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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis toros de Miura.
Corrida de amplios volúmenes y generosas armaduras,
con mucha plaza los seis. Todos cumplieron en el
caballo, según costumbre. El quinto, de buen son,
dio juego. El tercero, enterado, fue de artero y
peligroso instinto defensivo. Noble el primero, que
no duró. Peleón el segundo, que se movió mucho. Topó
el cuarto, muy deslucido. Se puso por delante y se
paró el sexto.
ESPADAS:
Juan José Padilla,
de grana y oro, palmas y silencio.
Rafaelillo, de
nazareno y oro, ovación tras un aviso y vuelta tras
un aviso.
Jesús Millán,
de grana y oro, silencio y silencio tras un aviso.
INCIDENCIAS
El toro que hirió
gravemente a dos corredores salió listo y peligroso.
Rafaelillo, con el lote más propicio, está a punto
de repetir su gesta de hace un año aquí. Solvente
Padilla. Más leyenda Miura en el encierro que por la
tarde en la plaza . 8ª de San Fermín. Lleno.
Caluroso.
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Rafaelillo saluda la vuelta al ruedo - Foto: burladero.com
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Un toro
descolgado
del encierro
estuvo por
la mañana a
punto de
pegar sendas
cornadas
mortales a
dos
corredores.
Los dos
salvaron la
vida. Tres
horas largas
de
angustiosa
espera hasta
que corrió
la buena
nueva. El
toro
descolgado
salió por la
tarde fiero,
listo y
violento.
Había cosido
a cabezazos
tablas del
vallado en
el tramo de
Telefónica
–donde se
levanta el
edificio de
la compañía-
y lo estuvo
haciendo dos
minutos y
casi tres.
El toro se
enceló con
algo que
buscaba y no
encontraba.
Rara
conducta. No
atendía a
los
pastores,
que le
cerraban el
paso si
pretendía
dar vuelta
atrás en
dirección a
Estafeta. Ni
tampoco se
arrancaba a
los
corredores
que trataban
de
provocarlo
cuesta abajo
en busca de
la plaza.
Descompuesto,
al fin se
metió a
regañadientes
en pos de la
estación
término.
Hacía más de
veinte años
que el
encierro de
los miuras
no resultaba
tan
encizañado y
problemático.
Y tan
sangriento.
El toro que
sembró el
pánico se
llamaba
Ermitaño y,
cosas de
Pamplona en
fiestas, el
nombre no se
le iba de la
boca a nadie
a la hora de
comer. Manes
del torismo.
El toro,
visto,
pasado,
revisto y
repasado en
cientos,
miles de
imágenes,
era ya
famoso al
saltar al
ruedo poco
después de
las siete de
la tarde.
Que es, en
la plaza de
Pamplona,
como la hora
del té. Más
o menos.
Un galán de
muy
llamativas
popa y
panza. Lo
dieron los
veterinarios
por cárdeno
calzón. Por
tanto,
bragado tan
corrido que
en los dos
lomos
predominaba
la pinta
blanca sobre
la negra
entrepelada.
Burraco y
berrendo. Un
cuadro. El
toro estaba
calzado de
patas.
Calcetero.
Pero no de
manos, que
eran negras.
Botinero. Y
gargantillo:
como un
collar de
nácar en
lámina en
pecho y
papada. Los
rizos del
testuz caían
a chorro
como agua
clara.
Rabicano y
coletero, y
sus dos
astas de
bastón. Y,
luego,
pésimas
intenciones.
Casi deja
fuera de
combate a
Jesús Millán
en el tercer
lance de
recibo. Se
agarró al
piso, o se
vino andando
o al trote,
o sin
frenos. Se
avisó tras
un primer
puyazo que
cobró
protestando,
se frenó
cuando le
convino y,
cuando no,
pegó
zarpazos
insolentes.
Cortó en
banderillas,
escarbó. Y a
la hora de
tener
delante al
torero de
Garrapinillos,
al que
superaba por
el séxtuplo
en peso y
envergadura,
se puso a
medirlo como
si fuera el
blanco de
una diana.
Decir que
“desarrolló
sentido”,
según se
usa, sería
no decir
nada.
