Con un notable toro de Bañuelos confirmó alternativa Javier Cortés más que dignamente. Y con otro buen toro de Bañuelos ratificó después la impresión de torero puesto, capaz, suelto y seguro. El toro de la ratificación, bajo de agujas y corto de manos pero muy apaisado de cuerna, no fue fácil de matar, porque costaba pasar y cruzar. Hermoso el gesto de Cortés de irse tras la espada por todas. Salió cogido, pero ileso. Algo trasera la estocada. Muy emocionante. Como siempre que un torero de corto brazo y talla sólo mediana se echa encima de un toro para tundirlo.
El toro de la confirmación, hondo, y corto de manos como tantos toros hondos, dio en báscula 600 kilos, popa imponente pero muy rematado. Acalambrado, arrastró una pata, y escarbó. Fue toro gentil: las manos por delante en la salida, pero ritmo de galope en cuanto sangró. Dos veces enterró pitones y ni eso se interpuso. Prontitud y fijeza, descolgado enseguida, templada embestida viva. Firme el joven Cortés, de Getafe, alumno aventajado de la Escuela de Madrid. Inteligencia para elegir terreno y distancia, calma para no apurarse pese a que los viajes iban en serio. Alguna duda al echarse la mano a la izquierda. Un par de tandas logradas con la diestra. Mucho toreo por abajo. Faltó el punto de temple –más largos los muletazos- que hubiera dejado de seda al toro. Media lagartijera, un descabello.
Ni el tercero ni el cuarto de Bañuelos estuvieron en el nivel del toro de la alternativa. Aquél, descarado y astifino, bajo y cortito, muy cabezón, no metió los riñones, se rebrincó y se apagó. Turno discreto de El Capea. Se protestó un bajonazo inclemente. Con el cuarto tomó antigüedad la ganadería de Bañuelos. Un lindo toro colorado y largo que tuvo el fuelle justo. Nobleza pajuna. Un tanto displicente Uceda Leal con el toro. Sin fe ni paciencia. Al tercer intento, una gran estocada a capón. De tantas clases de estocadas como hay en el repertorio de Uceda con la espada, la fórmula del capón era casi desconocida. Perfectos el ataque, al reunión y la salida.
Antes de soltarse el sexto de Bañuelos, cumplieron feria dos cinqueños muy ofensivos de los Osborne. La nómina de cinqueños de San Isidro empieza a crecer de manera significativa. El segundo de corrida, cabezón y corto de cuello, revoltoso, bien lidiado por Uceda, quiso más que pudo. Le faltó al toro un tranco, no voluntad; al torero le faltó ganar el paso que reclamaba el toro. La estocada fue extraordinaria. El otro toro de Osborne, vuelto de pitones, remangado, serio y aparatoso, se tronchó en dos puyazos muy traseros. Lo dejaron lisiado. Se vino al suelo. Tardó mucho el alzarse. Toro derrumbado, trámite de El Capea, la primera bronca de la feria.
Y el amplio sexto, muy en la línea de la procedencia Marqués de Domecq, por las hechuras y por el son. Ancho, negro, cortas las manos, de poderosas estiradas, elástico. Fijo en el caballo, empujó y romaneó. Buena la salida de varas. Bravo el toro. La manera de atacar, galopar y responder. Decidido, Cortés le bajó la mano, lo aguantó, lo llegó a templar con la derecha, se entregó con él. Faena de poder. Pedía el toro más compás que látigo. Dos rajaditas del toro a tablas cuando Cortés toreó en perpendicular con ellas y no en paralelo. Un final aguado. Pero entonces llegó la estocada del honor.
Colpisa - Barquerito