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CRÓNICA DEL FESTEJO |
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San Sebastián - 13 Agosto 2009 - |
| Toros sí, pero música no |
De un día
para otro
cambió
teatralmente
la cosa. No
el decorado.
En tarde
clara y
luminosa, el
tibio ámbito
de Illumbe
lucía como
onírica
pantalla. Lo
propio de
las plazas
cubiertas
colgadas de
un foco de
luz natural
y cenital.
Cambió el
coro: un
público
condescendiente,
consentidor,
paciente,
ingenuo,
generoso.
¿De pueblo?
¿De barrio?
La parte del
público que
se hizo
presente.
Los hubo
obsesionados
con la
música. O
con que
diera el
palco
permiso para
que la banda
se
arrancara. Y
molestos
porque no se
arrancaban
ni los
músicos ni
el palco,
que sólo
cedió, y sin
mayor
motivo,
durante la
faena del
segundo
toro.
El Cordobés y El Fandi se hicieron pasar por víctimas y se prestaron como cómplices perfectos al pleito de la música. De vuelta de muchas ferias y tantos pueblos, los dos sabrían que la música, que casi todo lo tapa y acalla, es la antesala de un triunfo, y que un triunfo es una oreja, valga lo que valga. Para provocar a los músicos y a los ruidosos melómanos, y al guardián del melonar también, El Cordobés y El Fandi se embarcaron, en sus segundos turnos, en faenas de aliento. De aliento por lo largas. Y en el caso del sexto toro, no sólo porque parecía que tras una pila de muletazos venía otra, y luego otra y otra más; sino porque el toro, de encastado fondo, parecía tener en la reserva una chispa pendiente de prender. Estaba algo encogido. Lloró mucho después de picado y en banderillas. Y en la primera parte de muleta. Pero de pronto dejó de mugir y empezó a ser otro toro. Se encontró por sistema a El Fandi al hilo del pitón y no dentro de los cachos. Había que tirar del toro y, cada vez que salía de embroque o remataba tanda, El Fandi hacía gestos de cansancio. Pero sin dejar de reclamar en el fondo su ración de música. Es probable que a El Fandi lo desconcertaran los ataques tan veloces del toro en banderillas. Torrenciales los dos primeros. Por pies ganó El Fandi el pitón de entrada y salida, pero se vio forzado a clavar muy trasero porque no dio tiempo a cuadrar con calma. Al toro le faltó sangrar en una segunda vara que se midió en exceso y al tomar la muleta pegó cabezazos de protesta. Luego se templó. Y muy a última hora, en un desplante de El Fandi fuera de cacho pero interpuesto en la querencia, el toro se le arrancó de improviso y le pegó con el testuz un porrazo tan fuerte que lo tiró de espaldas. Como un boxeador sobre la lona cayó El Fandi, que estuvo enseguida de pie. Y ya no hizo falta ni pedir música. Cerraron filas los del coro, el toro se echó tras una estocada, estuvo a punto de resucitar dos veces, afloraron pañuelos, se blandieron almohadillas y el postre de la función fue una oreja. De ese sexto toro tan original y tan guerrero. Que no fue el más propicio de la corrida, ni el más bondadoso ni el más bravo. Mansos no hubo. Sí un toro distinto. Seria de reata aparte. La corrida de los dos hierros de la familia Martín Arranz-Martín Arroyo (Joselito), Toros de El Tajo y Toros de La Reina, vino surtida de tipos y pintas. Y también de sangres. Para compensar la dureza de ese sexto toro que tanto le hizo sudar, El Fandi se llevó en el lote, y lo toreó por delante, un noble jabonero, bello y sin misterio. Mal medido el castigo en dos varas de hacer mucha sangre, suelto del caballo y tratado como si fuera una máquina de coser, el toro acusó la paliza de tantas fatigas: los puyazos, las carreras de tres pares de banderillas, muletazos a granel, molinetes en cadena. Y se apagó. Fuerzas justas Sumiso por noble, las fuerzas justas, el cuarto se dejó manejar por El Cordobés en faena de más tablas que recursos. De no soltar el toro en las repeticiones. Y de no ponerse por la que pareció templada mano izquierda. La gente estuvo más pendiente de la manera en que El Cordobés jugaba a ser víctima del palco que de lo que de verdad estaba pasando. Antes de la querella de la música, estuvo a punto de producirse en silencio un grave accidente. Ese mismo toro tan noble arrolló a El Chano –banderillero agilísimo- en la salida de un puyazo y le pasó por encima pero rozando. El Chano cometió la imprudencia de ponerse en pie cuando todavía estaba sin librar el toro y sólo por fortuna esgrimió una embestida que pudo haberle atravesado. Se había levantado de espaldas al toro cuando el toro hizo por él. El Cordobés no hizo más que tapar al toro que rompió plaza y que no descolgó y hasta se distrajo un poco. Faena circunstancial. De mera habilidad. Los dos toros de la corrida entraron en el lote de El Cid. El de más clase y bonanza, un segundo de exquisito estilo. Y el más codicioso, un quinto que, venido arriba, repitió con carácter. Desbordado por ese quinto, El Cid no logró encajarse más que en momentos contados. Se fue de embroque antes de reunirse o en el momento de la reunión. Acelerado y agarrotado, pasó un calvario. El trasteo, prolijo, no tenía ni aire. Ni música. Casi a cara de perro esta pequeña batalla del Guadalete, que, luego de un desairado desarme, El Cid solventó con una estocada desprendida. Tampoco al segundo le encontró El Cid la manera. Le perdió pasos, lo toreó muy por fuera y con la muleta montada hasta la exageración. Ni con la diestra ni con la siniestra. Era el Día Internacional de los Zurdos. No lo parecía. Un metisaca en los bajos le hizo al toro sangrante ojal y un boquete casi en el vientre, por el que chorreaba. La muerte vino al tercer asalto. Y, sin embargo, animaron a salir a saludar a El Cid. Y salió. Colpisa - Barquerito |
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