Facilidad de Barrera, firmeza
de Sergio Aguilar, infortunio de Marco
FICHA DEL FESTEJO
TOROS:
Seis toros de Cebada
Gago, astifinos y descarados. Corrida de desiguales
hechuras. Muy bien rematado el primero, que fue
codicioso y se empleó con alegría. Manejable el
tercero, que escarbó. De mal juego los demás. El
cuarto, por listo, y el sexto, por renegar y huir,
especialmente complicados. Peleó en chiqueros y fue
incierto el segundo. No puso con su alma un quinto
venido abajo.
ESPADAS:
Antonio
Barrera, de blanco y oro,
oreja tras un aviso y oreja
Francisco
Marco, de azul pavo y oro,
silencio y silencio tras un aviso.
Sergio
Aguilar, de añil y oro,
vuelta al ruedo y silencio.
INCIDENCIAS
Una corrida de
Cebada Gago muy desigual pero de toros muy
astifinos. Un primero bueno y un tercero manejable
enlotados con dos de mala nota por su listeza y
genio
Antonio Barrera
La primera
parte de la
corrida de
Cebada Gago
tuvo trato:
se empleó
con codicia
y bravo son
un serio
primero de
hermoso
galope
castigado
por duro
puyazo
trasero;
salió
complicado
el segundo,
que trabajó
sin entrega
y con estilo
predador en
el incierto
terreno de
toriles; a
pesar de
escarbar, y
de meterse
si no iba
del todo
tapado, el
tercero dejó
estar.
Dejaron
estar más
esos tres
toros que un
viento
racheado y
fresco que
lleva
soplando y
levantando
remolinos
por Pamplona
desde el
lunes a la
hora del
chupinazo.
El viento
que descubre
a los
toreros y
despoja de
chistera al
mago. Que no
deja torear.
La segunda
mitad salió
del todo
torcida: el
cuarto,
listo y
artero, a la
defensiva,
no paró de
medir o
buscar a
Antonio
Barrera; el
quinto,
mansito de
pobre nota,
sin fuerza
ninguna, se
paró y
apagó; el
sexto,
cornalón y
bizco, alto
de agujas,
sacó tanto
genio
revoltoso
como ganas
de huirse,
pegó
gaitazos y
tornillazos
y, la antena
puesta a
última hora,
murió
descompuesto
y muy de
manso.
Huyendo.
Con el único
toro de
Cebada que
de verdad
quiso
Antonio
Barrera hizo
muchas
cosas.
Lancear en
el recibo
con asiento
y temple,
quitar por
enredadas
gaoneras y
embarcarse
en abundante
faena, que
empezó con
la temeridad
de un pase
cambiado por
la espalda
tras cite de
largo,
siguió con
tandas por
las dos
manos de
rayas afuera
y acabó con
una
racioncita
de
manoletinas.
En señal de
confianza.
En corto
tomó Barrera
al toro
después del
gesto
primero. La
distancia no
pareció la
más
adecuada,
porque,
picado muy
atrás, el
toro se
rebrincaba
de tanto
querer pero
en tan poco
espacio.
Como fue
toro
repetidor,
el desfogue
se hizo de
pronto
asfixiante.
Descolgado,
el toro,
veleto y
astifino,
paso de
pitones, fue
perdiendo
fuelle. No
nobleza ni
entrega.
Barrera le
vio la
muerte muy
bien y en la
suerte
contraria
atacó con fe
y fortuna.
Una
estocada.
Estaba el
toro ya
enganchado
del tiro de
mulillas, y
las mulillas
arreadas,
cuando el
palco,
después de
pensárselo,
sacó el
pañuelo. Una
oreja.
Las
andanadas de
sol entraron
en coro y
danza, sin
el compás de
otras veces,
al soltarse
el segundo
toro, que no
dio ni 500
kilos de
tablilla,
fue muy
astifino y
tuvo más
cara que
plaza. No
quiso
caballo o se
escupió,
apretó por
la mano
derecha con
estilo
violento,
sacó en
banderillas
temperamento
y fue de los
de hacer
sufrir.
Francisco
Marco tuvo
la
ocurrencia
de abrir
faena por
arriba y de
rodillas.
Medicina
contraindicada.
Suelto y a
su bola, el
toro obligó
a jugar el
duelo en
chiqueros, y
ahí ganaba.
No dejó de
moverse.
Pero sin
emplearse.
Marco se
pegó una
suerte de
arrimón que
ni convino
al toro ni
convenció a
la gente.
Dos
pinchazos,
una entera
que atravesó
al toro y le
hizo
guardia.
Sergio
Aguilar era
debutante en
Pamplona. No
se escondió,
sino todo lo
contrario.
Salió a
quitar en
los medios
en el toro
de Marcos, y
casi sale
arrollado y
se frustra
el debut. Y
salió a
parar con
delantales
al toro del
estreno, que
acapachado,
finas las
mazorcas y
finísimas
las puntas,
vino a ser
uno de los
dos potables
de la
indigesta
corrida de
Cebada.
Escarbó
mucho, se
acostó, veía
los huecos
cuando se
abrían, pero
obedeció.
Sergio
estuvo, como
suele,
firme,
asentado y
tragón.
Tragando
paquete en
cada
embroque,
porque la
cosa fue de
pasarse los
pitones muy
cerca. A
pesar del
viento, que
lo estuvo
incomodando
en toques y
enganches no
siempre a
tiempo. Seca
la emoción
por la
quietud tan
vertical y
desafiante
del torero,
que no se
inmuta. Pero
algo pasiva
la faena.
Media
trasera, un
descabello.
Un aviso
cuando iba a
rodar el
toro.
El cuarto se
echó en
varas un
caballo a
los lomos
pero
queriéndoselo
quitar de
encima y no
empujando.
Que no es un
operación
común ni
sencilla. De
los dos
toros
intratables
de la
corrida de
Cebada, éste
fue el
primero en
aparecer; el
sexto fue el
otro. Este
cuarto cortó
en
banderillas
como
avisando y
al tercer
muletazo
estaba
orientado.
Ofensivo,
acodado,
armado por
delante,
fue, además,
pegajoso. Se
acordaba de
todo antes
de que
llegara a
pasar.
Barrera lo
mató por el
hoyo de
agujas. Una
estocada de
torero
clarividente.
El quinto,
despapado
–como decía
Luis
Fernández
Salcedo de
los toros
imberbes- y
sacudido,
flacote,
fino el
hocico, no
paró de
echar las
manos por
delante
mientras
tuvo aire y
se vino
abajo como
desinflado
luego. No
pudo con su
alma. Larga
porfía de
Marco, como
a la
desesperada.
De rodillas
en
desplantes
cuando el
toro estaba
hecho puré.
Cuatro
pinchazos,
media
estocada.
Con el sexto
toco sufrir
más que con
ninguno,
pues,
acaballadote,
increíblemente
afilado, no
hizo más que
huir y
arrear
descompuesto
a
escopetazos
si trataban
de
impedírselo.
Renegó de
los
caballos, se
violentó en
los capotes
de brega y,
cuando
Sergio
Aguilar
pretendió
convencerlo
y fijarlo,
protestó con
intemperante
genio,
rebañando,
sacudiendo
gaitazos y
gimiendo
porque no
encontraba
puerta por
donde salir.
De su
proverbial
entereza
hizo gala el
torero del
Puente de
Vallecas.
Una estocada
sin piedad.