Seis
toros de Victorino Martín, de serias y variadas
hechuras. De hermoso remate los dos primeros, que se
emplearon bien. Con genio brusco el tercero; se
defendieron los tres últimos.
ESPADAS:
Juan José Padilla, de grana y oro, saludos y
leves división.
José Luis Moreno, que sustituyó a El Fundi,
de tabaco y oro, saludos tras un aviso y silencio.
Diego Urdiales, de burdeos y oro, saludos y una
oreja.
INCIDENCIAS
9ª de las Corridas
Generales. Veraniego. Algo de viento. Casi tres
cuartos de plaza. Dos toros de buen aire, buenos
trabajos de Padilla y José Luis Moreno. Entrega y
corazón de Urdiales con el lote más complicado. Una
oreja de las de sangre y sudor
El primero de los
seis toros que puso
en Bilbao Victorino
fue una maravilla:
degollado, vueltas
las astas
asaltilladas, la
pinta negra. Un
puntito zancudo,
fino de cañas,
estrecho, esbelto,
bello de ver. Casi
600 kilos, pero no
se veían. Vivo y
pronto el son del
toro, con el gateíto
propio. No se
adivinaba entonces
que éste iba a ser,
en calidad, el toro
de la corrida:
codicioso, pero un
poquito pegajoso
también. Y alguna
que otra salida
distraída de
embroques y suertes.
Con ese toro estuvo
Padilla fácil y
dispuesto. Todo lo
sobrio que puede
estar Padilla cuando
pretende estarlo.
Como en este turno.
Demasiado castigo
fueron para el toro
tres puyazos. Sólo
señalado el primero.
Pero tres fueron.
Padilla banderilleó
con sencillez. Un
excelente par de
dentro afuera para
recodar que es un
portento de
facultades a la hora
de ganarles a los
toros la cara. Lo
más distinguido del
primer trabajo
fueron los ocho o
nueve muletazos de
tanteo, casi al paso
y por las dos manos,
con que se abrió
sesión. Después,
Padilla pecó de
torear más a la voz
que con el engaño.
Series cortas y
ligadas. Una muy
brillante de
ayudados con la
izquierda. Otra
rematada con un
farol y el de pecho.
Y un desplante en
suspensión soberbio.
Hubo más cosas pero
no mejores. Soltando
el engaño, una
estocada. El mozo de
ayuda de Padilla
llevaba una camiseta
a rayas con los
colores del Athlétic
Club de Bilbao. Pero
horizontales.
Aunque fue la tarde
más calurosa de toda
la semana de
fiestas, se metía
por alguna parte un
vientecito
enredador. Por eso
tuvo que ayudarse
Padilla en su
momento del estoque
de madera. El viento
fue testigo del
serio y armónico
trabajo de José Luis
Moreno con el
segundo de corrida,
el otro toro en lo
puro de Saltillo que
vino dentro de una
de esas corridas
desiguales que
Victorino tiene por
norma echar de
cuando en cuando. El
toro tuvo plaza y
personalidad de
salida. Fue el
primero de todo el
abono que recibió al
saltar una ovación.
Había aficionados de
los del toro en las
gradas. El tirón
inefable del
ganadero y de sus
toros.
En sus catorce años
de matador de
alternativa, José
Luis Moreno toreaba
sólo por segunda vez
en Bilbao. La
primera, el año
2000, fue con una
terrorífica corrida
de Cebada Gago.
Estaba entonces
recién salido de una
grave cornada que
sólo un mes antes le
había pegado en
Valencia un toro de
Victorino. Cornada
terrible, faena
soberbia, toro
bravísimo. Y, luego,
empezó Moreno a ser
en parte torero
proscrito. Hasta
este año. La lesión
de El Fundi le abrió
hueco en Bilbao.
Cosas buenas hizo
José Luis con el
toro del regreso:
lancear con gusto y
calma en el saludo y
en un quite a pies
juntos de bello
compás. Pese al
viento, y a la
electricidad del
toro, que, elástico
y ágil, atacó mucho,
anduvo compuesto
José Luis. Sosiego y
solera, bien
plantado el torero
en cada embroque,
suelto, buen gusto.
Tandas firmes, caro
dibujo, natural
empaque. Se puso
pegajoso el toro y
derrotó. Una
estocada tendida,
tres descabellos.
El cupo de toros
lindos y predecibles
se acabó ahí mismo
como si se cerrara
el grifo. El tercero
de corrida, de seria
culata, cárdeno,
poderoso, fue de
mucha correa.
Escarbó, que no lo
había hecho hasta
entonces ninguno, y
a partir de cierto
momento se defendió
pegando hachazos.
Era toro de taparse
mucho, pero Diego
Urdiales tuvo el
detalle de
estirarse. Por
dominar las ariscas
embestidas. Bruscas.
Una notable tanda de
toreo por abajo. Y
una pausa. Al cabo
de ella ya estaba el
toro en son de
guerra de nuevo. Una
pelea. Media
estocada.
Al cuarto, casi 600
kilos de largo, de
ancho y de alto, le
pegaron de salida
una ovación. Cuando
todavía estaba
rebotando la
ovación, Padilla se
hincó de hinojos y
le pegó dos largas
cambiadas y, en pie,
lances poderosos,
verticales, limpios.
Un galleo para
llevar al caballo al
toro, que se puso a
protestar enseguida:
a tardear, a
claudicar, a medir y
a ponerse por
delante. Padilla
prendió tres pares.
El último, al
violín. Con ambiente
a favor. Padilla es
ídolo aquí, mató
seis miuras de una
tacada no hace tanto
en Vista Alegre y
una vez salvó una
feria descompuesta
por las cogidas y
sustituciones. Como
la de este año, que
ha tenido cuatro
bajas. Público
proclive. No el
toro, que escarbó y,
apoyado en las
manos, sólo se movió
para defenderse. El
fuego de una primera
tanda en el estribo
se apagó al primer
soplido.
No fue mejor el
quinto, que dio
impresión de ser, de
salida, toro noble.
Inmensa alegría de
un galope. Moreno lo
toreó de capa con
asiento y gusto.
Ocho lances mecidos
por abajo. Y media.
Después de varas,
dejó de galopar el
toro y, al cabo,
rebañó por las dos
manos, se revolvió
y, al reponer, se
engallaba por
sistema. Estuvo a
punto de prender a
Moreno por la corva
derecha y de
levantarlo. No dejó
de mirarlo. Muy
bonitas las salidas
de Moreno. La
actitud. Genuina
torería. Media
estocada.
El último toro de
esta edición de las
Corridas Generales
fue de descomunal
volumen. Anchas las
sienes y las palas
vueltas. Buscó de
salida saltar. Las
manos por delante al
lanzarse. Dos
puyazos de quita y
pon. Sin empujar. No
se manchó ni de
sangre el caballo de
pica de la cuadra de
Bonijol. Sí Urdiales
en una faena tenaz,
porfiona, arriesgada
y valerosa, de darlo
todo en trágala, de
pisar terrenos del
toro y de no
perderle la cara ni
más pasos que los
que fue
imprescindible ceder
para embarcarlo como
si lo remolcara. Más
de una vez estuvo
Diego a merced del
toro, que a mitad de
embroque lo buscaba.
De mucho sufrir todo
el camino, tan de
espinas. Una
estocada a capón
cobrada con la fe
del carbonero. Una
oreja.