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FICHA DEL FESTEJO |
Madrid. 10ª de abono. Lleno. Primaveral.
Seis toros de Domingo Hernández. Cuatro con el hierro de Garcigrande y dos -4º y 5º- con el del hierro de su nombre propio. Dio juego un primero encastado y revoltoso. Manejable el segundo; venido abajo el cuarto; deslucido el tercero, incierto; mansote el quinto; bravucón el sexto.
El Juli, de tabaco y oro, saludos tras un aviso y silencio. Sebastián Castella, de grana y oro, ovación tras un aviso y silencio tras un aviso.
Daniel Luque, de turquesa y oro, silencio en los dos.
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Castaño, corto, acarnerado pero aleonado, astifino, puro nervio, el primer toro de Garcigrande fue el único de los seis de corrida con vida y fondo suficientes. Lo toreó con autoridad, rigor, ritmo, temple y caro carácter El Juli, que es, de siempre, torero generoso con los toros. Para lucir muy intencionadamente a éste, por ejemplo. Tres lances de cata y, sin más, cinco verónicas de rico pero seco dibujo. El remate de media frontal a pies juntos fue puro garbo.
Suelto, con pies el toro, que escarbó dos veces antes de la primera vara y también suelto se salió de ella. El Juli dibujó un quite de tres apretadas chicuelinas. Media primorosa a compás abierto para abrochar. Y una punta de capote soltada para fijar al toro, que volvió a escarbar antes de la segunda vara. Al salir de esta segunda, arrolló a Álvaro Montes, que bregaba. El percance, sin consecuencias, lo resolvieron El Juli y su gente con su calma habitual. Aunque el toro cortaba o apenas obedecía por la mano izquierda, El Juli apostó por él. Ni las escarbaduras, ni el gateo gazapón al venirse por la mano izquierda, ni cierta resistencia engañosa de toro encastado.
Le sirvió el toro a El Juli, que lo toreó casi en un palmo. En el tercio de sol y sombra, casi frente al portón de Madrid. Ahí fue la faena entera. Sin contar seis lindos muletazos de tanteo entre rayas y en sombra, y dos tandas con la diestra casi en los medios, anuncio de lo que venía: una faena de gran rapidez de ideas y, por tanto, muy resuelta; de poder y mano baja porque, algo crudo, el toro renegaba en el cuarto muletazo de serie obligado y por abajo. Un acostón por la izquierda en un remate de pecho. No importó. Tampoco que los reventadores tiraran de repertorio. Menos agresivamente que otras veces. Con parecida reticencia.
El Juli arrastró consigo a la inmensa mayoría, pues, ligada y segura, la faena rompió en seguida y se mantuvo en tensión constante. Parece que El Juli hizo cuestión de honor el meter en vereda al toro por la mano izquierda. Cuando ya estaba sentenciada y firmada la pelea, El Juli sorprendió con una última tanda de tres en redondo, que fue la guinda del pastel, y un cambio de mano por delante para pegar un natural de romper y el de pecho. El runrún de asentimiento fue de faena mayor. Pero el toro se había rajado. Rajado, metía la cara entre las manos. O apuntaba a tablas con la intención. Por eso atacó El Juli en la suerte contraria. Tardó en perfilarse, el toro se encogía al verlo por delante. Un pinchazo, otro, un aviso y, cambiados los terrenos, una estocada caída.
Después de un turno parsimonioso de Castella con un toro despapado y alto, distraído y sin ganas de pelea pese a estirarse y abrirse, y de otro de Daniel Luque con un tercero que se defendió, volvió a salir El Juli. Y ahora con un cuarto de corrida, del hierro de Domingo Hernández, con mucha caja y de regular traza. Muy frentudo. Corretón, abanto. No fue sencillo sujetarlo. Pero apareció El Juli lidiador. Lo toques precisos a tiempo. Nada más. Un puyazo trasero y duro. Otro de trámite. Se quedó suave el toro, pero se acabó enseguida. La cara por encima de los engaños, una gota de sentido al cortar. Del segundo muletazo ya salió el toro casi rajado. El Juli muleteó con primor, despaciosamente. Tres tandas templadas, de las de ayudar al toro, empujándolo. Una docena de viaje tuvo el toro. No más. Se quedó, reculó de manso. El Juli se fue por la espada de acero. Cuatro preciosos muletazos para encontrar la igualada sin demora. Un pinchazo en la suerte contraria, una estocada trasera a volapié y un descabello. Y ya.
Ese cuarto tan poco propicio marcó el camino: el quinto, claudicante y rebrincado, se vino abajo antes de pararse, y Castella, elegantón, se pasó de hora con él en una faena cargada de tiempos muertos, el sexto, emplazado de manso, bravucón después, con algo violento de fondo, pegó arreoncitos y hasta tiró a cuello un gañafón. Luque anduvo con él fácil y firme.
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