Este miura
pensaba. Y
ni Domingo
Ortega ni el
padre de
Domingo
Ortega.
Cuando veía
al torero
descubierto,
se le iba al
bulto en
oleada y
cerrándole
el paso y la
salida. Lo
mismo que
los pastores
y corredores
habían hecho
con él en el
encierro. No
la hagas, no
la temas.
Con
habilidad,
soltando el
engaño y
tapándole la
cara, Millán
le metió
media
estocada de
las que ni
duelen.
Dolería más
el trastazo
que se llevó
el torero en
el embroque
al choque.
Una estocada
desprendida
puso fin a
la batalla.
Se tuvo la
sensación de
que el toro
acusó en
conducta los
resabios del
encierro. No
fue la
agresividad
feroz del
miura
intratable,
que los hay.
Otra cosa.
De los seis
miuras
restantes,
uno salió de
buena ley:
el quinto,
que embistió
con codicia
y franqueza,
repitió y
quiso en los
medios por
las dos
manos. Se
torció el
remate de
faena con la
espada. Un
metisaca en
los bajos
dejó cojo al
toro y sin
apoyo de una
mano, y sólo
cupo
descabellar.
Si no es por
eso, se va
el toro sin
las orejas
al
carnicero.
Una o dos.
Si llega a
ser más
corta, y más
intensa, la
faena de
Rafaelillo,
dos. Y si
entra la
espada
después de
una propina
innecesaria
que sólo
añadió
capítulos
repetidos a
la historia,
una y quién
sabe si más.
Rafaelillo
estuvo
competente,
fácil,
dispuesto y
seguro. De
rodillas y
en la
vertical, en
la distancia
y en el
agobio
inmediato.
Midió la
faena por
tramos, y
los tramos
por tandas,
y las tandas
por pases, y
no más de
tres en la
suerte
natural pero
siempre dos
en los
remates
cosidos.
Algunos de
los
cambiados
por alto,
con el toro
convencido
por delante,
fueron
espléndidos.
También el
aplomo del
torero
murciano,
que pecó en
un momento
dado de
torear para
la galería.
No contra el
toro,
tampoco a
favor de él.
El segundo
de corrida,
que se
empleó pero
rebrincadito
unas veces y
punteando
otras, fue
toro bien
manejado por
Rafaelillo,
que le ha
cogido a los
miuras el
aire y el
cómo. Y la
fortuna de
salir ileso
de una
cogida por
la espalda,
sólo que
cayó de cara
la moneda.
Sobrado de
recursos,
hábil para
gobernar
cuando se
puso a
torear de
rodillas con
capa y
muleta,
Rafaelillo
superó tan
campante la
siempre dura
prueba de
los miuras
de San
Fermín.
Padilla
resolvió con
seguridad
impecable.
Les puso a
los dos
toros de
lote seis
pares de
banderillas
y, salvo uno
de ellos,
todos fueron
de traca.
Porque el
primer miura
tenía más de
un metro de
cuerda y
resultó
dificilísimo
embrocarse y
colgarse en
el balcón
sin red. Y
porque el
cuarto pegó
trallazos ya
antes de
banderillas.
Y más
durante y
después. El
tercer par,
de dentro
afuera, fue
sensacional.
Ese cuarto
toro se paró
sin remedio.
El primero
se
arrepintió
de haber
venido a los
diez
muletazos.
Con la
espada
Padilla dejó
patentes su
sapiencia y
su sitio. Su
gente de
Pamplona lo
recibió como
a gladiador
olímpico.
Antes del
paseíllo,
mientras la
coral
innúmera
atacaba el
Te Deum de
Charpentier,
Padilla tuvo
que
desmonterarse
para
corresponder
a tal amor.
El sexto
miura se
estiró de
pronto y
hubo que
hacer un
hueco para
que cupiera
en la plaza
y en el
horizonte.
Un puyazo
durísimo lo
dejó listo.
Salió de mal
carácter: en
corto atizó
tarascadas.
Y se apagó
de golpe.
Puesto por
delante, no
dejó a
Millán pasar
con la
espada.
Siete
pinchazos,
un espadazo,
un aviso, se
echó en
tablas en
toro. No fue
gloriosa la
cosa.
(COLPISA,
Barquerito).
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