CRÓNICA DEL FESTEJO

 

San Sebastián - 14 Agosto 2009 -

Perera, a cámara lenta

FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis toros de Torrealta (Paloma Eulate), de desigual remate y dispar condición. Muy bondadosos segundo y sexto, de fino son. Muy sangrado en varas, se aplomó el primero; se paró el tercero; manejable el cuarto; se vino abajo el quinto, pitado en el arrastre.


ESPADAS:

Antonio Barrera, de añil y oro, saludos y una oreja.

Miguel Ángel Perera, de coral y oro, saludos y silencio.

Daniel Luque, que sustituyó a Morante, de carmín y oro, silencio y una oreja.

INCIDENCIAS:


Pero una desafortunada estocada en los bajos deja sin premio una faena de exquisito temple. Orejas para Barrera por una estocada perfecta y para la entrega de Luque  6ª de Semana Grande. Veran
iego. Media plaza.


 

Resumen del festejo


 

Embistieron muy despacito dos de los seis toros de Torrealta. El segundo y el sexto. Y casi sólo eso tuvieron en común. El segundo, abrochadito de pitones, largo y estrecho, finos el hocico y las cañas, negro chorreado, fue toro de mucha elasticidad. Como Perera lo toreó como a cámara lenta y muy silenciosamente, pudo disfrutarse con transparencia de la geometría de una embestida: de la manera de descolgar de cuello un toro y humillar, del golpe de manos y de riñones que conforma la armonía de un viaje empapado en el engaño. De un toro de estirpe Tamarón.
Además de bondad, el toro tuvo fijeza y ritmo. Ritmo lento. Los toros con las fuerzas justas son frágiles. Éste mismo. Sólo que Perera lo trató como si se calzara un guante. Un tiento delicado. Ese trato tan exquisito cumplió con el canon del toreo de riesgo: ajuste en los embroques, muletazos enroscados para dentro, ligazón sin perder pasos, toques casi mimosos para convencer al toro en cada uno de esos viajes tan sinuosos pero tan certeros.
La atmósfera suave convino al toro. Tanto como el juego de brazos de casi toda la faena. Primero, tres banderas. Imperturbable el encaje a pies juntos en las dos de ida y en la de vuelta. Libradas por arriba las embestidas pero sin despedirlas, sino acompañándolas Perera. Después, tres muletazos andados y por alto pero igual de encajados y cadenciosos. Y, entonces, ya en los medios torero y toro.
De manera que al sexto muletazo ya estaba en marcha la cosa. Un molinete de entrada muy vertical fue guiño de valiente. Le dio a la faena una gotita dramática, que no ponía el toro con su franciscano estilo. Por la mano izquierda, sin embargo, repuso el toro un poco. Dos veces. Perera aguantó en serio el tercer intento y en ese instante se calzó de guante al toro de nuevo. El guante de la otra mano.
Una excelente tanda de tres naturales y el de pecho. Sin forzar. Puro temple, ni un enganchón. Después, un cambio de mano por delante previo a una segunda tanda de naturales. En menos distancia, renegó por primera vez el toro. Cuando Perera se estaba preguntando por qué, se le vino encima a topetazo el toro y le quitó de las manos la muleta. Raro el desarme, porque al vuelo cazó el engaño Perera. Había que terminar.
El final fue aparatoso: arrucinas o bernadinas, la versión que de la manoletina de estereotipo hicieron en su día Arruza o Bernadó. Toreo por alto, no de horma. ¿Sobraron? En la suerte contraria atacó con la espada Perera sin estar del todo igualado el toro. La espada se fue a los bajos. Una desdicha. Se quedó sin premio esa faena tan linda, suave y sencilla. No ligera. En un quite mixto por gaoneras y caleserinas –de Gaona y de El Calesero, dos de los creadores del toreo mexicano de capa – Perera toreó ya con compás, quietud y gobierno.
El sexto torrealta era de muy distinta reata: colorado ojo de perdiz, ancho, de buena culata, bajo de agujas y corto de manos. Acarameladas las palas y las pezuñas. Acucharado de cuerna, chato, de bonita expresión. Irregulares los apoyos de salida, el toro se encontró con alguna impaciente protesta. Suelto de capotes, hasta que en los medios se dejó ver: metió la cara con tanto ritmo como el segundo. Daniel Luque, sustituto de Morante, lo fijó con calma en el mismo platillo.
Había que salvar el toro como fuera. Y se salvó. En banderillas, espléndido su caro tranco. Pero de toro apenas picado, porque para salvarlo hubo que administrar el castigo de varas. Luque estuvo a punto de ser arrollado en el primer embroque de faena: un estatuario con cite a la distancia, faltó el toque al vuelo y casi se acaba la fiesta ahí. Despacito toreó Daniel a ese toro luego, ya en los medios, por abajo, en tandas de dos ligados en serio y otros dos no tanto. Y el de pecho. Con la izquierda, de uno en uno. Pero en muletazos de largo viaje, clásico trazo, juego de cintura, los riñones metidos, gesto de entrega.
En las ocasiones mayores, el joven Daniel suele adornarse con una espectacular tanda muy de su firma. Deja enterrado el estoque –de madera- en la arena y, sin ayuda, busca al toro para traérselo por una y otra mano en muletazos poderosos ligados en trenza. Hay que cambiarse de mano la muleta por la espalda sin perder pie ni paso. Es muy emotivo. Pero al tercer viaje este angelito colorado de Torrealta puso pies en polvorosa, volvió grupas y se fue a las tablas. En ellas Luque le pegó unos cuantos muletazos por alto y por dentro de los de toma y dame, y dame y toma. Y, luego, un inoportuno kikirikí y una excelente estocada.
La insuperable desgana del quinto, llorón y venido abajo, no dejó a Perera repetir. El tercero, muy terciado, se apagó al primer golpe de vela y tampoco pudo Luque apuntar entonces. Los dos toros más grandes de la corrida se los llevó Antonio Barrera. Un primero casi playero, ofensivo, de bravo pero desordenado estilo guerrero que sangró lo que no está escrito tras dos varas; y un cuarto de no mal aire pero poca entrega. Barrera estuvo entregado con los dos. Quiso hacerlo toco con el capote: a la verónica y con empaque y son, gaoneras no tan afortunadas, una larga preciosa, una revolera valerosa. Y con la muleta: dos faenas de largo afán y desigual trama y remate, enredadas, abnegadas. Con toreo a la distancia o demasiado encima. No siempre templado. La estocada del cuarto, formidable por todo, fue la mejor de la feria. Valió una oreja.


 

Colpisa - Barquerito

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