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CRÓNICA DEL FESTEJO |
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San Sebastián - 11 Agosto 2009 - |
| Castella, en el cuadro de honor |
La caída de
Morante,
anunciado en
mano a mano
con
Sebastián
Castella y
seis toros
de
Garcigrande,
provocó una
recomposición
de cartel.
De mano a
mano a
corrida
mixta. Sólo
cuatro toros
de
Garcigrande
para
Castella. Un
rival de
mano a mano
no se
improvisa.
La lámpara
de Aladino:
el puesto de
Morante vino
a manos de
Pablo
Hermoso de
Mendoza, que
ha toreado
mixtas con
todos los
grandes del
toreo menos
con uno. Y a
su mismo
nivel.
Con Pablo entraron dos toros de Ángel Sánchez y Sánchez francamente buenos. El corrido en cuarto lugar sirvió de toro de tregua para Castella, que mató su lote de dos en dos. Estuvo más inspirado el Castella de los dos primeros toros que el de los dos últimos. El primero de esos cuatro, único colorado del envío, fue el más bravo y, por tanto, el que más emoción puso como partener; el segundo, más templado y dócil, el que toreó Castella con mejor compás y más imaginación; el tercero se lo brindó Castella a Pablo Hermoso con un larguísimo parlamento, pero el toro, aculado en tablas después de picado y apagado luego, puso poco de su parte para honrar el brindis; el sexto, justo de fuerzas pero capaz de romanear en una vara, y exprimido con paciencia, fue el único que Castella mató con riguroso acierto, de una espléndida estocada a volapié. De ella salió el toro en arreón de sacudida persiguiendo al torero casi de una punta a otra. Rodó sin puntilla pero en tablas. Tres orejas se llevó Castella de una tacada. La última la cortó gracias a esa formidable estocada con que acabó la función. La primera, al primer toro, recompensó los méritos de Castella, constantes y casi al calco, idénticos en cuatro faenas que, sin ser cuatro gotas de agua, tuvieron tantos elementos en común que hasta parecieron intercambiables, como si fueran comodines. La segunda, ganada a pesar de una estocada rinconera y ladeada, premió los logros más caros. Una faena algo larga, como todas, y con un punto de monotonía en el manejo de recursos. Pero, como todas las demás, una faena de impecable firmeza. Castella estuvo muy valiente: ni un renuncio. Su encaje ingrávido: parece que no le pesa el cuerpo. Sus brazos ligeramente desmadejados. Su contenido silencio. Además de valiente, Castella estuvo centrado y concentrado. Una solemnidad severa. De fuerza interior. Parco en gestos, gobernó la escena. No le pesó el reto. A los cuatro toros los toreó de salida con el capote, y ese fue gesto importante, y al tercero, cambiado ya el tercio, le hizo un quite por chicuelinas de especial calidad. De los que dejan huella en festejos de único espada. Castella, en los medios en cite impertérrito, y el toro, que había pegado muchos cabezazos en el caballo, sujeto en un burladero. Al galope y a querencia vino el toro, y Castella le pegó la primera chicuelina con un toque primero por delante y por abajo. Y muy despacio. Luego, casi en el mismo sitio, cinco más. De embarcar, envolverse y soltar. Una revolera de remate revoladísima y sólo un recorte de salida para dejar librado al toro. Desde el principio fue el toro que más le entró a Castella por los ojos y en la cabeza: lo paró con una serie mixta de delantales y chicuelinas y remató con media en los medios de muy caro dibujo: a pies juntos, cuello y cabeza inclinados en la salida del toro como si cargara la suerte con ellos. De acento sevillano, que es la primera fuente de saberes de Castella, formado por un torero tan poderoso y fino con el capote como José Antonio Campuzano, su maestro. Ese airecito sevillano empieza a aparecer en el Castella maduro con una naturalidad que no tenía en sus días de aprendizaje. Las dos faenas de mejor vuelo, las dos primeras, tuvieron una primera mitad sobresaliente las dos. De toreo ligado, templado, suelto y gobernado por la mano derecha. Tandas de cuatro y el abrochado, con o sin cambio de mano. Entereza insolente en cada embroque. Los estatuarios de apertura de la segunda de esas dos faenas fueron ajustadísimos. Y dos tandas en redondo posteriores, las de más lindo compás de cuantas firmó Castella, que se hizo querer en dos cites a la distancia. Un cambiado por la espalda intercalado entre esas dos tandas fue la más brillante sorpresa de toda la fiesta. Las segundas partes de un trabajo y otro pecaron de, en menor distancia, reiterar el modelo primero. Las dos tuvieron de broche el toreo de arrimón. Con el aplomado quinto hubo péndulos y repéndulos. La del sexto fue faena abierta con tres tandas en redondo de espléndido calado. Roto el ritmo cuando Castella se puso por la izquierda y el toro repuso y no le dejó. ¿Solución? La fórmula Tancredo: quieto, amarrado en la zona de paso. De prohibírselo al toro. Y el caballero: a sus dos toros les puso dos rejones de castigo Pablo Hermoso. El segundo, aunque los templara, se lo puso muy cuesta arriba a los dos toros. Dóciles, de gran fijeza. Pablo, desarmado en el primer turno, toreó con temple insuperable, remató tandas con pasadas sin clavar, midió al milímetro las faenas, se dejó sentir en función del caballo que llevara en cada momento y les dio a los toros el mismo buen trato que da a cuantos torea. Las piruetas del tordo Caviar, en atrevida versión; los balanceos y los cites tierra a tierra del tordo Espartano; los galopes de costado del gran Chenel; el temple en los embroques de frente de Silveti. La antología del toreo a caballo. Un feo bajonazo dejó sin premio la primera faena. Dos orejas mereció la segunda, que fue perfecta. Se premió con sólo una. Colpisa - Barquerito |
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