CRÓNICA DEL FESTEJO

Madrid 17 Mayo 2010
 

"Un esperpento"

 

FICHA DEL FESTEJO

Madrid. 12ª de San Isidro. Primaveral. Tres cuartos largos de plaza.
Seis novillos de José Joaquín Moreno de Silva. De distintas hechuras. Cuarto y quinto, con cuajo de cuatreños. Este quinto, manso pregonado. Aprendió el quinto. Manejables los otros cuatro. De mucha bondad el segundo.

Paco Chaves, de burdeos y oro, pitos tras tres avisos y pitos.
Miguel Hidalgo, de bermellón y oro, silencio y silencio tras tres avisos.
Antonio Rosales, de violeta y oro, silencio en los dos
 


En la primera mitad de la novillada –la segunda del abono, la dura, de saltillos de Moreno de Silva- saltaron tres novillos encastados y de interés: un primero zancudo y alto de agujas, de caprino aire, elasticidad, movilidad y velocidad muy llamativas, y de una resistencia todavía más notable. Distraído al salirse de suertes, un punto corretón, pronto en el empleo, noble, la cara alta. El extremeño Paco Chaves, banderillero voluntarioso, estuvo medio acoplado en una faena de las de acompañar viajes.

Se torció de repente y sin mayor motivo la cosa. Aunque a su aire, y pese a sus galopadas de vértigo, el toro dejaba estar. Perdonó que a Chaves se le fueran los pies. Como si no lo viera. Como el toro no humillaba, y sin haberlo siquiera cuadrado, Chaves atacó con la espada a toro arrancado, soltó el engaño y agarró un metisaca muy bajo, que pareció darle al toro más vida y más pies. Y a partir de entonces vivió Chaves un quinario. Y otro el toro.

Tardó Chaves en cazarlo de una atravesada, tardó más todavía en entender que ninguna de los dos estocadas tenía muerte, sonó un aviso, luego otro, una tercera estocada con el toro ajeno y a la huida, una suerte de verbena frente a chiqueros sin que nadie acertara a pegar un capotazo por abajo ni a sacar la espada atravesada. Los areneros no habían limpiado el recado generoso de un caballo de alguacil al final del paseíllo. Parte de esa pelea última se tuvo que hacer pisando boñigas. Sonó el tercer aviso. Se echó el toro, se levantó, Chaves no sabía ni dónde estaba el palco, rompió una bronca, aplaudieron en el arrastre al toro, apuntillado antes de salir por él los bueyes.

El segundo novillo, asaltillado de línea, larga caja cárdena, hocico de rata, un golpe de Murube en la frente, playerito, salió bueno y pareció del filón mejor de la ganadería. Le pegaron sin piedad un primer puyazo muy trasero. El granadino Miguel Hidalgo anduvo compuesto, aguantó encajadito por la mano diestra, no lo vio claro por la izquierda, el acople fue a menos y al cabo afloró en el toro la chispa de casta que aconsejó montar la espada. Una estocada en el chaleco. Terrible.

El tercero, degollado, muy en tipo, de fino remate, se estiró enseguida. Antonio Rosales pegó una espantada en los lances de recibo: se le fueron los pies, tiró el capote al venírsele el toro. En ese momento pareció una temeridad haber anunciado a tres matadores tan poco rodados y dispuestos con una cuajada novillada de saltillos, duros de manos los seis. Las cuadrillas, nerviosas sin excepción, no contribuyeron a calmar los ánimos ni a corregir la aflicción general. Como si hubieran salido derrotados de antemano. Ese tercer saltillo, muy en santacoloma, escarbó pero se dejó con su gota de temperamento. Mal que bien se sostuvo Rosales. El toro no quería comérselo. Una estocada a paso de banderillas, cuatro descabellos.

Y, luego, entró en barrena la cosa toda: el cuarto, con cuajo de toro, imponía por delante. Desarmes en el recibo, batacazo de un picador que salió volando por las orejas, seis picotazos de toro que se blandea o se asusta, un tercio de banderillas sonado porque Chaves tiró los palos antes de cuadrarse en el tercer par y un renuncio incondicional porque el toro se apalancó, se avisó, se puso a la defensiva y no dejó ni acercarse a la tropa. Una estocada a la tropa.

El quinto hizo de principio a fin cosas de toro pregonado y hasta de reparado de la vista. Frenazos en la primera toma de capa, cornadas al aire, escupidas sistemáticas del caballo en varas. Era de banderillas negras. Lo sangraron a traición, el toro se avisó, perdía objeto, arreaba trallazos con genio. Bocados a los petos de los caballos, estilo de alimaña. Desbordado, el granadino Hildalgo perdió los nervios, tiró las armas varias veces: la muleta cuando faenaba, la espada cuando intentaba igualar al toro.

Se habían vivido escenas de capea durante la muerte del primer toro. Las de ahora fueron todavía más duras: las huidas o los arreones del toro descomponían a todos y los metían a saltos en las troneras, los toreros perdían literalmente los trastos, llegó a haber tres capotes y una muleta por el suelo en señal de rendición. Ni perfilarse pudo Hidalgo. Sí cobrar dos espadazos horrendos; uno pescuecero y otro ladeado que asomaba. Sonaron los tres avisos. Crudo y al fin dócil, el toro se dejó envolver entre los bueyes de Florito.

También en el recibo del sexto soltó las armas Rosales. Había cundido el pánico y no la sensatez. Mansito en el caballo, barrió las tablas y las limpió de personas, pero el novillo tuvo bondad y dejó estar. Rosales se hizo de ánimo, Se le fueron los pies antes de reunirse al cabo de dos tandas tan solo. El espectáculo había adquirido tintes grotescos. No será fácil olvidarlo. Una estocada y adiós.
 

Colpisa - Barquerito

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