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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis
toros despuntados para rejones de Murube. De gran
porte pero desigual remate. Bravos y de buen juego
primero, segundo, tercero y quinto. El cuarto,
estampanado de salida contra un burladero, se empleó
menos. El sexto, acarnerado, acusó el castigo de dos
rejones y se paró.
ESPADAS:
Fermín
Bohórquez, silencio en los
dos.
Pablo Hermoso
de Mendoza, una oreja y
silencio.
Álvaro
Montes, silencio tras dos
avisos y una oreja.
INCIDENCIAS
3ª de
feria. Lleno de “No hay billetes”. Cerrado el
párpado de cubierta. Llovizna, fresco. Buena, brava
y poderosa corrida de Murube. Con el segundo de la
tarde, la única faena de verdad brillante.
Exhibición de Hermoso con uno de los veteranos de la
cuadra
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Cada uno de los
toros de la corrida
de Murube fue de una
manera: el cuajo, el
porte y el estilo.
Como estaban
despuntados los
seis, no pudieron
medirse por donde
suelen medirse los
toros, que es por la
cara. Sin embargo,
la cara no es el
único espejo de un
toro. Bastó con
contemplar la
estampa realmente
fantástica del
primero de los seis,
que tuvo, además, el
detalle de estirarse
de salida y galopar
con brioso ímpetu.
Así galopan los
toros que de verdad
galopan.
Bohórquez tomó la
cautela de pegarle
dos rejonazos de
castigo. El segundo
dejó al toro
mermadísimo. Si
existieran los
medios rejones igual
que las medias
estocadas, con rejón
y medio hubiera ido
servido ese toro tan
imponente, que en
banderillas todavía
galopaba. Pero no
tanto. Y cada vez
menos.
Cien kilos menos que
esa admirable bestia
primera pesó el
segundo de la tarde.
510. Flaco,
ensillado, sacudido.
Y largo, porque el
toro puro de Murube
es muy largo. O
solía serlo. Cinco
años tenía. Tuvo
también la fortuna
de encontrarse al
final del camino con
Pablo Hermoso de
Mendoza. Pablo lo
trató como
acostumbra: con
rigor pero con
cariño. Lo toreó con
temple y cabeza, que
eso es el rigor. Le
hizo la sangre
justa, que, sin ser
exactamente cariño,
no deja de ser un
detalle.
La manera de fijar y
encelar Pablo de
salida al toro, con
rodeos por los dos
pitones, fue, marca
de la casa, pura
precisión. Mejor
imposible. La gente
estaba con el toro,
que se había
descarado con un
tendido de blusas.
Esas cosas, que un
toro repare en un
blusa o dos o cien o
más, se agradecen.
Aquí gustan, se
celebran
jocosamente.
Lo más importante
estaba por llegar.
Después de castigado
con dos rejones
clavados arriba y
muy pegaditos el uno
y el otro, Pablo
sacó en banderillas
a uno de los
veteranos de la
cuadra, el castaño
Silveti. Tal vez
sea, de todos los
caballos de Hermoso,
el que más plaza
tiene. El más
garboso. Sueltas,
sedosas, frondosas
crines. Piel
lustrosa. Cuello
poderosísimo.
Encima, es un
caballo de una
seguridad admirable.
En las suertes que
mejor tiene
aprendidas: los
ataques a pitón
contrario, pero
cambiando el viaje
muy despacito; los
galopes de costado
pero llevando el
toro a la grupa y no
al estribo; los
recortes por dentro
cargando la suerte
con los cuartos
delanteros; la
limpieza para
embrocarse con
sereno valor. Todo
eso es doma pura.
Sentido del toreo.
Y eso fue lo que
hubo en esa salida
cumplida y
acompasada de Pablo
y Silveti, que
hicieron cuanto se
precisaba en el
tiempo preciso. Ni
un galope de más, ni
un regate ni un
desplante. Nada que
no fuera necesario.
La proverbial
puntería de Pablo
para clavar arriba y
dejar las tres
farpas justo al lado
de los dos rejones.
Y su también
proverbial rapidez
en las transiciones.
No había acabado de
salir Silveti y ya
estaba en danza un
caballo poco
habitual en los
repartos: un tordo
Espartano, algo
nuevo, que vino a
emplearse en aires
que no prodiga
Pablo: balanceos y
pasajes. Y piruetas
forzadas. Estuvieron
muy bien el amo y el
amado. La cosa
estaba de dos orejas
y quién sabe si más,
porque, con la
cubierta de la plaza
cerrada, rebotaba
contra la claraboya
un clamoroso trueno.
Pero falló Pablo con
la espada. Tres
pinchazos, una rueda
de peones. Una
oreja. De las caras.
Álvaro Montes le
clavó al tercero,
que arreó con
alegría, muchos
hierros. No
demasiada puntería,
mucha la velocidad.
Saludos antes,
durante y después de
consumarse las
suertes. Caballos
lanzados de repente
como a escopetazos.
Cuatro pinchazos,
casi veinte
descabellos, dos
avisos y casi tres.
Al cuarto toro lo
estamparon de salida
contra un burladero
y casi lo revientan.
Se tuvo el toro
después de leve
manseo. Bohórquez se
lució en formidables
corvetas con un
caballo Bohemio
espléndido, puso su
habitual par a dos
manos y, en fin,
pinchó hasta seis
veces y descabelló
cinco porque el toro
no le había entrado
en la cabeza.
Un infortunio luego:
el primer rejón que
Pablo le prendió al
quinto de corrida
cayó bajo y lastimó
al toro, que tenía
corazón pero vino a
suertes ya
trompicado o
adelantado. Sin
ritmo regular. Salió
alcanzado y protestó
el tordo Caviar, que
era nuevo en Vitoria
y se asustó con
tanto ruido. Una
estocada muy
trasera. Cerró un
toro acarnerado,
como buen murube, y
un toro con menos
gas, ganas y estilo
que los demás. Le
montó Álvaro Montes
un cirio bueno. Un
desarme, muchos
violines y no todos
afinados, cabriolas,
lanzadas, cortas,
largas, rosas,
pimpampum. Tres
pinchazos, una
entera. Disfrutó la
gente con los saltos
de oca en oca
Barquerito -
Colpisa
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