La primera
corrida de San
Isidro fue también
la primera de las
diez donde vendrán a
jugarse toros del
encaste Tamarón-Domecq.
Mayoría absoluta en
todas las ferias
españolas. Ésta que
destapaba el tarro
fue de uno de los
tres hierros en que
se ha dividido la
herencia de la que
fue ganadería
original de El
Torero, la de
Salvador Domecq y
Díez. No fue mala.
No será la mejor de
todas las de su
línea que esperan la
hora del desfile. Ni
la peor. Sorprendió
la desigualdad de su
traza. No sólo la
variedad. Sino el
estilo, el cuajo.
El toro que rompió
el fuego de San
Isidro, negro
mulato, muy
descarado, ofensivo,
se casó en lote con
un cuarto negro
girón, badanudo,
estrecho y alto,
negro, 600 kilos de
pizarra, de rara
estampa. El lote de
Juan Bautista fue
también mosaico de
líneas: un segundo
castaño lombardo,
cuellicorto, muy
astifino pero con la
cara justa para
Madrid, y un quinto
colorado, de
generoso volumen,
bien armado. Gallo
mató por delante un
enmorrillado y
acochinado colorado
ojo de perdiz que no
pudo con su alma ni
con sus casi 600
kilos.
El sexto, de finos
cabos y finísimas
puntas, fue devuelto
y se quedó en la
duda. Por él entró
el primer sobrero de
San Isidro, un raro
cinqueño de
Navalrosal -encaste
Núñez- que tuvo
personalidad, fue
muy bien lidiado por
un banderillero
nuevo –José Gómez,
El Topas- pero
picado al destroce
y, en fin, metió la
cara sin romper del
todo. La nota común
de esos seis toros
del estreno de abono
fue la nobleza. Muy
acusadamente en el
cuarto, que se dejó
tentar por el temple
pinturero y tan
garboso de Curro
Díaz.
Visible y sensible
en el quinto, con el
que no se centró ni
asentó Juan
Bautista, y por eso
pasó a ser el primer
toro que se fue. De
los toros que se
van. El tercero,
rebotado y
rebrincado, embestía
con las manos y no
con los riñones.
Noble fue, pero nada
más. Cumplió
suficiente Gallo. El
primero de corrida
se blandeó en el
caballo y se
escupió, se acostaba
por las dos manos,
parecía que no.
Pero, firme, Curro
Díaz lo manejó y
consintió con
auténtico oficio,
mucha paciencia,
pulso, buen gusto y
las ventajas
imprescindibles para
gobernar en uve los
viajes de un toro
tan descarado. Una
buena faena. Con
muletazos muy bien
pintados. Tampoco
fue sencillo el
segundo, mugidor,
suelto del caballo,
guerrero más que
entregado, que
disparaba en los
remates de suerte. A
Juan Bautista le
costó acomodarse a
la velocidad
desordenada del
toro. Por fuera los
muletazos,
enganchados casi
siempre. Una
excelente estocada
puso paz.
Desiguales los
lances de recibo de
Curro Díaz al
cuarto. Pero de
menos a más en
asiento, aire e
ideas una faena sin
cata por la mano
izquierda, pero fina
por la diestra. Sin
enganchar toro, pero
sabiéndolo traer de
fuera adentro,
dibujar los
derechazos en rosca
sueltos, adornarse
con estilo en el
toreo cambiado:
trincheras, los de
pecho, un casi
kikirikí. Y una
estocada
perpendicular pero
de las de saber
matar. Y esa fue la
primera oreja de la
feria. Gallo estuvo
a punto de
calentarse con el
sobrero de
Navalrosal, pero le
faltó el punto de
descaro con que se
rinden tantos toros.
No elegiría buen
terreno. De rayas
afuera le costó al
toro más que en
tablas o entre las
rayas. Un final
inapropiado de faena
por rizos y rerrizos
de toreo encimista.
La estocada entró a
la cuarta. Un aviso.
Colpisa -
Barquerito