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FICHA DEL FESTEJO |
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TOROS:
Seis toros de
Alcurrucén (hermanos Lozano). Corrida muy astifina y
de serio cuajo. De espléndido porte el primero, que
estaba para cumplir los seis años. De hechuras,
juego y condición desiguales, casi todos acusaron el
resabio del encierro: distracciones impensadas,
galopes locos de salida. Se emplearon con aire bueno
el primero y el sexto. Muy sangrado, se paró el
segundo, que fue noble. Se aplomó un tercero de
corto viaje. De pobre nota un cuarto manso.
Destartalado, el quinto, berrendo y barrigón, se
dejó sin darse.
ESPADAS:
Luis
Bolívar, de rojo escarlata y oro, silencio y
silencio tras un aviso.
Salvador Cortés,
de azul turquía y oro, silencio tras dos avisos y
silencio tras aviso.
Miguel Tendero,
de blanco y oro, que sustituyó a El Fundi, silencio
tras un aviso y una oreja.
INCIDENCIAS
Sólo cinco semanas
después de su alternativa en Madrid,, debut
sobresaliente en sanfermines del torero de Albacete,
capaz, inteligente y valiente con dos graves toros.
3ª de San Fermín. Lleno. Soleado, ventoso, más
primaveral que veraniego.

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Lo de Miguel
Tendero en
Pamplona fue
llegar y
besar el
santo. San
Fermín, que
da
sorpresas,
provoca y,
si es
preciso,
pone en
órbita un
torero. Sin
ir más
lejos, éste
mismo. El
Tendero de
Albacete.
Hay otro
Tendero de
Ciudad Real,
novillero en
edad de
merecer. El
Tendero
original,
que tomó
hace cinco
semanas la
alternativa
en Madrid y
en un
rebote,
apareció por
Pamplona de
rebote
también. Sin
haberse
anunciado:
convaleciente
todavía, se
cayó El
Fundi del
cartel.
Entre un
manojo de
aspirantes a
la
sustitución,
la Casa de
Misericordia
apostó por
la frescura
y la
novedad. Por
Miguel
Tendero, que
se ganó en
Madrid un
nombre, un
crédito y un
sitio. El
día de la
alternativa,
que no
estaba
anunciada
tampoco. Una
sustitución
de El Fundi.
Esos son
golpes del
destino.
Y éste de
Pamplona,
otro. Del
destino, que
le llevó a
Tendero a
las manos el
toro más
propicio de
la corrida,
el último de
los seis de
Alcurrucén.
Y el golpe
que cuenta:
el que pegó
el torero
con armas
tan
elementales
como la
determinación,
el valor, la
osadía, el
descaro, la
ambición, la
listeza y
también la
inteligencia.
Y el sentido
del temple,
sin el cual
es
prácticamente
imposible.
La presencia
de Tendero
fue, desde
el compás
primero,
puro
desparpajo:
lances en
los medios
para fijar
de salida al
toro de su
debut en
Pamplona, de
seria
guadaña e
impropio
estilo. Como
coceó un
burladero en
circense
cabriola,
pareció toro
loco. Les
pasa a
algunos de
los que
corren el
encierro. Lo
corren todos
los toros
que vienen
aquí a
morir, pero
no a todos
se les queda
en la
memoria el
traqueteo
culebrero de
ese ciego
kilómetro
del encierro
de Pamplona.
Sin fijar
del todo, el
toro estuvo
de pronto
metido en
los vuelos
del capote
de Tendero.
Un golpe de
autoridad.
Y estuvo
después
metido en la
muleta del
propio
Tendero,
que,
sencilla
pero
eléctrica
entereza,
estuvo
puesto ya en
el primer
muletazo,
tirando del
toro en el
segundo,
convenciéndolo
enseguida.
Buen hacer.
Parecía más
sencillo de
lo que en
realidad
era. Ligadas
cuatro
tandas, dos
por cada
mano.
Gobernado el
toro cuando
hubo que
empujarlo,
según
certero
término en
boga. Porque
el toro,
picado
atrás, no
metió los
riñones
cuando hubo
que hacerlo.
