CRÓNICA DEL FESTEJO

 

Pamplona  - 3ª de feria - 7 julio 2009 -

Golpe de mano de Miguel Tendero

FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis toros de Alcurrucén (hermanos Lozano). Corrida muy astifina y de serio cuajo. De espléndido porte el primero, que estaba para cumplir los seis años. De hechuras, juego y condición desiguales, casi todos acusaron el resabio del encierro: distracciones impensadas, galopes locos de salida. Se emplearon con aire bueno el primero y el sexto. Muy sangrado, se paró el segundo, que fue noble. Se aplomó un tercero de corto viaje. De pobre nota un cuarto manso. Destartalado, el quinto, berrendo y barrigón, se dejó sin darse.

ESPADAS:

Luis Bolívar, de rojo escarlata y oro, silencio y silencio tras un aviso.

Salvador Cortés, de azul turquía y oro, silencio tras dos avisos y silencio tras aviso.

Miguel Tendero, de blanco y oro, que sustituyó a El Fundi, silencio tras un aviso y una oreja.

INCIDENCIAS

Sólo cinco semanas después de su alternativa en Madrid,, debut sobresaliente en sanfermines del torero de Albacete, capaz, inteligente y valiente con dos graves toros. 3ª de San Fermín. Lleno. Soleado, ventoso, más primaveral que veraniego.


 

Lo de Miguel Tendero en Pamplona fue llegar y besar el santo. San Fermín, que da sorpresas, provoca y, si es preciso, pone en órbita un torero. Sin ir más lejos, éste mismo. El Tendero de Albacete. Hay otro Tendero de Ciudad Real, novillero en edad de merecer. El Tendero original, que tomó hace cinco semanas la alternativa en Madrid y en un rebote, apareció por Pamplona de rebote también. Sin haberse anunciado: convaleciente todavía, se cayó El Fundi del cartel. Entre un manojo de aspirantes a la sustitución, la Casa de Misericordia apostó por la frescura y la novedad. Por Miguel Tendero, que se ganó en Madrid un nombre, un crédito y un sitio. El día de la alternativa, que no estaba anunciada tampoco. Una sustitución de El Fundi. Esos son golpes del destino.
Y éste de Pamplona, otro. Del destino, que le llevó a Tendero a las manos el toro más propicio de la corrida, el último de los seis de Alcurrucén. Y el golpe que cuenta: el que pegó el torero con armas tan elementales como la determinación, el valor, la osadía, el descaro, la ambición, la listeza y también la inteligencia. Y el sentido del temple, sin el cual es prácticamente imposible. La presencia de Tendero fue, desde el compás primero, puro desparpajo: lances en los medios para fijar de salida al toro de su debut en Pamplona, de seria guadaña e impropio estilo. Como coceó un burladero en circense cabriola, pareció toro loco. Les pasa a algunos de los que corren el encierro. Lo corren todos los toros que vienen aquí a morir, pero no a todos se les queda en la memoria el traqueteo culebrero de ese ciego kilómetro del encierro de Pamplona. Sin fijar del todo, el toro estuvo de pronto metido en los vuelos del capote de Tendero. Un golpe de autoridad.
Y estuvo después metido en la muleta del propio Tendero, que, sencilla pero eléctrica entereza, estuvo puesto ya en el primer muletazo, tirando del toro en el segundo, convenciéndolo enseguida. Buen hacer. Parecía más sencillo de lo que en realidad era. Ligadas cuatro tandas, dos por cada mano. Gobernado el toro cuando hubo que empujarlo, según certero término en boga. Porque el toro, picado atrás, no metió los riñones cuando hubo que hacerlo. A toro parado, Tendero se metió entre pitones, inmensa la cara del toro. Y en terreno resbaladizo se encajó: péndulos insultantes de la marca Dámaso, trenzas, toro sumiso cuando sacó el torero el látigo. Con plaza volcada, sin embargo, se resistieron la espada y el espadachín, que no pasó ni una vez. Cuatro pinchazos, un aviso y un descabello.
Si una oreja es un triunfo, se esfumó la oreja. No el triunfo. Ni el torero, que salió después todavía más arrancado. Arrebatado, no a locas. Un sexto toro que tenía la cabeza encajada como a tuerca: muy despegada la papada del cuello, como los antiguos toros de Murube. Un toro ensillado hasta la exageración. Y armado de afiladas bayonetas. Lidiaron, picaron y banderillearon al toro como si fuera el dragón de las leyendas. Se quedó enhebrada la vara del segundo puyazo, los capotazos a la defensiva fueron feroces. Tendero se había estirado en lances a pies juntos encajados, templados y limpios.

Y, luego, sin temor de que el toro se insolentara, vino el famoso “¡Vámonos...!” del toreo de ahora: de echarse adelante, asentarse sin miedo, ponerse donde hay que ponerse para que embistan todos los toros y, lo más importante, templarse. Sacar a pulso los brazos, engañar en el mejor sentido de la palabra al toro, ligarle tandas de cuatro y cinco sin perderle pasos, traerlo y llevarlo a compás. Como el toro estuvo tan levantado, nada de eso era sencillo. La gente de sol y de sombra, la plaza toda se metió en la faena al ritmo que marcaron el torero de Albacete y el toro, que fue de generosos viajes por las dos manos. Y noble. Hubo acuerdo. Majeza y buen toreo. Por una mano y otra. Y la emoción de una cogida aparatosa cuando Tendero remataba faena con manoletinas. Tras la cogida, un desplante. O más. Puro dominio. Y, ahora sí, una estocada de no perdonar, porque, sin una oreja, esta sobresaliente salida de Tendero en Pamplona no iba a contar tanto. Ni a ser contada tampoco.
Bolívar pareció incómodo por un latoso imprevisto: tras la baja de El Fundi, tuvo que abrir cartel y corrida. El viento lo estuvo castigando durante el manejo de un bellísimo primer toro que, con los atributos y el trapío mejores del toro de Núñez, quiso más que pudo. Con seriedad. El cuarto fue el de peores nota y hechuras de la corrida: andarín, distraído, cobardón, mirón, no dio ninguna alegría. A los dos toros los mató Bolívar a la primera, pero no por arriba. Salvador Cortés estuvo firme y dispuesto con dos toros distintos. De menos a más los dos: un segundo frenado pero noble y un escandaloso quinto, berrendo y barrigudo, como los patasblancas de Cobaleda, pero que también tuvo nobleza. Le faltaron otras virtudes. No ésa. Y lo que a Cortés le sobró de coraje, le faltó en cambio de cabeza para medir las faenas. O las distancias que pedían los toros: mucha el segundo; no tanta el quinto. Tanto tesón y tan valeroso empeño no tuvieron recompensa. No rodaron las cosas. No salieron redondas.
 

(COLPISA, Barquerito).

 

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