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FICHA DEL FESTEJO |
Madrid. 9ª de San Isidro. Lleno. Nubes y claros, fresco, ventoso.
Cinco toros de Alcurrucén (Pablo, Eduardo y José Luis Lozano), de notable trapío y excelente remate, encastados, y un sobrero -1º bis- de El Torreón (César Rincón), venido abajo. Quinto y sexto, bravos, fueron espectaculares. Manejables segundo y cuarto. A menos el tercero, el único que se paró.
Uceda Leal, de rosa y oro, silencio en los dos.
El Cid, de añil y oro, silencio y pitos.
Miguel Tendero, de azul cobalto y oro, silencio en los dos.
Antoñares, banderillero de Uceda, arrollado por el cuarto en banderillas cuando cortaba al toro. Sufrió fractura del radio de la mano derecha.
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El Cid
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Dentro de una variada y encastada corrida de Alcurrucén hubo toros de porte, fondo, son, empleo y estilo distintos. Dos temperamentales: los dos últimos. Los de mejor nota de la corrida. Un quinto de disuasoria percha, escalofriantes agujas, que fue, por la pinta antes que por el estilo, toro con mucha plaza. Negro berrendo o girón, chorreado, facadito, como si luciera un mechón cano en la frente. Y un sexto remangado, de muy generosa cuerna, y astifino como todos. Sólo que, ligeramente apuntados los pitones, el toro cabía en los engaños.
El quinto hizo de salida cosas muy de sangre Núñez: frenarse y distraerse. Y protestar en el caballo con genio díscolo. Una vez sangrado, sin embargo, descolgó y, pese a dolerse en banderillas, atacó en la muleta con la chispa de fiereza que distingue de siempre al encaste. Un puyazo más se habría probado seguramente de efectos balsámicos. Se habría templado el toro, que tuvo hasta la hora de rodar una velocidad de vértigo. Y que tuvo, por cierto, resistida muerte de bravo.
La gota de fiereza estuvo compensada por una nobleza y una fijeza particulares. El toro fue entonces puro espectáculo. Pese a no centrarse ni a acoplarse ni a entregarse con él, El Cid no se escondió. De modo que el toro se vio más de lo pensado. Un detalle significativo: enganchó tela en unos cuantos remates y, sin embargo, no se descompuso. La velocidad fue bajando poco a poco. El Cid estuvo de principio a fin fuera de las rayas. Ni del todo encajado ni del todo puesto. La mano baja, pero el toro venía tomado siempre por fuera. No fue fácil estar donde se estuvo porque el viento, que ha castigado a tantos toros y toreros durante la semana, no invitaba a confiarse. Faena expuesta pero de tralla. A la velocidad del toro. No gustaron los desplantes forzados que cerraron faena. Se tuvieron por improcedentes. El toro aguantó esos desplantes por fijo, no por sometido. Una estocada baja con vómito. Ovacionaron al toro en el arrastre. Leves pitos para El Cid.
El otro toro notable de Alcurrucén, el último, se violentó en el saludo de capa –las manos por delante, frenadas, topetazos- pero quedó de seda después de tres puyazos en regla, severos, de sangrar. En la primera vara derribó y se enceló con estilo de bravo, en banderillas atacó y en la muleta se vino por abajo y con eso que Pablo Lozano ha llamado el “medio metro más” de los toros Núñez. Una gloria las estiradas del toro por la mano derecha. No por la izquierda. Un esfuerzo de Miguel Tendero, resuelto pero excesivamente impulsivo. Faena de más a menos: templada en serio una primera tanda, más desigual la siguiente, agarrotado el brazo en la tercera en inconveniente codilleo de torero todavía en agraz.
Se fue al limbo un primero que galopó con mejor son que ningún otro, se estiró antes de una vara trasera y después de ella, y que, de tanto emplearse, patinó varias veces en un piso de plaza que parece un campo de minas. Se echó encima una parte de la gente. Frágil, pero no inválido. Rodó después del segundo par de banderillas. Pañuelo verde. La miel en los labios. Con el sobrero de El Torreón, que se vino abajo, sólo pudo tirar líneas Uceda Leal, que mató esta vez en el famoso rincón: dos dedos por debajo del hoyo de las agujas.
El Cid ni se puso ni se tuvo con un cuajado segundo que protestó en el caballo, perdió las manos varias veces, escarbó y salió manejable sin más. Molido a capotazos de brega y doma, se dejó, con algún regate, el toro. No dejó tanto el viento. Encogido, El Cid perdió pasos. No se acomodó. Dos pinchazos y una entera tendida.
Negro girón o cinchado, de mucha culata, el tercero, pronto, fue toro de medias embestidas más que enteras. Un lindo arranque de faena con doblones de Tendero por las dos manos. Duró poco el toro, y acabó parado, y enredó el viento. Muy tesonero Tendero, pero se metieron con él por citar encorvado. Y un cuarto de trastabillados primeros pasos, descarado y acodado, algo avacado de cara, pero que no paró de moverse. Un poquito gazapón, pero de largos viajes. Un punto celoso, pero la cara por abajo. Arrolló al banderillero Antoñares, lo pisó y le partió un brazo. Uceda no se confió con el toro, que lo desarmó. Y a paso de banderillas una estocada desprendida.
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