
callejón.
Perera se llevó los
dos toros de mejor
nota de la corrida
de Cuvillo. No sólo
los dos que más se
emplearon, sin dar
descanso ni tregua;
también los dos de
mejores hechuras. Un
tercero jabonero
claro, largo y bajo,
armado con armonía,
galope de buen
compás. Y un sexto
colorado, gachito,
bien puesto y
astifino, que no se
resistió ni una vez.
Fijos, nobles,
prontos. Apenas fue
picado el tercero;
al sexto lo templó
un buen puyazo. Los
dos escarbaron un
par de veces. El
tercero buscó las
tablas al final de
un trasteo agotador
por lo intenso, lo
extenso y lo
exigente. Pero se
pidió, sin éxito, la
vuelta al ruedo para
el toro. Le dieron a
Perera el rabo.
Perera mató por
arriba y por derecho
a los dos, con los
dos se halló a gusto
en lances de saludo
de manos bajas y a
los dos los dejó al
cabo como el que
vuelca un cajón
lleno de cosas hasta
que no queda dentro
nada. Ni una miga ni
un hilo suelto.
La declaración de
intenciones no se
hizo esperar: crudo
el tercero de un
picotazo por expreso
deseo de Perera. Y,
enseguida, el cite
en el platillo de
largo para el pase
cambiado ceñidísimo,
primero de una
madeja de toreo por
alto sin ceder ni un
centímetro. La
codicia desbordante
del toro puso a
hervir el juego.
Proteica faena sin
pausas, borboteante
en cada una de sus
fases: tandas con
las dos manos, el
toro tapado,
esperado, conducido,
manejado sin darle
ni tiempo para ver o
pensar. Largos los
muletazos con la
izquierda, emotivos
los cambiados de
remate ligados,
madejas finales de
circulares de ida y
vuelta. El
borroncito del toro
a última hora: un
casi rajarse. Una
estocada inapelable.
Al sexto le hizo
Perera un quite
valiente pero no
logrado por
gaoneras, que
pareció la réplica a
otro deslucido de
José Tomás al quinto
también por gaoneras
o lo que fueran.
Perera abrió faena
en las rayas con un
tirabuzón de hasta
nueve muletazos por
alto, cambiados o
no, ligados de ida y
vuelta en un palmo
de terreno donde se
había enterrado de
pies. Y de ahí para
adelante. No de la
misma manera, pero
sí con parecida
pasión. Lo que
Perera buscó fue
meterse entre
pitones para
subrayar de nuevo su
poder, su valor, su
carácter. Las tres
tandas previas al
cuerpo a cuerpo en
zona cero fueron
notables pero no
contaron en
comparación con los
ovillos y ochos en
que Perera se pasó
el toro como si
bailara un diávolo.
Bernadinas antes de
la igualada. Una
gran estocada. Sólo
faltó acogotar al
toro.
José Tomás, a pies
juntos con el
capote, bien mecido
el cuerpo pero sin
redondear el lance,
no escatimó
sutilezas con un
segundo toro
brochito y bizco,
que metía la cara
pero se rebotaba y
no humilló. Los
cambios de mano en
apertura de tanda
para esperar el
viaje de vuelta sin
írsele ni un jadeo
fueron soberbios. Y
el ajuste de todas
las reuniones. Un
punto desordenada la
faena, con sus
improvisaciones no
siempre felices.
Muchos molinetes, de
todas las escuelas,
el inmutable encaje
en los momentos de
riesgo. Teñida de
sangre la taleguilla
en prueba de
apretura. Una
estocada contraria.
Muy seguro José
Tomás. Incluso
cuando el quinto le
buscó los machos,
las zapatillas y las
huellas. Desapacible
el estilo del toro,
que acapachado y
afilado, protestó en
casi todas las
distancias y estuvo
a punto de ser
sometido en una
última tanda de
toreo por bajo muy
elocuente. José
Tomás se fue con la
espada a los bajos.
El Fundi se embarcó
en dos trasteos muy
largos. El segundo,
machacón y desigual,
abierto con una
preciosa tanda de
toreo andado pero
castigada con dos
avisos. Los cambios
de ritmo del toro no
parecieron convencer
a El Fundi. Y
viceversa. Terciado,
con aire de toro de
peluche, ese cuarto,
colorado ojo de
perdiz, pecó por
mugir. Del lindo
repertorio de El
Fundi con capa y
espada hubo escasa
muestra: una media
verónica al cuarto,
una hábil estocada a
capón de recurso al
primero, que se
acabó dejando domar.
Y entonces toreó El
Fundi despacito,
mimosamente. Pero
despegadito.