Seis toros despuntados
para rejones de Fermín Bohórquez. Corrida de grandes
hechuras. Segundo y quinto, bravos y de gran
movilidad, muy completos. El primero flojeó y dio
menos juego que los tres restantes, que se emplearon
bien.
ESPADAS:
Joao
Salgueiro, aplausos en los
dos. Pablo Hermoso de Mendoza, una oreja y dos
orejas y rabo.
Sergio Galán,
aplausos y dos orejas.
Resultaron alcanzados y heridos de consideración dos
de los caballos de la cuadra de Galán: Apolo y Fado.
Pablo Hermoso
sacó al mayoral a saludar tras el arrastre del
quinto y le hizo dar la vuelta al ruedo junto a él y
al caballo Caviar.
INCIDENCIAS
Brava corrida de
Bohórquez, con vuelta al ruedo del mayoral al
arrastre del quinto, dos percances de dos caballos
de Galán, pero a hombros con Pablo el propio Galán.
. 2ª de San Fermín. Lleno. Soleado y fresco.
La primera
mitad de la
corrida de
rejones fue
muy
accidentada.
En piso
resbaladizo
se sentaron,
perdieron
las manos,
estuvieron a
punto de
caerse o
llegaron a
caerse hasta
cuatro
caballos.
Dos de Pablo
Hermoso:
Dalí y
Pirata, el
que para los
toros y los
castiga de
salida y el
que los
entra a
matar. Y dos
de Sergio
Galán: Apolo
y Fado, que
son
banderilleros.
Es decir,
muleteros
los dos.
Sólo por
fortuna el
alazano Dalí
salió ileso
de un
patinazo
casi en los
medios y a
merced del
toro, que
atacaba en
serio. Los
reflejos de
Pirata lo
libraron del
mal muy de
milagro.
Los dos
caballos de
Galán, en
cambio,
sufrieron
graves
cogidas.
Inermes e
indefensos,
fueron
arrollados y
corneados
los dos.
Uno, en el
vientre;
otro, en un
anca. Fuera
de combate
uno y otro.
Los dos
volvieron a
cuadras sin
monta y
sangrando.
Los areneros
de Pamplona,
que saben
trabajar a
modo,
cumplieron
su trabajo
en todos los
turnos. Por
lo que
fuera, en la
segunda
mitad de
corrida
ningún
caballo
volvió a
patinarse ni
a irse de
boca ni
manos. Por
eso y no
sólo por
eso, la
segunda
mitad de la
corrida fue
con
diferencia
mucho más
feliz. Y
mucho mejor
también.
Pablo
Hermoso
cortó un
rabo, y no
fue de
regalo, sino
espléndido
premio para
una faena
espléndida,
redonda, sin
pausas, de
exigente
clasicismo,
y de tal
perfección
que sólo
cabría
señalar en
ella un
error y nada
más que uno:
la ligera
renuncia de
Silveti en
lo que iba a
ser su
primer
embroque de
banderillas
en los
medios y
apitón
contrario. Y
con un
bravísimo
toro
Aventurero
que no dejó
de querer ni
de atender y
venir.
Ligeramente
contraria,
como tantas
veces sucede
cuando se
mata a
caballo, la
estocada fue
fulminante.
Al rodar el
toro se
desató uno
de esos
delirios tan
de Pamplona,
que parecen
una
explosión de
ebriedad en
cadena: una
oreja, otra,
el rabo. Y
el coro
deportivo de
“¡Oé, oé, oé...!”
para
subrayar una
vuelta al
ruedo del
todo
singular:
primero,
porque en
detalle de
torero
generoso,
Pablo hizo
salir al
mayoral de
Bohórquez a
saludar y,
cuando lo
tuvo fuera
del
burladero,
le invitó
irresistiblemente
a dar la
vuela con
él.
Nada más
empezar la
vuelta,
Pablo
reclamó la
aparición
por la
puerta de
cuadrillas
del tordo
Caviar, su
nueva
estrella
fulgurante,
que había
batido en
terrenos del
toro
Aventurero
varias
veces, había
casi volado
en piruetas
ceñidísimas
y había
puesto a la
gente en pie
porque,
siendo
caballo, no
se puede
torear con
mayor
sentido del
riesgo. Era
Pablo más
que el
caballo,
probablemente.
O eran los
dos. Y el
toro, que no
fue manco. Y
por eso
acabaron
dando la
vuelta
juntos el
mayoral,
Hermoso y el
caballo. Uno
de los
areneros, al
tener a
Caviar a su
lado, le dio
un beso en
los belfos.
Así estaba
el patio.
Desde los
medios,
Pablo dejó
luego a
Caviar irse
por su
cuenta en un
galope
elegantísimo.
La torda
Estella paró
a ese quinto
toro con
temple.
Hermoso
toreó de
maravilla
con la
bandera. Y
con el dócil
y elástico
Silveti
prendió tres
farpas en
todo lo alto
después de
dibujar y
marcar
embroques
despaciosos
al pitón
contrario.
La torería
de reuniones
y salidas;
el sentido
del toreo de
Pablo, su
manera de
entender las
distancias,
los tiempos,
la armonía
de una
faena; su
pericia de
jinete fuera
de serie. La
disciplina
de la
cuadra. La
exhibición
fue
inapelable.
Y el mérito
secreto, o
no tan
secreto, fue
que Pablo
arriesgara
tanto cuando
la tarde
llevaba de
saldo para
entonces dos
caballos
heridos y
tres o
cuatro
percances.
El gran
castaño
Chenel salió
alcanzado y
ligeramente
tropezado,
pero ileso,
tras prender
Pablo en los
medios una
farpa al
segundo de
corrida, que
fue de los
bravos de
esta corrida
de Bohórquez
tan
importante:
por su
volumen, por
sus
hechuras,
por su
fondo, por
su calidad.
Clase tuvo
el cuarto y
lo toreó
bien de
verdad Joao
Salgueiro,
que llevaba
cinco años
sin torear
en España
pero dejó
claro que es
de
primerísimo
nivel: la
alta escuela
portuguesa,
con la gota
de fantasía
para
suspender en
el vuelo de
un escorzo,
un caballo
de
banderillas.
Durante la
lidia del
cuarto la
gente estaba
merendando.
El buen aire
de Salgueiro
se saboreó a
dos
carrillos.
Pero
Salgueiro
falló con el
rejón de
muerte, como
es
tradicional
en los
caballeros
portugueses,
y falló con
el
descabello.
Por eso no
pudo
saborear ni
compartir
las mieles
del triunfo
con Pablo y
con Galán,
que superó
la
adversidad
con casta y,
con dos de
los grandes
de su
cuadra, el
bayo
Montoliú y
el tordo
Capea, se
templó
espectacularmente
en el sexto
toro, que
fue distinto
a los demás
por fuera
pero no por
dentro. En
las
reuniones a
pitón
contrario,
de caro
riesgo,
Galán
emocionó a
la gente. La
estocada fue
perfecta. Y
eso mandó al
olvido las
desdichas
del primer
turno, que
había
empezado con
tronío.
Hasta que se
torció. El
primero fue
el único
toro
deslucido
del festejo:
por
claudicar.
Salgueiro
hizo bellas
cosas:
galopar de
costado,
ajustarse
mucho, ir de
caras en el
rejón de
castigo.
Hermoso
anduvo
seguro y
poderoso con
el segundo
de la tarde,
que galopó
sin desmayo
ni tregua.
Con el
valiente
Ícaro toreó
con los
pechos con
descaro.
Como si
fuera toreo
por delante.
Nada
sencillo.