Abanto de salida, el tercero de los seis toros de Terrón se acabó entregando como los murubes buenos. Y no contó ni el borrón de escarbar a última hora, porque, fiel al estilo del encaste, fue toro de menos a más. El toro de la corrida fue el sexto: las hechuras impecables, el ritmo del galope, la fijeza después de sangrar por primera vez, la presteza al acudir a cada reclamo. Con los dos toros de la corrida triunfó a lo grande Leonardo Hernández. Que es lo que estaba previsto, porque el nuevo Leonardo se ha puesto en altísimo nivel. Y dejó difuminado a sus dos compañeros de terna en esta primera de las cuatro corridas de rejones anunciadas en Madrid dentro de un plazo de sólo tres semanas.
Jinete prodigio desde sus primeros pasos y desde sus precoces éxitos, Leonardo se ha convertido en un torero exquisito. La prueba: cualquiera de los dos trabajos de este redondo triunfo último. Los dos tuvieron de fondo el sentido del riesgo: Leonardo cambió los toros del éxito con sólo un rejón de castigo y los dejó, por tanto, crudos. De manera que aguantar al tercero en galopes de costado por las dos manos en tablas fue mérito mayor. Lo fue también atreverse después con airosos cuarteos ajustados y hasta con una batida perfecta al pitón contrario. La suerte que consagra a quienes torean a caballo con rigor clásico. Clavando al estribo, marcando despacio los tiempos.
Todavía más brillante el papel de Leonardo -su autoridad, su seguridad, su descaro- en el sexto, toro importante para remachar. Arriesgada la solución de dejar entero al toro con sólo un rejón de castigo, pero arrostró los riesgos Leonardo. Espléndidas las dos primeras reuniones en cuarteo; muy comprometidas otras tres de caras y en corto. Y en los dos casos, a toro ya toreado, los arabescos de clavar en los medios y en carrusel, cortas al violín y descolgarse con el brazo contrario en un palmo de terreno. Sin abusar del toro. Una estocada perdiendo el engaño en un caso. Otra luego de las que hacen rodar. Puerta grande. De las de verdad, incontestable.
Una cuadra francamente buena y puesta: un alazano Amatista que domina los galopes de costado, un tordo Olé valentísimo para llegar, batir y salir despacio de las suertes, un espectacular Xarope que rodea por los dos pitones como si tejiera en torno al toro una tela de araña. Las cosas salieron rodadas: sin pausas ni tiempos muertos, en transiciones felices, como corresponde a las faenas de torero mayor.
En otro nivel Rui Fernandes y Andy Cartagena. Rui, pendiente de la gente; Andy, sin temple. Los dos abusaron del castigo de salida. Y, además, de alardear con aires ajenos a la lidia. Desparramadas las farpas. Ninguno de los cuatro toros de sus respectivos lotes tuvo el son de los dos de Leonardo. Reservón el primero de Andy; parado el que rompió plaza; aplomado el cuarto; topón el quinto. Andy clavó a violín cuando estaban las cosas caídas. Hizo las delicias de la mayoría con las contorsiones y los galopes a dos pistas del espectacular castaño Pericalvo. Rui sacó un gran caballo tordo, Ozono, que hace el paso español sin demasiada gana. Los dos se pasaron de tiempo.
Colpisa - Barquerito