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FICHA DEL
FESTEJO |
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TOROS
Cinco toros
de Puerto de San Lorenzo (Lorenzo
Fraile) y un sobrero de María Cascón,
jugado de segundo sobrero y como sexto
bis, basto, armado y manso. La corrida
del Puerto, muy ofensiva y cuajada,
cumplió bien en el caballo y salió
desigual. El primero fue el de mejor
estilo. Agresivo el tercero. Violentos
segundo y quinto. Manejable pero repuso
el cuarto.
ESPADAS
Uceda Leal, de
blanco y oro, una oreja. Cogido y herido
por el primero. Cornada de 20 cms. en el
muslo izquierdo de pronóstico grave.
Juan Bautista, de celeste y oro,
saludos, silencio y silencio.
Luis Bolívar, de verde
aceituna y oro, silencio en los dos.
INCIDENCIAS
El torero de Usera hizo
el paseíllo a pesar de la muerte
repentina de su padre la noche del
sábado. Una oreja y una cornada. Corrida
muy armada y desigual de Lorenzo Fraile.

Cogida de Uceda - Foto:
Lasventas.com
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Corrida de Inauguración.
Primaveral, algo
ventoso. Casi media
plaza.
Las vísperas y el
prólogo fueron muy
emotivos. Se tuvo
noticia la noche del
sábado de de la
repentina muerte de
Pedro Uceda, padre de
José Ignacio Uceda Leal.
Padre, consejero,
maestro, su seguidor más
fiel. Hombre de ley,
excelente aficionado
cabal. Por rendir
homenaje a su padre,
Uceda decidió torear.
Detalles que sólo se
entienden en clave
taurina. Uceda y su
cuadrilla llevaban lazos
negros de luto en la
manga. Se guardó un
minuto de silencio al
término del paseíllo. De
los más largos y
respetados que se
recuerden. Se subrayó
con una cerrada ovación.
Después de romperse
filas y ya idos los
tiros de mulillas,
volvió a romper una
ovación de trueno.
Aunque se resistió,
Uceda tuvo que salir a
saludar al tercio.
Costaría mucho contener
la emoción.
Y luego empezó la
corrida. Que fue una
señora corrida de toros.
Por el cuajo, el trapío
y la armadura. La media,
cerca de los 600 kilos.
Y eso que no hubo
excesos de carnes, De
las dos ramas del Puerto
de San Lorenzo: más en
línea de lo de Lisardo
Sánchez los jugados de
tercero y cuarto bis;
más en Atanasio los tres
restantes. Con la
corrida empezó también
un imprevisto
espectáculo. De ocho
toros y no seis, con dos
sobreros y uno devuelto,
con el público más del
revés que del derecho.
Y con una nota capital,
que fue un percance
grave: a final de faena,
el primero de la tarde
prendió en un embroque
por la izquierda a Uceda
por la pernera, fue
certero e hizo sangre al
cobrar la prenda y le
pegó una voltereta
brutal que lo dejó medio
inconsciente. En uno de
los portones del
callejón, Uceda, vuelto
en sí, se deshizo de las
asistencias que trataban
de llevarlo cargado a la
enfermería, se dejó atar
un torniquete en la
pierna herida y, en
ambiente de gran
dramatismo, pidió la
espada, volvió al toro y
lo tundió de una
estocada trasera pero
suficiente. No tuvo
Uceda ni tiempo de
recoger la oreja de
premio, que llevaba
carga sentimental. El
gesto doble: torear de
luto y pasar a espada al
mismo toro que lo
acababa de herir de
gravedad.
Este segundo gesto dejó
a Juan Bautista en la
dura tesitura de tener
que matar tres de los
seis pavos del encierro.
