Seis
toros de El Ventorrillo (Fidel San Román). El
primero, jugado de sobrero. Corrida de soberbio
cuajo, armada y muy astifina. De espectacular trapío
el quinto. El cuarto, de bravo fondo, ovacionado en
el arrastre, y el sexto, pronto y claro por la mano
diestra, se emplearon con son. Noble el tercero.
Rajados los dos primeros, y pitados en el arrastre.
El tremendo quinto se defendió en embestidas cortas
y de sólo topar.
ESPADAS:
Enrique Ponce, de carmesí y oro, saludos y
división al saludar tras dos avisos.
Sebastián Castella, de grana y oro, silencio y
silencio tras un aviso.
José María Manzanares, de cobalto y oro, una
oreja y silencio.
INCIDENCIAS
5ª de las Corridas
Generales. Encapotado, templado. Casi lleno. El
lehendakari, en el palco del Ayuntamiento junto al
alcalde de Bilbao. La clásica “corrida de Bilbao” de
todos los años: espectacular por ofensiva.
Insuperable trapío. Tres toros de buen aire y tres
muy deslucidos. Oreja generosa para Manzanares
Buenos pares de banderillas de Curro Molina y Juan
José Trujillo.
La corrida que todos
los años se encarga
de cortar el hipo en
Bilbao fue esta vez
la de El
Ventorrillo.
Imponente el
promedio de trapío.
Un quinto que tuvo
con su sola estampa
tomada la plaza
entera. Pero que
fue, ¡ay!, el peor
de todos. Un cuarto
casi cubeto,
astifino como el que
más, pura fibra,
glorioso remate. Un
sexto con dos
devanaderas
espectaculares. Con
el cuajo de esos
tres toros se salió
por arriba la
corrida de El
Ventorrillo. Bravo
fue el cuarto;
notable en la muleta
el sexto.
Por haber hubo hasta
dos toros como
clonados y que,
caprichos del
destino, se soltaron
de primero y de
primero bis. El
sobrero cargaba
cincuenta kilos más
de carne o músculo.
Cabezón, el toro que
rompió plaza se
derrumbó al
pretender de salida
rematar en un
burladero, aguantó
estoica y
equilibradamente
casi veinte
capotazos de doma y
brega de Ponce,
claudicó tras la
primera vara y se
derrumbó después de
la segunda. El clon
–exacta la pinta,
como una copia
pintada- tenía más
pechuga y más
solomillos. También
este toro se llevó
una más que generosa
ración de capotazos
de Ponce. Veinte o
así. Empujó en el
caballo y romaneó en
la segunda vara.
Castella salió a
quitar. Único quite
fino de la corrida:
por valencianas –o
tapatías o
saltilleras- y, por
tanto, por alto.
Tres lances. Una
revolera y dos
recortes.
Luego, pasó una de
las cosas más
chuscas que se
recuerdan. Se habían
dejado las
banderillas en algún
escondite y no
aparecían. Esas
lujosas banderillas
de Bilbao que son
tan marca de la
plaza como los
penachos de loa
alguaciles o de los
caballos del tiro de
arrastre. Como los
uniformes de los
areneros. Como el
eco de su soberbia
banda de música.
Mientras llegaban
las banderillas,
cambió el toro, que
vino a aplomarse,
desentenderse y
rajarse al fin sin
más. Todo eso tardó
en pasar diez
minutos, el toro
recorrió la
circunferencia
entera al paso o al
trote. Ponce anduvo
en pos del toro sin
meterle mano y lo
mató de pinchazo y
estocada en la
suerte contraria,
como había pedido el
toro cinco minutos
antes. No fue más
breve Castella.
Cumplida una hora de
corrida no había
saltado todavía el
tercer toro. El de
Castella pegó una
coz al caballo de
pica y salió chungo:
frenazos, cabezazos,
un punteo defensivo
que le costó a
Castella dos
desarmes. No tan
difícil como el
quinto. Pero casi
igual de deslucido.
Castella mató de
bajonazo.
A las siete de la
tarde pintaban
bastos y no pintaba
bien. Manzanares le
pegó al tercero otra
sesión de capotazos
de doma sin
estirarse. Docena y
media antes de la
primera vara. Y,
después, más de
media docena. El
toro protestó en el
caballo, Trujillo le
puso dos excelentes
pares de
banderillas, que ya
estaban listas y
sólo faltaba
ponerlas, y comenzó
un largo trajín que
iba a terminar con
una estocada
notable, la única de
la corrida. De las
de seguro brazo de
Manzanares. El toro
tuvo la virtud de
ser pronto. Los
melómanos de Vista
Alegre pidieron
música en cuanto
Manzanares se
estiró. Y música.
Manzanares manejó el
toro con habilidad.
Compuesto el cuerpo
como a fuelle,
rápidas las salidas,
las transiciones y
los remates de
muletazo. Una tanda
corta fue la más
feliz.
La segunda mitad,
con las tres cabezas
de campeonato, fue
más intensa. Una
paloma desnortada se
pasó la lidia de
cuarto y quinto
revoloteando por el
cielo de la plaza,
de un tendido a
otro, sin llegar a
posarse. Su
revoloteó vino a
aliviar la gravedad
de las peleas. Al
fin se posó en el
ruedo. Y no en el
mejor momento,
porque esa especie
de monumento
nacional que fue el
quinto no hizo más
que defenderse y
arrear. Castella
había pretendido
traérselo para su
clásico pase
cambiado por la
espalda y el cite,
al fin frustrado, se
llevó dos minutos de
desesperante espera.
El hermosísimo
cuarto se llevó de
brega tropecientos
capotazos pero
también dos puyazos
espléndidos de
Saavedra. Horma de
zapato. En
banderillas no
anduvo la cuadrilla
de Ponce fina. Pero
sí el matador que,
de verdad resuelto,
habría visto lo que
el toro tenía:
fijeza, fondo de
bravo con su gota de
aspereza, y una mano
izquierda de pronto
y largo recorrido. Y
una mano derecha
pegajosa. La faena
fue de las largas.
Lo que más se jaleó
fue una tanda de dos
recostados molinetes
–de entrada los dos-
cosidos a un cambio
de mano y el de
pecho. Lo mejor fue
una primera tanda
con la izquierda, a
toro todavía por
romper: ajuste en el
embroque, largo el
brazo, volado el
amplio engaño,
limpio el trazo. Y
el cambiado de
remate.
No fue faena
redonda. Sí en un
solo terreno, donde
se midieron las dos
partes. Ponce
insistió en buscar
el alarde del
circular cambiado
para abrocharlo con
el cambio de mano y
el de pecho. Salió
enganchado por
sistema. Bizarra la
tensión. Ponce,
pendiente del
público y del toro a
la vez, toreó muy
tapado por la mano
derecha, pero perdió
pasos por sistema.
La mayoría arropó al
torero. Hasta que
montó la espada. Un
pinchazo, un
terrible metisaca en
los bajos, que dejó
la huella de un
ojal, otro pinchazo.
Y se fue el toro a
tablas. Lo levantó
el puntillero.
Cuatro descabellos,
llegó a sonar el
segundo aviso.
Cuando Ponce salió a
saludar, hubo más
palmas que pitos.
Manzanares lo vio
claro con el sexto,
de amplísima corola,
y se templó con él
con la derecha en un
arranque de faena de
lindo encaje y gran
decisión. Y temple.
Por la izquierda se
rebotaba el toro. Y
ahí se torció el
rumbo de una faena
que vino a menos. No
pasó Manzanares con
la espada.