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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
hechuras, cumplidora
en el caballo, con fijeza pero, en conjunto, falta
de chispa. De serio cuajo los tres primeros.
Astifinos todos. Todos nobles. Salvo el cuarto,
venido abajo inesperadamente, dieron buen juego. Los
corridos de quinto y sexto fueron los de mejor
empleo y mayos calidad
ESPADAS:
El Cid,
de verde manzana y oro, cogido por el primero. Una
cornada en el muslo de dos trayectorias y otra con
desgarro de bolsa escrotal.
Sebastián Castella, de tabaco y oro,
silencio, oreja tras un aviso y saludos tras dos
avisos.
José María
Manzanares, de violeta y
oro, silencio tras un aviso, silencio y silencio.
INCIDENCIAS
Noble
corrida de El Ventorrillo, con tres toros, tercero,
quinto y sexto, de distinguido estilo y notable
juego. Casi inédito el torero de Salteras, cogido en
el segundo muletazo. 5ª de San Fermín. Lleno.
Soleado, templado.
Parte
médico,
"cornada
con dos
trayectorias,
una
superficial
y otra
ascendente,
en la
cara
anterior
del
muslo
izquierdo
con
trayectoria
de 10
centímetros,
que
afecta
tejidos
musculares
además
de otra
cornada
más que
le
atraviesa
el
escroto".
Pronóstico
menos
grave.
Trasladado
al
Hospital
Virgen
del
Camino
de la
capital
navarra".
firmado
Cirujano
Jefe de
la
plaza,
Ángel
Hidalgo
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Manuel Jesús "El Cid"
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Por la
mañana, la
corrida de
El
Ventorrillo
corrió el
encierro
reunida en
un pañuelo y
con una
velocidad de
prodigio.
Vistos y no
vistos los
seis toros,
que, después
de tan
fantástica
ráfaga,
resultaron
ser de seis
líneas
distintas.
Cuando se
fueron
soltando de
uno en uno
aunque no
por su
orden, las
diferencias
se hicieron
muy
notables.
El toro que
rompió
plaza, muy
bien comido,
de generosa
caja,
colorado
melocotón,
pechuga
frondosa,
dio 600
kilos en
báscula y
estuvo a
punto de
reventar las
tablas de un
burladero en
el primer
remate.
Todavía en
frío, tomó
con brío el
capote de El
Cid, que
pareció
salir por
todas.
Desiguales
de encaje y
compás los
lances de
recibo en el
tercio y
casi los
medios, un
desarme
después de
dos medias
de remate
precipitadas,
nuevos
lances para
poner al
toro en
suerte. Un
puyazo
caído, otro
suave.
Pronto, el
toro galopó
en
banderillas.
Iba a poder
con los
kilos,
estaba casi
crudo. El
Cid estuvo
pensándose
si brindar
el toro o
no. Hacía un
poco de
viento. No
hubo
brindis.
De cuarto de
corrida y
segundo de
lote,
esperaba el
de cara y
hechuras más
cómodas de
la corrida:
un toro
sardo,
remangado de
cuerna pero
no ofensivo,
o menos
ofensivo que
cualquiera
de los otros
cinco, de
largo
cuello,
culata de
pollo,
sacudido y
estrecho,
finas cañas,
con todos
los
atributos de
los que
embisten de
fijo. Si
hubiera
apuestas,
por ese toro
se podía
haber
apostado. Se
lo dejó El
Cid para
postre o
segundo
plato, quién
sabe si para
un brindis
también.
Todo lo
desbarató el
azar.
El primero
de la tarde
prendió por
la ingle a
El Cid en
sólo en el
segundo
embroque. Un
primer
muletazo
cambiado por
el pitón
izquierdo y
en las
rayas, y el
toro quiso
de largo y
con alegría.
En el
muletazo de
vuelta, con
El Cid por
dentro y en
la suerte
natural –la
mano y el
pitón del
mismo
sentido, el
derecho
ahora-, el
toro se le
vino al
vientre y lo
volteó y
derribó: una
cornada en
el muslo y
otra en la
taleguilla a
la altura de
ingle y
bragueta que
taladró la
bolsa de los
testículos.
