CRÓNICA DEL FESTEJO

 

Pamplona  - 9ª de feria - 13 julio 2009 -

Valeroso Perera, listo Ferrera, casi inédito Luque

FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis toros de Fuente Ymbro (Ricardo Gallardo). El quinto, jugado de sobrero. De desiguales hechuras y condición, fue corrida de poca monta en varas y no tanto de moverse como de andar de acá para allá. Importante por fondo y estilo el primero; noble el cuarto. Rajados tercero y quinto; se metió por las dos manos y se indispuso el segundo. Con genio el sexto.


ESPADAS:

Antonio Ferrera, de carmín y oro, oreja tras un aviso y saludos tras un aviso.

Miguel Ángel Perera, de musgo y oro, una oreja y silencio.

Daniel Luque, de grana y oro, palmas y silencio.


INCIDENCIAS

Un excelente toro de Fuente Ymbro dentro de una corrida muy descabalgada que tuvo, de final, dos toros de mala nota. Una oreja para cada uno de los dos toreros extremeños.

 

 

 


Los dos últimos toros de la corrida de Fuente Ymbro no anduvieron. Un quinto, sobrero, blando de blandearse y no de flojear, abanto, cobardón y sin fijeza, y que terminó pegando arreones a la defensiva: y un sexto casi igual de blando y dolido, todavía más incierto y, de postre, muy brusco. El toro devuelto salió mal asentado, como si el hierro de la divisa lo hubiera lesionado. Era de mastodóntico porte y estaba, como aquel que dice, hecho al revés. Se fue de manos y adiós.
Como el postre dejó tan mal sabor de boca, a la hora de las cuentas no salía el toro importante de la corrida. Que lo hubo y fue el primero de los seis o de los siete. El de menos kilos, el de más trapío: son las cosas del querer. Pura hondura, caro cuajo, remangado, muy astifino, finas cañas, prietas carnes. No fue toro de los de cantarse de partida, porque correteó y barbeó las tablas, pero salió del primer puyazo con estilo del bueno y, aunque escarbó un par de veces, atacó en banderillas con denso galope y no hizo sino cosas de bravo: apretar, atacar, ir a más, responder.
Ferrera las ha visto en Pamplona de todos los colores y el son del toro no debió de resultarle ninguna sorpresa: supo lo que hacer con él. Elegir el terreno adecuado, que era de rayas afuera, pero no en los medios. Ponerse sin empacho por las dos manos. Taparlo en las repeticiones, como si no lo soltara, y para que no le pesara más de la cuenta la carga. Rectificar cuando se le vino el tren en marcha, asentarse cuando la marcha la puso el propio torero, adornarse, sacar pecho, hacer más de un guiño a la gente de sol y, astucia de veterano, medir los pasos del toro para no dejarse sorprender por él.
Fue trasteo de más tablas que grandeza; la estocada, ligeramente desprendida, y colmo de habilidad, hizo rodar sin puntilla y tras brava resistencia a tan lindo toro, uno de los mejores de la feria; y Ferrera cobró pieza un año más en Pamplona. Aquí se premia el querer. Al toro le tocaron en el arrastre las palmas con ganas. Las charangas acompañaron la fiesta como un sabroso descorche en cadena: un popurrí de piezas del maestro Turrillas, el músico que le puso a los sanfermines música un día. E himnos a las peñas. En los huecos, La Pamplonesa entró a compás con pasodobles de los de toda la vida: Domingo Ortega y Churumbelerías. Un par a topacarnero pero embrocándose en acelerón Ferrera, otro al quiebro de rodillas en tablas, los remates de pecho y una licenciosa tanda de muletazos de costadillo fueron los pasajes más vibrantes de ese duelo tan igualado. Lo afilado de las dos guadañas del toro no hubiera consentido el menor error.
De los toros que fueron saliendo después ninguno fue ni remota sombra. Ni en hechuras ni en fondo. Un segundo enmorrillado, amplio, alto, largo, casi de Garrouste, viejos camiones de mudanzas; un tercero bizco, grises las palas, de triste expresión destartalada; y un cuarto estrecho y alto de agujas, acarnerado, de más caja que otra cosa. Este cuarto, convencido y sobado por Ferrera, dio en estirarse después de la porfía y, sin romper, se dejó. Dar cuerda y se dejó también manejar. Eso pasó mientras las voraces masas apagaban sed y hambre a dos carrillos o tres.
El inmenso segundo prendió a Miguel Ángel Perera en el tercer muletazo de bandera, con los que abrió faena; tuvo el tino de enganchar la taleguilla por los machos y por ellos mismos, que estaban muy bien atados, hizo aspa del cuerpo del torero. Casi lo desnuda. Las costuras de los trajes de luces parecen sabias. A Perera se le abrió la taleguilla como un abanico, quedaron al descubierto los forros. Sacaron un tejano recortado y tan ajustado como la misma taleguilla y se lo calzó Perera, que hizo de tripas corazón, puso empeño sin escatimar y se quedó quieto como el que más. Se pasó al toro muy cerca cuando pasó el toro y, cuando dejó de pasar y empezó a meterse por las dos manos, no se dio ni por aludido. Una exhibición de valor, sujetos los nervios. Y media estocada muy trasera con rueda de peones. El sobrero huyó de su sombra y sólo cupo abreviar. Se le atascó el verduguillo a Perera. O falta de destreza sería. Aquí no se perdona. Parece pecado menor, pero no.
A Daniel Luque, último de los jóvenes debutantes en San Fermín, y favorito de no pocas apuestas, no le sonrió la suerte. Se rajó el toro del debut: escarbador, probón, nada ganoso. Con las pilas puestas, Daniel cumplió entonadamente. Arriesgó con un sexto incierto que, al ser metido en los engaños, protestó con genio revoltoso. Después de cada corte de tanda, al volver la tajo, Daniel se encontró al toro de peor carácter. En un par de tandas de ayudados con la izquierda se dejó sentir la ambición del torero de Gerena.
 

(COLPISA, Barquerito).

 

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