CRÓNICA DEL FESTEJO

 

Pamplona  - 4ª de feria - 8 julio 2009 -

Facilidad de Barrera, firmeza de Sergio Aguilar, infortunio de Marco

FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis toros de Cebada Gago, astifinos y descarados. Corrida de desiguales hechuras. Muy bien rematado el primero, que fue codicioso y se empleó con alegría. Manejable el tercero, que escarbó. De mal juego los demás. El cuarto, por listo, y el sexto, por renegar y huir, especialmente complicados. Peleó en chiqueros y fue incierto el segundo. No puso con su alma un quinto venido abajo.
ESPADAS:

Antonio Barrera, de blanco y oro, oreja tras un aviso y oreja

Francisco Marco, de azul pavo y oro, silencio y silencio tras un aviso.

Sergio Aguilar, de añil y oro, vuelta al ruedo y silencio.

INCIDENCIAS

Una corrida de Cebada Gago muy desigual pero de toros muy astifinos. Un primero bueno y un tercero manejable enlotados con dos de mala nota por su listeza y genio

 


Antonio Barrera


 

La primera parte de la corrida de Cebada Gago tuvo trato: se empleó con codicia y bravo son un serio primero de hermoso galope castigado por duro puyazo trasero; salió complicado el segundo, que trabajó sin entrega y con estilo predador en el incierto terreno de toriles; a pesar de escarbar, y de meterse si no iba del todo tapado, el tercero dejó estar. Dejaron estar más esos tres toros que un viento racheado y fresco que lleva soplando y levantando remolinos por Pamplona desde el lunes a la hora del chupinazo. El viento que descubre a los toreros y despoja de chistera al mago. Que no deja torear.
La segunda mitad salió del todo torcida: el cuarto, listo y artero, a la defensiva, no paró de medir o buscar a Antonio Barrera; el quinto, mansito de pobre nota, sin fuerza ninguna, se paró y apagó; el sexto, cornalón y bizco, alto de agujas, sacó tanto genio revoltoso como ganas de huirse, pegó gaitazos y tornillazos y, la antena puesta a última hora, murió descompuesto y muy de manso. Huyendo.
Con el único toro de Cebada que de verdad quiso Antonio Barrera hizo muchas cosas. Lancear en el recibo con asiento y temple, quitar por enredadas gaoneras y embarcarse en abundante faena, que empezó con la temeridad de un pase cambiado por la espalda tras cite de largo, siguió con tandas por las dos manos de rayas afuera y acabó con una racioncita de manoletinas. En señal de confianza. En corto tomó Barrera al toro después del gesto primero. La distancia no pareció la más adecuada, porque, picado muy atrás, el toro se rebrincaba de tanto querer pero en tan poco espacio. Como fue toro repetidor, el desfogue se hizo de pronto asfixiante. Descolgado, el toro, veleto y astifino, paso de pitones, fue perdiendo fuelle. No nobleza ni entrega. Barrera le vio la muerte muy bien y en la suerte contraria atacó con fe y fortuna. Una estocada. Estaba el toro ya enganchado del tiro de mulillas, y las mulillas arreadas, cuando el palco, después de pensárselo, sacó el pañuelo. Una oreja.
Las andanadas de sol entraron en coro y danza, sin el compás de otras veces, al soltarse el segundo toro, que no dio ni 500 kilos de tablilla, fue muy astifino y tuvo más cara que plaza. No quiso caballo o se escupió, apretó por la mano derecha con estilo violento, sacó en banderillas temperamento y fue de los de hacer sufrir. Francisco Marco tuvo la ocurrencia de abrir faena por arriba y de rodillas. Medicina contraindicada. Suelto y a su bola, el toro obligó a jugar el duelo en chiqueros, y ahí ganaba. No dejó de moverse. Pero sin emplearse. Marco se pegó una suerte de arrimón que ni convino al toro ni convenció a la gente. Dos pinchazos, una entera que atravesó al toro y le hizo guardia.
Sergio Aguilar era debutante en Pamplona. No se escondió, sino todo lo contrario. Salió a quitar en los medios en el toro de Marcos, y casi sale arrollado y se frustra el debut. Y salió a parar con delantales al toro del estreno, que acapachado, finas las mazorcas y finísimas las puntas, vino a ser uno de los dos potables de la indigesta corrida de Cebada. Escarbó mucho, se acostó, veía los huecos cuando se abrían, pero obedeció. Sergio estuvo, como suele, firme, asentado y tragón. Tragando paquete en cada embroque, porque la cosa fue de pasarse los pitones muy cerca. A pesar del viento, que lo estuvo incomodando en toques y enganches no siempre a tiempo. Seca la emoción por la quietud tan vertical y desafiante del torero, que no se inmuta. Pero algo pasiva la faena. Media trasera, un descabello. Un aviso cuando iba a rodar el toro.
El cuarto se echó en varas un caballo a los lomos pero queriéndoselo quitar de encima y no empujando. Que no es un operación común ni sencilla. De los dos toros intratables de la corrida de Cebada, éste fue el primero en aparecer; el sexto fue el otro. Este cuarto cortó en banderillas como avisando y al tercer muletazo estaba orientado. Ofensivo, acodado, armado por delante, fue, además, pegajoso. Se acordaba de todo antes de que llegara a pasar. Barrera lo mató por el hoyo de agujas. Una estocada de torero clarividente. El quinto, despapado –como decía Luis Fernández Salcedo de los toros imberbes- y sacudido, flacote, fino el hocico, no paró de echar las manos por delante mientras tuvo aire y se vino abajo como desinflado luego. No pudo con su alma. Larga porfía de Marco, como a la desesperada. De rodillas en desplantes cuando el toro estaba hecho puré. Cuatro pinchazos, media estocada.
Con el sexto toco sufrir más que con ninguno, pues, acaballadote, increíblemente afilado, no hizo más que huir y arrear descompuesto a escopetazos si trataban de impedírselo. Renegó de los caballos, se violentó en los capotes de brega y, cuando Sergio Aguilar pretendió convencerlo y fijarlo, protestó con intemperante genio, rebañando, sacudiendo gaitazos y gimiendo porque no encontraba puerta por donde salir. De su proverbial entereza hizo gala el torero del Puente de Vallecas. Una estocada sin piedad.
 

(COLPISA, Barquerito).

 

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