El toro de la cornada,
trotón y abanto de
salida, con el puntito
manso de apuntar a
tablas, fue, aunque una
gota celoso, el más
claro de los seis. Se
metía un poco por la
mano izquierda, se
desplazó con buen son
por la otra. Uceda se
templó en cuatro buenos
lances de salida, Juan
Bautista remató con
media primorosa un lindo
quite de dos verónicas,
en un choque frontal a
la salida del segundo
par de banderillas
estuvieron a punto de
rodar por el suelo y a
merced del toro el
banderillero oscense
Pablo Ciprés y Luis
Bolívar, Uceda brindó a
la memoria de su señor
padre que en gloria esté
y después vino una faena
atendida con aliento y
cariño. Algo al hilo
Uceda, y ahí lo
sorprendía el toro por
norma. Faena fiel al
estilo ortodoxo,
compuesto y vertical de
Uceda, bien encajado,
muy serio. Y algo
chillón.
A Juan Bautista le tocó
esperar la salida de
cinco toros y a cuál más
serio. El primero de su
lote, 600 kilos, blancas
palas, grave acento y
muy llorón, sacó la
brusquedad clásica del
atanasio moderno y pegó
arreones; el cuarto de
la tarde –quinto del
sorteo, pero soltado a
turno corrido- remangado
de pitones, 615 kilos,
galopante relámpago, de
solícita movilidad,
perdió las manos tras
dos puyazos en esa
salida de varas tan
cuesta arriba del ruedo
de Madrid, se abrió paso
una protesta y fue
devuelto con casi todos
los deberes hechos; el
cuarto bis, segundo de
lote de Uceda, veleto,
de formidables bufar y
resoplar, escarbó, se
rebrincó o vino al paso,
repuso y se frenó, no
fue sencillo; el sexto,
que era primer sobrero,
del hierro de Montealto,
encaste Ventorrillo-Juan
Pedro, rubio con
hechuras de bisonte, de
cuello muy frondoso,
cinqueño cumplido,
descoordinado tras un
lanzazo y dado por
inválido y devuelto; y
un sexto bis, segundo
sobrero, del hierro de
María Cascón, también
cinqueño cumplido, otros
600 kilos del ala,
frentudo y tanto que se
le daba cara de úrsido,
y manso protestón y
regañado, venido abajo a
las primeras de cambio.
Descaradísimos
Luis Bolívar se llevó
dos toros
descaradísimos: un
tercero de
sobresalientes pies y un
sexto –corrido de
quinto- que embistió a
golpes muy
agresivamente. Juan
Bautista lidió con mimo,
cordura y cabeza,
templada y
sosegadamente, sin un
capotazo de más. Se
encontró un eco
refractario. Un picador
de lujo en su cuadrilla:
Ignacio María Cenizo,
soberbio en un puyazo de
puerta a caballo alzado
al segundo de corrida y
casi igual de brillante
para agarrarse con el
sobrero de Cascón en un
ataque de oleada.
Paciente y firme,
estorbado por el viento,
el torero de Arles
compuso con calma,
limpieza y gusto una
hermosa faena al segundo
toro de Lorenzo Fraile.
Entre rayas y frente a
chiqueros, en territorio
de mansos en Madrid, la
mano baja, ligeramente
enganchado por fuera el
toro, ligados sin perder
pasos los muletazos de
tanda, bien abrochadas
todas. Sometido el toro,
podido y gobernado. Por
la mano diestra. Por la
zurda, fue toro
insolente, violento. Una
estocada caída dejó sin
premio tan notable
trabajo. A Bolívar le
costó pararse con el
tercero, cuyo balcón era
de escalofrío. Toros de
los que por envergadura
no caben en la muleta.
El viento no dejó a Juan
Bautista terminar de
animarse con el cuarto
bis, que, por reponer,
no permitía florituras
sino puro dominio. No
hubo acuerdo. Bolívar,
algo eléctrico, esquivó
los derrotes del segundo
de lote sin decidirse a
castigarlo. Y, a corrida
ya caía, Juan Bautista
se deshizo sin agobios
del toraco de María
Cascón, que parecía de
circo y carromato, dejó
de pasar de repente y
parecía estar deseando
acabar.
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