CRÓNICA DEL FESTEJO

 

Vitoria  -7 de Agosto 2009 - 3ª de feria

Pablo y Silveti, tal para cual

FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis toros despuntados para rejones de Murube. De gran porte pero desigual remate. Bravos y de buen juego primero, segundo, tercero y quinto. El cuarto, estampanado de salida contra un burladero, se empleó menos. El sexto, acarnerado, acusó el castigo de dos rejones y se paró.

ESPADAS:

Fermín Bohórquez, silencio en los dos.

Pablo Hermoso de Mendoza, una oreja y silencio.

Álvaro Montes, silencio tras dos avisos y una oreja.

INCIDENCIAS

3ª de feria. Lleno de “No hay billetes”. Cerrado el párpado de cubierta. Llovizna, fresco. Buena, brava y poderosa corrida de Murube. Con el segundo de la tarde, la única faena de verdad brillante. Exhibición de Hermoso con uno de los veteranos de la cuadra


 

Cada uno de los toros de la corrida de Murube fue de una manera: el cuajo, el porte y el estilo. Como estaban despuntados los seis, no pudieron medirse por donde suelen medirse los toros, que es por la cara. Sin embargo, la cara no es el único espejo de un toro. Bastó con contemplar la estampa realmente fantástica del primero de los seis, que tuvo, además, el detalle de estirarse de salida y galopar con brioso ímpetu. Así galopan los toros que de verdad galopan.
Bohórquez tomó la cautela de pegarle dos rejonazos de castigo. El segundo dejó al toro mermadísimo. Si existieran los medios rejones igual que las medias estocadas, con rejón y medio hubiera ido servido ese toro tan imponente, que en banderillas todavía galopaba. Pero no tanto. Y cada vez menos.
Cien kilos menos que esa admirable bestia primera pesó el segundo de la tarde. 510. Flaco, ensillado, sacudido. Y largo, porque el toro puro de Murube es muy largo. O solía serlo. Cinco años tenía. Tuvo también la fortuna de encontrarse al final del camino con Pablo Hermoso de Mendoza. Pablo lo trató como acostumbra: con rigor pero con cariño. Lo toreó con temple y cabeza, que eso es el rigor. Le hizo la sangre justa, que, sin ser exactamente cariño, no deja de ser un detalle.
La manera de fijar y encelar Pablo de salida al toro, con rodeos por los dos pitones, fue, marca de la casa, pura precisión. Mejor imposible. La gente estaba con el toro, que se había descarado con un tendido de blusas. Esas cosas, que un toro repare en un blusa o dos o cien o más, se agradecen. Aquí gustan, se celebran jocosamente.
Lo más importante estaba por llegar. Después de castigado con dos rejones clavados arriba y muy pegaditos el uno y el otro, Pablo sacó en banderillas a uno de los veteranos de la cuadra, el castaño Silveti. Tal vez sea, de todos los caballos de Hermoso, el que más plaza tiene. El más garboso. Sueltas, sedosas, frondosas crines. Piel lustrosa. Cuello poderosísimo. Encima, es un caballo de una seguridad admirable. En las suertes que mejor tiene aprendidas: los ataques a pitón contrario, pero cambiando el viaje muy despacito; los galopes de costado pero llevando el toro a la grupa y no al estribo; los recortes por dentro cargando la suerte con los cuartos delanteros; la limpieza para embrocarse con sereno valor. Todo eso es doma pura. Sentido del toreo.
Y eso fue lo que hubo en esa salida cumplida y acompasada de Pablo y Silveti, que hicieron cuanto se precisaba en el tiempo preciso. Ni un galope de más, ni un regate ni un desplante. Nada que no fuera necesario. La proverbial puntería de Pablo para clavar arriba y dejar las tres farpas justo al lado de los dos rejones. Y su también proverbial rapidez en las transiciones. No había acabado de salir Silveti y ya estaba en danza un caballo poco habitual en los repartos: un tordo Espartano, algo nuevo, que vino a emplearse en aires que no prodiga Pablo: balanceos y pasajes. Y piruetas forzadas. Estuvieron muy bien el amo y el amado. La cosa estaba de dos orejas y quién sabe si más, porque, con la cubierta de la plaza cerrada, rebotaba contra la claraboya un clamoroso trueno. Pero falló Pablo con la espada. Tres pinchazos, una rueda de peones. Una oreja. De las caras.
Álvaro Montes le clavó al tercero, que arreó con alegría, muchos hierros. No demasiada puntería, mucha la velocidad. Saludos antes, durante y después de consumarse las suertes. Caballos lanzados de repente como a escopetazos. Cuatro pinchazos, casi veinte descabellos, dos avisos y casi tres. Al cuarto toro lo estamparon de salida contra un burladero y casi lo revientan. Se tuvo el toro después de leve manseo. Bohórquez se lució en formidables corvetas con un caballo Bohemio espléndido, puso su habitual par a dos manos y, en fin, pinchó hasta seis veces y descabelló cinco porque el toro no le había entrado en la cabeza.
Un infortunio luego: el primer rejón que Pablo le prendió al quinto de corrida cayó bajo y lastimó al toro, que tenía corazón pero vino a suertes ya trompicado o adelantado. Sin ritmo regular. Salió alcanzado y protestó el tordo Caviar, que era nuevo en Vitoria y se asustó con tanto ruido. Una estocada muy trasera. Cerró un toro acarnerado, como buen murube, y un toro con menos gas, ganas y estilo que los demás. Le montó Álvaro Montes un cirio bueno. Un desarme, muchos violines y no todos afinados, cabriolas, lanzadas, cortas, largas, rosas, pimpampum. Tres pinchazos, una entera. Disfrutó la gente con los saltos de oca en oca

Barquerito - Colpisa

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