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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis toros de Fuente
Ymbro (Ricardo Gallardo). El quinto, jugado de
sobrero. De desiguales hechuras y condición, fue
corrida de poca monta en varas y no tanto de moverse
como de andar de acá para allá. Importante por fondo
y estilo el primero; noble el cuarto. Rajados
tercero y quinto; se metió por las dos manos y se
indispuso el segundo. Con genio el sexto.
ESPADAS:
Antonio Ferrera,
de carmín y oro, oreja tras un aviso y saludos tras
un aviso.
Miguel Ángel Perera,
de musgo y oro, una oreja y silencio.
Daniel Luque,
de grana y oro, palmas y silencio.
INCIDENCIAS
Un excelente toro de
Fuente Ymbro dentro de una corrida muy descabalgada
que tuvo, de final, dos toros de mala nota. Una
oreja para cada uno de los dos toreros extremeños.
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Los dos
últimos
toros de la
corrida de
Fuente Ymbro
no
anduvieron.
Un quinto,
sobrero,
blando de
blandearse y
no de
flojear,
abanto,
cobardón y
sin fijeza,
y que
terminó
pegando
arreones a
la
defensiva: y
un sexto
casi igual
de blando y
dolido,
todavía más
incierto y,
de postre,
muy brusco.
El toro
devuelto
salió mal
asentado,
como si el
hierro de la
divisa lo
hubiera
lesionado.
Era de
mastodóntico
porte y
estaba, como
aquel que
dice, hecho
al revés. Se
fue de manos
y adiós.
Como el
postre dejó
tan mal
sabor de
boca, a la
hora de las
cuentas no
salía el
toro
importante
de la
corrida. Que
lo hubo y
fue el
primero de
los seis o
de los
siete. El de
menos kilos,
el de más
trapío: son
las cosas
del querer.
Pura
hondura,
caro cuajo,
remangado,
muy
astifino,
finas cañas,
prietas
carnes. No
fue toro de
los de
cantarse de
partida,
porque
correteó y
barbeó las
tablas, pero
salió del
primer
puyazo con
estilo del
bueno y,
aunque
escarbó un
par de
veces, atacó
en
banderillas
con denso
galope y no
hizo sino
cosas de
bravo:
apretar,
atacar, ir a
más,
responder.
Ferrera las
ha visto en
Pamplona de
todos los
colores y el
son del toro
no debió de
resultarle
ninguna
sorpresa:
supo lo que
hacer con
él. Elegir
el terreno
adecuado,
que era de
rayas
afuera, pero
no en los
medios.
Ponerse sin
empacho por
las dos
manos.
Taparlo en
las
repeticiones,
como si no
lo soltara,
y para que
no le pesara
más de la
cuenta la
carga.
Rectificar
cuando se le
vino el tren
en marcha,
asentarse
cuando la
marcha la
puso el
propio
torero,
adornarse,
sacar pecho,
hacer más de
un guiño a
la gente de
sol y,
astucia de
veterano,
medir los
pasos del
toro para no
dejarse
sorprender
por él.
Fue trasteo
de más
tablas que
grandeza; la
estocada,
ligeramente
desprendida,
y colmo de
habilidad,
hizo rodar
sin puntilla
y tras brava
resistencia
a tan lindo
toro, uno de
los mejores
de la feria;
y Ferrera
cobró pieza
un año más
en Pamplona.
Aquí se
premia el
querer. Al
toro le
tocaron en
el arrastre
las palmas
con ganas.
Las
charangas
acompañaron
la fiesta
como un
sabroso
descorche en
cadena: un
popurrí de
piezas del
maestro
Turrillas,
el músico
que le puso
a los
sanfermines
música un
día. E
himnos a las
peñas. En
los huecos,
La
Pamplonesa
entró a
compás con
pasodobles
de los de
toda la
vida:
Domingo
Ortega y
Churumbelerías.
Un par a
topacarnero
pero
embrocándose
en acelerón
Ferrera,
otro al
quiebro de
rodillas en
tablas, los
remates de
pecho y una
licenciosa
tanda de
muletazos de
costadillo
fueron los
pasajes más
vibrantes de
ese duelo
tan
igualado. Lo
afilado de
las dos
guadañas del
toro no
hubiera
consentido
el menor
error.
De los toros
que fueron
saliendo
después
ninguno fue
ni remota
sombra. Ni
en hechuras
ni en fondo.
Un segundo
enmorrillado,
amplio,
alto, largo,
casi de
Garrouste,
viejos
camiones de
mudanzas; un
tercero
bizco,
grises las
palas, de
triste
expresión
destartalada;
y un cuarto
estrecho y
alto de
agujas,
acarnerado,
de más caja
que otra
cosa. Este
cuarto,
convencido y
sobado por
Ferrera, dio
en estirarse
después de
la porfía y,
sin romper,
se dejó. Dar
cuerda y se
dejó también
manejar. Eso
pasó
mientras las
voraces
masas
apagaban sed
y hambre a
dos
carrillos o
tres.
El inmenso
segundo
prendió a
Miguel Ángel
Perera en el
tercer
muletazo de
bandera, con
los que
abrió faena;
tuvo el tino
de enganchar
la
taleguilla
por los
machos y por
ellos
mismos, que
estaban muy
bien atados,
hizo aspa
del cuerpo
del torero.
Casi lo
desnuda. Las
costuras de
los trajes
de luces
parecen
sabias. A
Perera se le
abrió la
taleguilla
como un
abanico,
quedaron al
descubierto
los forros.
Sacaron un
tejano
recortado y
tan ajustado
como la
misma
taleguilla y
se lo calzó
Perera, que
hizo de
tripas
corazón,
puso empeño
sin
escatimar y
se quedó
quieto como
el que más.
Se pasó al
toro muy
cerca cuando
pasó el toro
y, cuando
dejó de
pasar y
empezó a
meterse por
las dos
manos, no se
dio ni por
aludido. Una
exhibición
de valor,
sujetos los
nervios. Y
media
estocada muy
trasera con
rueda de
peones. El
sobrero huyó
de su sombra
y sólo cupo
abreviar. Se
le atascó el
verduguillo
a Perera. O
falta de
destreza
sería. Aquí
no se
perdona.
Parece
pecado
menor, pero
no.
A Daniel
Luque,
último de
los jóvenes
debutantes
en San
Fermín, y
favorito de
no pocas
apuestas, no
le sonrió la
suerte. Se
rajó el toro
del debut:
escarbador,
probón, nada
ganoso. Con
las pilas
puestas,
Daniel
cumplió
entonadamente.
Arriesgó con
un sexto
incierto
que, al ser
metido en
los engaños,
protestó con
genio
revoltoso.
Después de
cada corte
de tanda, al
volver la
tajo, Daniel
se encontró
al toro de
peor
carácter. En
un par de
tandas de
ayudados con
la izquierda
se dejó
sentir la
ambición del
torero de
Gerena.
(COLPISA,
Barquerito).
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