Quitaron
enseguida al
toro, El Cid
trató de
recomponerse,
se resolvió
en lógica
llevárselo a
la
enfermería.
Es costumbre
definir la
consecuente
circunstancia
en macabros
términos:
“...y la
corrida
quedó en un
mano a
mano”. No
exactamente.
Pero dejaron
de salir por
su orden los
toros: el
lindo cuarto
se acabó
jugando de
sexto y,
como estaba
previsto,
fue toro de
muy buen
juego y de
estar más
que a gusto,
porque
descolgó, se
estiró,
obedeció y
cupo en los
engaños
mejor que
cualquier
toro de los
llamados de
Pamplona. Y
no es que
éste no lo
fuera. Pero
no tanto.
Castella
corrió con
el cargo del
toro que
hirió a El
Cid, y con
los dos de
la propia
nómina, que
se echaron
de tercero y
quinto, y
salieron
buenos los
dos.
Antes de
bailar con
la pareja
buena, es
decir, con
el segundo
del lote de
El Cid,
Manzanares,
en los
primeros
turnos
pares, hubo
de matar
otros tantos
toros, que,
por su
diversidad,
fueron
muestra de
la variedad
de esta
corrida de
El
Ventorrillo
que voló en
el encierro
como un
bólido.
Burraco de
densa badana
el segundo,
terciado un
cuarto
retinto de
afiladísima
cara. Al
perezoso
trantrán el
uno, que
escarbó y
punteó los
engaños,
pero fue
toro
manejable;
venido abajo
el otro, que
galopó de
partida como
si estuviera
todavía
corriendo el
encierro,
pero se echó
de pronto
como si se
le hubiera
ido de golpe
la presión
entera.
Cuando iba a
rematarlo el
puntillero
sin haber
entrado
Manzanares
con la
espada, el
toro se
levantó y
dijo adiós
como los
cisnes.
Cantando.
Con su
generoso
escaparate y
su llamativa
presencia,
los toros
llenaron
parte
destacada
del espacio
y el tiempo
del
espectáculo.
Tanto como
Castella,
que anduvo
con
categoría:
solemne,
fino,
valeroso,
templado,
seguro. Sin
echar
cuentas de
la playera
cuerna del
tercero, tan
descarado
que no
animaba a
combatir
cara a cara
precisamente
ni a pintar
flores;
confiado con
el quinto,
que fue,
dentro de su
seriedad,
toro más
armonioso,
más sencillo
de ver. Como
el que se
corrió de
sexto. O
como el
tercero, el
toro que se
echó
misteriosamente.
La calma fue
razón mayor
del saber
hacer de
Castella: en
las
distancias
de aliento o
en corto, en
el toreo en
la suerte
natural o
cambiado, en
los
circulares
de ida y
vuelta, en
los ayudados
por bajo, en
los de
compás
abierto y en
el toreo a
pies juntos,
con el
capote y con
la muleta.
Con
seguridad y
gobierno.
Hermosa la
faena del
quinto toro,
que Castella
no remató
con la
espada.
Poderosa y
arriesgada
la del
tercero, que
tuvo
momentos de
gran
delicadeza
y, esta vez
sí, el
refrendo de
una valiente
estocada. El
toro que
hirió a El
Cid se apagó
medio
fundido y,
noble, sólo
se vino al
pasito y con
desgana. La
parsimonia
de Castella
fue notable.
Su
autoridad.
Manzanares,
en cambio,
anduvo un si
es no es en
cada una de
las bazas.
Larguísimos
trasteos en
los dos
toros que lo
permitieron:
el burraco
que tenía el
alma blanca
y el que
dejó El Cid
en legado
generoso.
Exceso de
toreo a la
espera y
apenas al
toque. Algún
muletazo
mayor con la
izquierda,
desigual el
embroque por
sistema,
muchos
finales de
lance con el
torero asido
al lomo,
oficio
seguro,
ningún
apuro, no
demasiada
soltura. Ni
ambición.
(COLPISA,
Barquerito).
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