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CRÓNICA DEL FESTEJO |
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Málaga - 15 Agosto 2009 - |
| Leonardo rejonea y no remata |
Entre la
ortodoxia de Galán y
Hernández, de nuevo
la heterodoxia de
Diego Ventura. Si
hablamos de rejoneo,
como de cualquier
faceta de la
tauromaquia, se
espera siempre una
lidia limpia, pura,
capaz de mezclar
algo de
espectacularidad sin
sobrepasar los
límites que marcan
el propio sentido
común. En este
festejo de rejones,
el rejoneo más
completo, lo puro y
lo espectacular en
sabia conjunción, lo
firmó Leonardo
Hernández. El
balance de trofeos
no es el fiel
reflejo del toreo a
caballo presenciado
en La Malagueta.
Leonardo, el mejor,
se fue de vacío. En lo que se considera toreo a caballo, la lidia del primero de la tarde fue modélica por parte de Sergio Galán. A lomos de Vidrié y Apolo acertó a colocar banderillas en todo lo alto y también a correr a dos pistas, todo con gran valor por lo cerca que anduvo del astado. Fue una faena que remató de forma perfecta de un rejón certero y que valió una oreja de verdad. Distinto valor tuvo la que paseó en el cuarto, pedida y otorgada porque acertó a la primera con la suerte suprema, pero que vino antecedida de un rejoneo de limpia ortodoxia pero de menos brillantez. En ambos toros clavó dos rejones de castigo, aspecto que ambos acusaron al final. Diego Ventura vivió un momento de tremenda emoción en su primer toro, cuando la yegua Muleta salió sin obedecer al caballero y chocó con la barrera con la consiguiente caída al albero del rejoneador. Pudo haber sido más grave, todo quedó en una cornada superficial para la yegua. A partir de ahí, se lució con mucho nerviosismo, cercano al histrionismo, con Nazarí y Morante y falló con los rejones de muerte. El quinto fue otro de los buenos del lote enviado por Benítez Cubero. Diego puso toda la artillería en marcha. Sacó a Distinto para quebrar y a Ginés para hacer su balanceo estridente, es decir, para lograr un espectáculo lejos del toro y fuera de lo que debe ser el toreo a caballo. El rejón de muerte cayó muy trasero y bajo. El palco, excelente en su decisión, le concedió la oreja popular y se guardó la suya. La masa protestó con escasa convicción, pero algo bueno se puede entrever ya en el palco malagueño si se comienza a exigir que dos orejas sean la consecuencia de una actuación perfecta y con arreglo a los cánones sagrados del toreo. El joven Leonardo Hernández siguió su progresiva carrera ascendente. Fiel a la escuela eterna de su padre., hizo un rejoneo de alta escuela. Acertó al clavar sólo un rejón de castigo al tercero. Y lo bordó sobre Verdi, un caballo que se viene de largo, frena, quiebra y sale limpio mientras su caballero clava en lo alto. Enorme, tal vez lo más rotundo de esta corrida, esta salida estelar de Verdi, que logró poner en pie a la plaza. Las cortas al violín fueron la guinda. De forma lastimosa, falló con el rejón definitivo. El sexto fue manso y blando. Le colocó dos farpas de castigo y se equivocó. Con Quieto, caballo especializado en piruetas, colocó banderillas vistosas. De nuevo apareció Verdi en un solitario par y otra vez las cortas al violín para calentar al tendido. Todo lo echó por tierra con fallos estrepitosos con el rejón de muerte, que al final le privó de un triunfo sonoro. Y es que en el toreo a caballo, con estos públicos alegres y confiados, hay que matar a la primera, sin que el personal exija colocación ni exquisiteces.
Carlos Crivell - Sevillatoro.com |
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