CRÓNICA DEL FESTEJO

 

Bilbao - 19 Agosto 2009 -

Imponentes ventorrillos

FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis toros de El Ventorrillo (Fidel San Román). El primero, jugado de sobrero. Corrida de soberbio cuajo, armada y muy astifina. De espectacular trapío el quinto. El cuarto, de bravo fondo, ovacionado en el arrastre, y el sexto, pronto y claro por la mano diestra, se emplearon con son. Noble el tercero. Rajados los dos primeros, y pitados en el arrastre. El tremendo quinto se defendió en embestidas cortas y de sólo topar.

ESPADAS:

Enrique Ponce, de carmesí y oro, saludos y división al saludar tras dos avisos.

Sebastián Castella, de grana y oro, silencio y silencio tras un aviso.

José María Manzanares, de cobalto y oro, una oreja y silencio.

INCIDENCIAS

5ª de las Corridas Generales. Encapotado, templado. Casi lleno. El lehendakari, en el palco del Ayuntamiento junto al alcalde de Bilbao. La clásica “corrida de Bilbao” de todos los años: espectacular por ofensiva. Insuperable trapío. Tres toros de buen aire y tres muy deslucidos. Oreja generosa para Manzanares Buenos pares de banderillas de Curro Molina y Juan José Trujillo.




 


 

La corrida que todos los años se encarga de cortar el hipo en Bilbao fue esta vez la de El Ventorrillo. Imponente el promedio de trapío. Un quinto que tuvo con su sola estampa tomada la plaza entera. Pero que fue, ¡ay!, el peor de todos. Un cuarto casi cubeto, astifino como el que más, pura fibra, glorioso remate. Un sexto con dos devanaderas espectaculares. Con el cuajo de esos tres toros se salió por arriba la corrida de El Ventorrillo. Bravo fue el cuarto; notable en la muleta el sexto.
Por haber hubo hasta dos toros como clonados y que, caprichos del destino, se soltaron de primero y de primero bis. El sobrero cargaba cincuenta kilos más de carne o músculo. Cabezón, el toro que rompió plaza se derrumbó al pretender de salida rematar en un burladero, aguantó estoica y equilibradamente casi veinte capotazos de doma y brega de Ponce, claudicó tras la primera vara y se derrumbó después de la segunda. El clon –exacta la pinta, como una copia pintada- tenía más pechuga y más solomillos. También este toro se llevó una más que generosa ración de capotazos de Ponce. Veinte o así. Empujó en el caballo y romaneó en la segunda vara. Castella salió a quitar. Único quite fino de la corrida: por valencianas –o tapatías o saltilleras- y, por tanto, por alto. Tres lances. Una revolera y dos recortes.
Luego, pasó una de las cosas más chuscas que se recuerdan. Se habían dejado las banderillas en algún escondite y no aparecían. Esas lujosas banderillas de Bilbao que son tan marca de la plaza como los penachos de loa alguaciles o de los caballos del tiro de arrastre. Como los uniformes de los areneros. Como el eco de su soberbia banda de música.
Mientras llegaban las banderillas, cambió el toro, que vino a aplomarse, desentenderse y rajarse al fin sin más. Todo eso tardó en pasar diez minutos, el toro recorrió la circunferencia entera al paso o al trote. Ponce anduvo en pos del toro sin meterle mano y lo mató de pinchazo y estocada en la suerte contraria, como había pedido el toro cinco minutos antes. No fue más breve Castella. Cumplida una hora de corrida no había saltado todavía el tercer toro. El de Castella pegó una coz al caballo de pica y salió chungo: frenazos, cabezazos, un punteo defensivo que le costó a Castella dos desarmes. No tan difícil como el quinto. Pero casi igual de deslucido. Castella mató de bajonazo.
A las siete de la tarde pintaban bastos y no pintaba bien. Manzanares le pegó al tercero otra sesión de capotazos de doma sin estirarse. Docena y media antes de la primera vara. Y, después, más de media docena. El toro protestó en el caballo, Trujillo le puso dos excelentes pares de banderillas, que ya estaban listas y sólo faltaba ponerlas, y comenzó un largo trajín que iba a terminar con una estocada notable, la única de la corrida. De las de seguro brazo de Manzanares. El toro tuvo la virtud de ser pronto. Los melómanos de Vista Alegre pidieron música en cuanto Manzanares se estiró. Y música. Manzanares manejó el toro con habilidad. Compuesto el cuerpo como a fuelle, rápidas las salidas, las transiciones y los remates de muletazo. Una tanda corta fue la más feliz.
La segunda mitad, con las tres cabezas de campeonato, fue más intensa. Una paloma desnortada se pasó la lidia de cuarto y quinto revoloteando por el cielo de la plaza, de un tendido a otro, sin llegar a posarse. Su revoloteó vino a aliviar la gravedad de las peleas. Al fin se posó en el ruedo. Y no en el mejor momento, porque esa especie de monumento nacional que fue el quinto no hizo más que defenderse y arrear. Castella había pretendido traérselo para su clásico pase cambiado por la espalda y el cite, al fin frustrado, se llevó dos minutos de desesperante espera.
El hermosísimo cuarto se llevó de brega tropecientos capotazos pero también dos puyazos espléndidos de Saavedra. Horma de zapato. En banderillas no anduvo la cuadrilla de Ponce fina. Pero sí el matador que, de verdad resuelto, habría visto lo que el toro tenía: fijeza, fondo de bravo con su gota de aspereza, y una mano izquierda de pronto y largo recorrido. Y una mano derecha pegajosa. La faena fue de las largas. Lo que más se jaleó fue una tanda de dos recostados molinetes –de entrada los dos- cosidos a un cambio de mano y el de pecho. Lo mejor fue una primera tanda con la izquierda, a toro todavía por romper: ajuste en el embroque, largo el brazo, volado el amplio engaño, limpio el trazo. Y el cambiado de remate.
No fue faena redonda. Sí en un solo terreno, donde se midieron las dos partes. Ponce insistió en buscar el alarde del circular cambiado para abrocharlo con el cambio de mano y el de pecho. Salió enganchado por sistema. Bizarra la tensión. Ponce, pendiente del público y del toro a la vez, toreó muy tapado por la mano derecha, pero perdió pasos por sistema. La mayoría arropó al torero. Hasta que montó la espada. Un pinchazo, un terrible metisaca en los bajos, que dejó la huella de un ojal, otro pinchazo. Y se fue el toro a tablas. Lo levantó el puntillero. Cuatro descabellos, llegó a sonar el segundo aviso. Cuando Ponce salió a saludar, hubo más palmas que pitos.

Manzanares lo vio claro con el sexto, de amplísima corola, y se templó con él con la derecha en un arranque de faena de lindo encaje y gran decisión. Y temple. Por la izquierda se rebotaba el toro. Y ahí se torció el rumbo de una faena que vino a menos. No pasó Manzanares con la espada.

 

 

Colpisa - Barquerito
 

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