CRÓNICA DEL FESTEJO

 

Pamplona  - 8ª de feria - 12 julio 2009 -

Más leyenda Miura en el encierro que por la tarde en la plaza

FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis toros de Miura. Corrida de amplios volúmenes y generosas armaduras, con mucha plaza los seis. Todos cumplieron en el caballo, según costumbre. El quinto, de buen son, dio juego. El tercero, enterado, fue de artero y peligroso instinto defensivo. Noble el primero, que no duró. Peleón el segundo, que se movió mucho. Topó el cuarto, muy deslucido. Se puso por delante y se paró el sexto.


ESPADAS:

Juan José Padilla, de grana y oro, palmas y silencio.

Rafaelillo, de nazareno y oro, ovación tras un aviso y vuelta tras un aviso.

Jesús Millán, de grana y oro, silencio y silencio tras un aviso.

INCIDENCIAS

El toro que hirió gravemente a dos corredores salió listo y peligroso. Rafaelillo, con el lote más propicio, está a punto de repetir su gesta de hace un año aquí. Solvente Padilla. Más leyenda Miura en el encierro que por la tarde en la plaza . 8ª de San Fermín. Lleno. Caluroso.
 


Rafaelillo saluda la vuelta al ruedo - Foto: burladero.com

Un toro descolgado del encierro estuvo por la mañana a punto de pegar sendas cornadas mortales a dos corredores. Los dos salvaron la vida. Tres horas largas de angustiosa espera hasta que corrió la buena nueva. El toro descolgado salió por la tarde fiero, listo y violento. Había cosido a cabezazos tablas del vallado en el tramo de Telefónica –donde se levanta el edificio de la compañía- y lo estuvo haciendo dos minutos y casi tres. El toro se enceló con algo que buscaba y no encontraba. Rara conducta. No atendía a los pastores, que le cerraban el paso si pretendía dar vuelta atrás en dirección a Estafeta. Ni tampoco se arrancaba a los corredores que trataban de provocarlo cuesta abajo en busca de la plaza. Descompuesto, al fin se metió a regañadientes en pos de la estación término.
Hacía más de veinte años que el encierro de los miuras no resultaba tan encizañado y problemático. Y tan sangriento. El toro que sembró el pánico se llamaba Ermitaño y, cosas de Pamplona en fiestas, el nombre no se le iba de la boca a nadie a la hora de comer. Manes del torismo. El toro, visto, pasado, revisto y repasado en cientos, miles de imágenes, era ya famoso al saltar al ruedo poco después de las siete de la tarde. Que es, en la plaza de Pamplona, como la hora del té. Más o menos.
Un galán de muy llamativas popa y panza. Lo dieron los veterinarios por cárdeno calzón. Por tanto, bragado tan corrido que en los dos lomos predominaba la pinta blanca sobre la negra entrepelada. Burraco y berrendo. Un cuadro. El toro estaba calzado de patas. Calcetero. Pero no de manos, que eran negras. Botinero. Y gargantillo: como un collar de nácar en lámina en pecho y papada. Los rizos del testuz caían a chorro como agua clara. Rabicano y coletero, y sus dos astas de bastón. Y, luego, pésimas intenciones. Casi deja fuera de combate a Jesús Millán en el tercer lance de recibo. Se agarró al piso, o se vino andando o al trote, o sin frenos. Se avisó tras un primer puyazo que cobró protestando, se frenó cuando le convino y, cuando no, pegó zarpazos insolentes. Cortó en banderillas, escarbó. Y a la hora de tener delante al torero de Garrapinillos, al que superaba por el séxtuplo en peso y envergadura, se puso a medirlo como si fuera el blanco de una diana. Decir que “desarrolló sentido”, según se usa, sería no decir nada.
Este miura pensaba. Y ni Domingo Ortega ni el padre de Domingo Ortega. Cuando veía al torero descubierto, se le iba al bulto en oleada y cerrándole el paso y la salida. Lo mismo que los pastores y corredores habían hecho con él en el encierro. No la hagas, no la temas. Con habilidad, soltando el engaño y tapándole la cara, Millán le metió media estocada de las que ni duelen. Dolería más el trastazo que se llevó el torero en el embroque al choque. Una estocada desprendida puso fin a la batalla. Se tuvo la sensación de que el toro acusó en conducta los resabios del encierro. No fue la agresividad feroz del miura intratable, que los hay. Otra cosa.
De los seis miuras restantes, uno salió de buena ley: el quinto, que embistió con codicia y franqueza, repitió y quiso en los medios por las dos manos. Se torció el remate de faena con la espada. Un metisaca en los bajos dejó cojo al toro y sin apoyo de una mano, y sólo cupo descabellar. Si no es por eso, se va el toro sin las orejas al carnicero. Una o dos. Si llega a ser más corta, y más intensa, la faena de Rafaelillo, dos. Y si entra la espada después de una propina innecesaria que sólo añadió capítulos repetidos a la historia, una y quién sabe si más.
Rafaelillo estuvo competente, fácil, dispuesto y seguro. De rodillas y en la vertical, en la distancia y en el agobio inmediato. Midió la faena por tramos, y los tramos por tandas, y las tandas por pases, y no más de tres en la suerte natural pero siempre dos en los remates cosidos. Algunos de los cambiados por alto, con el toro convencido por delante, fueron espléndidos. También el aplomo del torero murciano, que pecó en un momento dado de torear para la galería. No contra el toro, tampoco a favor de él.
El segundo de corrida, que se empleó pero rebrincadito unas veces y punteando otras, fue toro bien manejado por Rafaelillo, que le ha cogido a los miuras el aire y el cómo. Y la fortuna de salir ileso de una cogida por la espalda, sólo que cayó de cara la moneda. Sobrado de recursos, hábil para gobernar cuando se puso a torear de rodillas con capa y muleta, Rafaelillo superó tan campante la siempre dura prueba de los miuras de San Fermín.
Padilla resolvió con seguridad impecable. Les puso a los dos toros de lote seis pares de banderillas y, salvo uno de ellos, todos fueron de traca. Porque el primer miura tenía más de un metro de cuerda y resultó dificilísimo embrocarse y colgarse en el balcón sin red. Y porque el cuarto pegó trallazos ya antes de banderillas. Y más durante y después. El tercer par, de dentro afuera, fue sensacional. Ese cuarto toro se paró sin remedio. El primero se arrepintió de haber venido a los diez muletazos. Con la espada Padilla dejó patentes su sapiencia y su sitio. Su gente de Pamplona lo recibió como a gladiador olímpico. Antes del paseíllo, mientras la coral innúmera atacaba el Te Deum de Charpentier, Padilla tuvo que desmonterarse para corresponder a tal amor. El sexto miura se estiró de pronto y hubo que hacer un hueco para que cupiera en la plaza y en el horizonte. Un puyazo durísimo lo dejó listo. Salió de mal carácter: en corto atizó tarascadas. Y se apagó de golpe. Puesto por delante, no dejó a Millán pasar con la espada. Siete pinchazos, un espadazo, un aviso, se echó en tablas en toro. No fue gloriosa la cosa.
 

(COLPISA, Barquerito).

 

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