Seis
toros de José Miguel Arroyo (Joselito). Tres con el
hierro de Toros de La Reina –1º, 2º y 6º- y los
otros tres con el de Toros del Tajo. Seria corrida
de variado remate. El sexto, muy descarado y
astifino, fue de particular trapío. Cumplieron en el
caballo los seis. Segundo y quinto, muy castigados.
Bravo el tercero, de vivo motor. Muy noble el
estrepitoso sexto. Manejables primero y cuarto, que
no rompieron. Bondadoso el aplomado quinto. No pudo
verse el segundo.
ESPADAS:
Enrique Ponce, de plomo y oro, ovación tras un
aviso y vuelta tras un aviso,
Morante, de trufa y blanco, pitos y silencio
tras un aviso.
El
Cid, de caramelo y oro, silencio y ovación.
INCIDENCIAS
6ª de las Corridas
Generales. Casi lleno. Templado. Chirimiri en los
dos últimos toros. Interesante debut en Vista Alegre
de sus dos hierros de encaste Domecq. Lote
importante para un discreto Cid. Travesuras de
Morante. Ponce en versión pegapases
Compareció Morante
en la segunda de sus
dos tardes de
contrato. Hizo un
esfuerzo. No estaba
en su mejor
condición. Morante
se tomó para empezar
una discutible
licencia: la de
quitarse de en medio
sin contemplaciones
al primero de los
dos toros de lote.
Le pegó seis mimosos
lances de salida y
abrochó con media.
El toro desmontó
casi a saco a un
picador mal sujeto.
No se dio ni por
enterado el caballo.
Por si acaso,
Morante pidió la
carne bien pasada.
Le pegaron al toro
dos puyazos sañudos.
Y se paró. Morante
ni se escondió ni se
puso. Antes de
soltarse ese toro le
tocaron con fuerza
las palmas. El coro
cambió de signo en
cuanto se adivinaron
las intenciones de
Morante. No eran
otras que las de
esperar a mejor
ocasión.
La ocasión fue el
quinto de corrida.
De quien estaba
pendiente la gente
era de Morante y
pasó que, antes de
soltarse el toro, se
dejó sentir una
singular división de
opiniones. Morante
tomó una decisión
sorprendente:
descalzarse. Y
descalzo estuvo
hasta casi el final.
Sólo segundos antes
de que el toro
doblara se hizo
calzar Morante por
uno de su cuadrilla.
Caprichos.
Morante le puso
firma y rúbrica a
los que iban a ser
pasajes más felices
de la tarde. Casi
los únicos. Amplio
galán fue ese quinto
de corrida, que se
vino despacito. Ni
al paso ni al trote.
Con dormida fijeza.
Morante le pegó en
el saludo un
sorprendente
capotazo a cámara
lenta. Cuando el
toro se acordó de
volver, tres o
cuatro más. Casi
todos enganchados,
pero de primoroso
embroque. Media muy
rigurosa. Y un
cuarto de media más
para abrochar. Como
cuarto y mitad.
El toro metió los
riñones en la
primera vara y se
fue suelto de la
segunda.
Distraidito, perdió
la mirada más de una
vez. Llegó a volver
grupas cuando
Morante amagó con un
quite. Pese a sus
distracciones
esporádicas, era de
prístina bondad. Dos
veces enterró los
pitones en sólo los
cuatro primeros
muletazos de
Morante. De los de
acá para allá pero
de empastado dibujo,
cargada la suerte.
Lo vio fácil
Morante. Estuvo
encajado ya de
entonces en
adelante. Encajadito
pero cojeando. No
fue cojera fingida.
Quien haya visto a
Morante caminar
alguna vez reconocía
el paso cambiado y
su irregular apoyo.
Irregular también un
trasteo que tuvo,
por contraste con el
resto de corrida, la
impagable chispa de
la improvisación.
Imaginación,
soltura. Regusto
cascabelero. Otra
música. Muchos
enganchones en los
muletazos en línea.
Rumbo en los bien
dibujados. Garbo en
los remates. Dos
tandas largas con la
derecha, ligadas a
pesar de los
tropezones. Muy
despacito embistió
el toro. Muy calmoso
Morante. Tanta la
calma que estuvo a
punto de pisarse la
muleta en la salida
de remate. Un
desarme cuando el
toro, demasiado
sangrado, protestó.
Dos pinchazos, una
estocada, un aviso.
No quiso Morante
salir a saludar. Que
otra vez. El año que
viene.
Pese al aviso, las
apariciones de
Morante en escena
fueron las mínimas.
Y, sin embargo, cada
vez que salió les
robó la escena a los
demás. No a todos.
Fuera de escena
estaba el ganadero.
El Joselito moderno.
Y, en primer plano,
una señora corrida
de toros. Con todos
sus atributos.
Joselito había
avisado que su debut
en Bilbao iba en
serio. Le asustaba
tan sólo la
posibilidad de un
fracaso. Y no.
De generoso y
variado escaparate
los seis toros, que
no recibieron en
varas trato de
favor. De estirpes
distintas. Un
encastado tercero,
que tuvo motor,
correa y ganas.
Chorreado en
verdugo, el trapío
justo, muy finas las
puntas. Fue toro de
prontos ataques y a
El Cid le costó
sujetarse, pararse,
ponerse y
embrocarse. Se puso
la gente de parte
del toro. Sin
embargo, el toro que
marcó el estreno del
hierro de Toros de
la Reina fue un
sexto de
impresionante
arboladura. 540
kilos puestos en su
sitio. Y esa cara
infinita. Joselito
había advertido de
que venía un toro
con el que iba a
costar estar
delante. Era ése.
Pues con ése se
aguantó El Cid más
que con ninguno de
los tres que llevaba
matados en Bilbao
esta semana. El toro
tuvo fijeza y
bondad, justas las
fuerzas. Pero había
que dejarlo pasar.
Se hizo de ánimo El
Cid. No redondeó una
sola tanda. Abusó de
los remates de
cambiados en cadena.
Del pico de la
muleta también. Pero
la cosa tuvo su
pequeña prestancia.
Sólo que El Cid
atravesó al toro con
la espada y le hizo
guardia.
Ponce les pegó a los
dos suyos capotazos
sin cuento. El
primero llegó a
descolgar antes de
varas y a apretar
con fijeza en la
segunda. Entre una y
otra Ponce siguió
echándole el capote
al toro pero sin
embrocarse. Todavía
hubo dos tandas
cautelares de
muletazos antes de
estirarse Ponce. Y
entonces ya casi no
quedaba toro. Muy
farragosa una faena
enladrillada que se
fue repitiendo en
pautas previsibles:
pausas, paseos,
muletazos sueltos.
Larguísimo. Dos
pinchazos, media
trasera. Ponce salió
a saludar sin ser
reclamado. Se
prodigó en
reverencias que ya
son parte de su
repertorio.
Kilométrico fue el
trasteo con el
cuarto, que llegó
sobadísimo a la
muleta. Ponce brindó
ceremoniosamente al
público y al toro le
perdió por sistema
pasos. Le pegó más
de un tirón. Unos
setenta muletazos.
Ni las musas ni el
temple. Dos
pinchazos, una
estocada, otro
aviso. Uno de la
cuadrilla le animó a
dar la vuelta al
ruedo. Y se la dio.
Sin ningún pudor.