Iba yo por el campo revisando los toros, este
campo que está lleno de hierbas, de flores, como la zulla roja,
argamula morada, trébol blanco, y me encontré con la mujer del
guarda, que buscaba entre toros, flores y palmas los huevos de
sus gallinas. ¿Quiere usted unos huevos de campo? La señora me
preparó una cajita de huevos, con mucho esmero, entre pajitas.
La amarró con su toniza y a pesar del ajetreo del coche de
campo, llegaron a casa listos para ser fritos.
Este año he visto que los ganaderos andan tristes
y los mayorales cabizbajos. He leído crónicas que hablaban de la
decadencia de los toros bravos en Sevilla. No ha habido ni una
corrida, ni un toro bravo, dicen. La Maestranza ha lanzado un
comunicado otorgando premios para el mejor matador, para la
mejor faena, para el mejor quite, para el mejor par de
banderillas y para el mejor picador, pero ha quedado desierto el
premio a la mejor corrida y al mejor toro.
Me acordaba yo de la cajita de los huevos de la
mujer del guarda; hace pocos días, en Resurrección se ha
celebrado la Feria de Arles, una feria que se celebra en una
plaza antigua. Ha habido trofeos para los toreros, ha habido
grandes faenas y hasta algún toro que lo premiaron con la vuelta
al ruedo. En esa plaza tan antigua no existen los corrales, sino
una especie de venta de Antequera donde van los toros después de
un largo viaje. Los empresarios de Arles compraron a los
ganaderos seis toros. Entre el mayoral y el hombre que cuida los
corrales han bajado los toros con suma suavidad, los han soltado
rodeado de los bueyes, hasta el día de la corrida que llega un
francés, aficionado y amante de los toros, en función de
presidente, y los banderilleros del cartel del día, han hecho
los lotes de los toros, han sorteado, se ha tomado nota del
orden de lidia, y entre el mayoral y el hombre de los corrales
los han encerrado de nuevo en su cajón, con sumo cuidado, con
mucho esmero, como los huevos de la mujer del guarda, y los han
dejado dispuestos para la lidia.
Próximamente, vendrá la Feria de Jerez, en donde
también están anunciadas muchas de las corridas de Sevilla, y
los toreros El Juli, Perera, Cayetano, Morante, el Fandi,
Manzanares, Padilla, José Tomas, El Cid, Finito de Córdoba,
Rivera y Talavante. Seguro que veremos buenas tardes de toros,
pero estos toros se embarcarán de diferente manera que las
corridas de Sevilla.
En Sevilla un día vienen a reconocer la corrida,
como es lógico se suele presentar una corrida armónica, con
toros de buenas hechuras, ya que se pueden escoger los mejores
de la camada, con el prototipo que gusta en Sevilla. Si hay
suerte —ya que llega un ejército de hombres, vienen
veterinarios, el presidente, el delegado, la empresa, los
veedores— esta corrida será embarcada el día antes de la lidia,
casi de madrugada, con el mimo y cuidado de su mayoral.
Al llegar a Sevilla los toros se encuentran con
un pequeño cuadrilátero, con grandes burladeros de muros
fuertes, rodeados por una cantidad de veterinarios, presidente,
delegados, incluso algún banderillero llamado especialmente. El
piso de ese cuadrilátero está lleno de arena, tiene tanta como
este año tiene la montaña del albero de la Maestranza, y yo creo
que si hubieran echado un cubito de cal nos hubiera parecido que
estábamos viendo el mismísimo Mont Blanc. Arriba en la baranda
suele estar la empresa, el ganadero y el mayoral viendo el
espectáculo.
Abren la puerta y el toro sale al corral y
empiezan a llamarlo desde uno y otro burladero, el toro con la
arena hasta la barriga empieza a escarbar para abrirse paso
embestida tras embestida; cuando lo han visto y revisto, le
abren otra puerta y con unas muletas colgadas de una garrocha
llevan al toro de corral en corral, pase para un corral, pase
para otro, me atrevería a decir que hasta un pase de pecho, para
encerrarlo en su chiquero, donde debe estar hasta que toque el
clarín al día siguiente.
Terminado el desembarco, los mismos que aprobaron
la corrida en el campo se reúnen a dar sentencia y muchas de la
veces le dicen al ganadero que hay un número de toros
desechados, algunas veces hasta cuatro, o sea que han llegado
algunos huevos rotos. Sin mediar palabra hay que ir al campo a
buscar más toros. Un animal acostumbrado a que lo traten bien,
tan sensible que nada más se puede torear una vez y,
desgraciadamente, al día siguiente, por segunda vez, va a ser en
esa maravillosa plaza de la Real Maestranza, donde los ganaderos
piensan que por qué se lidia en Sevilla la peor corrida de la
camada.
Me acordaba yo del toro «Ojito», que, hace poco
tiempo, llegó por la mañana directo del camión a su chiquero y
tuvo que salir de sobrero para Dávila Miura, que le cortó las
dos orejas y le dieron el premio de la Real Maestranza. Hace
menos tiempo, el toro «Ojos negros», que también había llegado
por la mañana, lo toreó César Jiménez, le cortó las dos orejas y
le dieron la vuelta al ruedo. Quizás la Maestranza tendrá que
procurar el año que viene poder cambiar algo las cosas; si no,
vamos a tener que llamar al aficionado francés o a la mujer del
guarda.