Un sorprendente
imprevisto:
programada con meses
de antelación, la
corrida de Carmen
Segovia no pasó
completa los
reconocimientos.
Sólo tres toros.
Cada uno de una
manera. Dos de
ellos, cinqueños.
Con el cuajo de la
edad los dos: un
segundo ensillado,
acarneradito, muy
levantado de salida,
570 kilos, gruesa
caja, basto remate,
escobillado, las
sienes estrechas; y
un cuarto de anchas
mazorcas, hondura no
armoniosa, mero
cuajo, casi 600
kilos también. El
otro superviviente,
negro salpicado,
tuvo más fina
lámina. Iba a
cumplir los cinco
años en agosto.
Ninguno de los tres
vino a ser de mayor
gloria. El segundo,
que derribó en un
arreón y descabalgó
en un segundo viaje,
fue de ir y venir
sin darse ni
romperse. Distraídos
los finales.
Manejable, casi
dócil. De muerte muy
resistida, de las de
tragar sangre y
amorcillarse. Con
ese toro estuvo
arrancado, templado,
encajado y firme
Diego Urdiales. La
muleta dominadora
por abajo, seguras
las soluciones de
trinchera o de pecho
que abrocharon
airosas tandas
seguras por las dos
manos. Larga pero
viva y celebrada la
faena, un aviso
antes de cambiar de
espada el torero de
Arnedo, una estocada
a capón, una
manifiesta pero
disimulada renuncia
a descabellar, un
segundo aviso, rodó
el toro al tercer
descabello.
El otro cinqueño de
Carmen Segovia,
cuarto de corrida,
galopó pero
destartaladamente
–lances agitados de
José Luis Moreno-,
derribó de bruto en
la primera vara –un
quite desgarradote
del propio torero de
Dos Torres-, un
segundo puyazo de
mucho sangrar, un
quite incompleto de
Urdiales y un cambio
de decoración: en
banderillas esperó y
cortó el toro como
si avisara de cuál
iba a ser su son. La
irregularidad; una
embestida franca,
pero la de vuelta
era un taponazo, una
estirada de repente,
una aflicción final
de toro encogido. No
llegó a estar cómodo
con él José Luis
Moreno. Hermosos
remates, intentos
más que logros por
la mano derecha,
nada que hacer por
la otra. La cara del
toro entre las manos
en manifiesto de
mansedumbre. Dos
pinchazos, y un
aviso tras el
segundo, una
estocada defectuosa,
dos descabellos.
Era la única tarde
que José Luis Moreno
tenía firmada en
Madrid en las tres
ferias de primavera.
No Urdiales, que
saldrá dos veces
más. Ni Sergio
Aguilar, que
comparecerá en la
última semana de San
Isidro. Para Sergio
fue el tercero de
los tres toros de
Carmen Segovia
salvados de la
quema. Un toro con
las orejas en jaque
y de estilo
defensivo, aunque
pronto en los
ataques al caballo.
No se empleó:
cabeceos de
sacudirse engaños, y
en ellos un desarme
de Sergio, una
embestida rengada
más al trote que
otra cosa, de no
meter la cara. Hasta
pararse y venirse
del todo abajo. Una
estocada excelente.
Sin puntilla.
Por la corrida de
Carmen Segovia
suspiraban muchos
hace no tanto. De
los tres toros de la
parte Domecq del
Conde de Mayalde que
completaron corrida,
también dos eran
cinqueños. Y el
último de festejo
cumplía los seis del
máximo reglamentario
en noviembre. Sin
ser gloria bendita
precisamente, ese
abuelo de la feria
humilló y, sin celo
ni codicia, repitió
las embestidas. ¿Se
dejó? Se dejó.
Pero era flojito,
amenazaba con
claudicar y el gas
le dio para viajes
cortos. Sergio
Aguilar se templó
con la zurda en dos
tandas tardías,
postre de una faena
que pecó de tibia.
No por la frialdad
inherente a los que
torean descolgados
de hombros y posando
las plantas; sino
por abusar del toreo
vertical y en línea.
Caliente el final.
El quinto de
corrida, casi
cinqueño, las manos
por delante, tardo y
remolón, se echó no
una sino tres veces
y hasta cuatro. Dos
viajes despendolados
a principio de faena
cuando le dio
Urdiales generosa
distancia. Y
enseguida cantó la
gallina. Tres veces.
Nada que rascar. El
primer mayalde fue,
dentro de una
corrida desigual, el
de más cara: muy
abierto de cuerna,
casi playero,
apaisado, de los que
no caben en los
engaños. Mansito en
varas, enterró
pitones en un
volatín sólo al
cuarto muletazo. Lo
acusó. No descolgó.
Moreno tiró de él en
muletazos
enganchados por el
hocico. Desigual el
acople. Un poco
tenso el torero,
forzada la figura,
sincera, sin
embargo, la
expresión. El toro
lo acabó viendo y
mirando. La
solución, difícil:
muletazos al hilo
del pitón. Hermosos
pases cambiados en
los remates. No se
entregó el toro. Una
estocada tendida, un
pinchazo, estocada
ladeada, dos
descabellos. Muy
largo.
Colpisa -
Barquerito