A toro
parado,
Tendero se
metió entre
pitones,
inmensa la
cara del
toro. Y en
terreno
resbaladizo
se encajó:
péndulos
insultantes
de la marca
Dámaso,
trenzas,
toro sumiso
cuando sacó
el torero el
látigo. Con
plaza
volcada, sin
embargo, se
resistieron
la espada y
el
espadachín,
que no pasó
ni una vez.
Cuatro
pinchazos,
un aviso y
un
descabello.
Si una oreja
es un
triunfo, se
esfumó la
oreja. No el
triunfo. Ni
el torero,
que salió
después
todavía más
arrancado.
Arrebatado,
no a locas.
Un sexto
toro que
tenía la
cabeza
encajada
como a
tuerca: muy
despegada la
papada del
cuello, como
los antiguos
toros de
Murube. Un
toro
ensillado
hasta la
exageración.
Y armado de
afiladas
bayonetas.
Lidiaron,
picaron y
banderillearon
al toro como
si fuera el
dragón de
las
leyendas. Se
quedó
enhebrada la
vara del
segundo
puyazo, los
capotazos a
la defensiva
fueron
feroces.
Tendero se
había
estirado en
lances a
pies juntos
encajados,
templados y
limpios.
Y, luego,
sin temor de
que el toro
se
insolentara,
vino el
famoso “¡Vámonos...!”
del toreo de
ahora: de
echarse
adelante,
asentarse
sin miedo,
ponerse
donde hay
que ponerse
para que
embistan
todos los
toros y, lo
más
importante,
templarse.
Sacar a
pulso los
brazos,
engañar en
el mejor
sentido de
la palabra
al toro,
ligarle
tandas de
cuatro y
cinco sin
perderle
pasos,
traerlo y
llevarlo a
compás. Como
el toro
estuvo tan
levantado,
nada de eso
era
sencillo. La
gente de sol
y de sombra,
la plaza
toda se
metió en la
faena al
ritmo que
marcaron el
torero de
Albacete y
el toro, que
fue de
generosos
viajes por
las dos
manos. Y
noble. Hubo
acuerdo.
Majeza y
buen toreo.
Por una mano
y otra. Y la
emoción de
una cogida
aparatosa
cuando
Tendero
remataba
faena con
manoletinas.
Tras la
cogida, un
desplante. O
más. Puro
dominio. Y,
ahora sí,
una estocada
de no
perdonar,
porque, sin
una oreja,
esta
sobresaliente
salida de
Tendero en
Pamplona no
iba a contar
tanto. Ni a
ser contada
tampoco.
Bolívar
pareció
incómodo por
un latoso
imprevisto:
tras la baja
de El Fundi,
tuvo que
abrir cartel
y corrida.
El viento lo
estuvo
castigando
durante el
manejo de un
bellísimo
primer toro
que, con los
atributos y
el trapío
mejores del
toro de
Núñez, quiso
más que
pudo. Con
seriedad. El
cuarto fue
el de peores
nota y
hechuras de
la corrida:
andarín,
distraído,
cobardón,
mirón, no
dio ninguna
alegría. A
los dos
toros los
mató Bolívar
a la
primera,
pero no por
arriba.
Salvador
Cortés
estuvo firme
y dispuesto
con dos
toros
distintos.
De menos a
más los dos:
un segundo
frenado pero
noble y un
escandaloso
quinto,
berrendo y
barrigudo,
como los
patasblancas
de Cobaleda,
pero que
también tuvo
nobleza. Le
faltaron
otras
virtudes. No
ésa. Y lo
que a Cortés
le sobró de
coraje, le
faltó en
cambio de
cabeza para
medir las
faenas. O
las
distancias
que pedían
los toros:
mucha el
segundo; no
tanta el
quinto.
Tanto tesón
y tan
valeroso
empeño no
tuvieron
recompensa.
No rodaron
las cosas.
No salieron
redondas.
(COLPISA,
Barquerito).
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