CRÓNICA DEL FESTEJO

 

Bilbao - 18 Agosto 2009 -

"Perera, sí, y Castella también"

FICHA DEL FESTEJO

TOROS:

Seis toros de Fuente Ymbro (Ricardo Gallardo), de condición y hechuras distintas. Muy astifino el sexto, el más armado de todos. Tercero y quinto, que se emplearon en faenas larguísimas, fueron los de mejor aire. Peleón el primero, que escarbó pero atacó; se cayó y paró el segundo; un punto distraído y gazapón el cuarto; el sexto, de genio violento en varas, fue toro llorón y al borde de la rajada. 

ESPADAS:

El Cid, de rosa y oro, saludos y silencio.

Sebastián Castella, de tabaco y oro, saludos tras un aviso en sus dos toros.

Miguel Ángel Perera, de cobalto y oro, vuelta tras un aviso y ovación.

INCIDENCIAS

4ª de las Corridas Generales. Variable, algo ventoso. Tres cuartos de plaza. Con los dos mejores toros de una desigual corrida de Fuente Ymbro, dos faenas de sello personal: quietud, encaje y temple. Larguísimas y sin premio. El Cid, todo inseguridad  Dos buenos pares de Curro Molina al segundo
 

 


 

No fue la corrida de Fuente Ymbro del año pasado. Ni por fuera ni por dentro. Pero salieron esta vez dos toros bastante buenos. Nada que ver el uno con el otro. Sería gusto del ganadero. Un tercero colorado, remangado de pitones, alto de agujas, largo y estrecho, hecho cuesta arriba; y un quinto jabonero, de casi 600 kilos de tablilla, ancho y bajo, de pechos y cuello sobresalientes, manos cortas, ni mucha ni poca cara pero muy astifino. Mucho más serio el quinto que el tercero. Sirvieron los dos.
A los ganaderos de la línea Tamarón les gusta hablar del temple de los toros que crían. Temple es tanto como bondad, docilidad y ritmo. Más ritmo de bravo tuvo el quinto que el tercero. Fue más dócil el colorado que el jabonero. Al colorado estuvo a punto de cortarle las orejas Perera. Si no las dos, una, que se pidió con fuerza. Al jabonero pudo haberle cortado Castella una o las dos. Pero.
El pero fue que, amantes de las faenas interminables, ni Castella ni Perera remataron a espada. Los toros de temple piden la hora en un momento dado. Y la pidieron los dos. No se atendió la petición. Perera cobró un pinchazo ya fuera de hora y el toro sufrió casi de inmediato una sacudida terminal. Rodó patas arriba. Sólo cupo apuntillarlo. Castella se pasó de faena tanto como Perera o más, pero no pasó con la espada, pinchó sin fe, se encogió sin descubrirse el toro y casi suena el segundo aviso.
Medidos con toros distintos, no pudo ponderarse la rivalidad que tiene a Castella y Perera en rincones opuestos. Uno y otro manejaron con valor, personalidad y suficiencia esos toros de diferente fondo y común buen son. Más tablas tiene Castella que Perera y, además, en este duelo tan interpuesto, Castella toreó con el capote bastante mejor. El encaje, el vuelo y el temple de los lances de recibo al quinto, que atacó de verdad, fueron una de las notas sobresalientes de la corrida. Un discreto quite por chicuelinas tras la primera vara y, al rematar, una revolera ampulosa. Como de enredársele a Castella el capote. Lo gasta grande. Perera quiso estirarse a pies juntos y la mano baja en el recibo del tercero, pero, mal asentado todavía, se le vino el toro adelantando y una pizca distraído. Como ese toro salió claudicando de varas, no hubo quite.
Ir haciendo un toro de la forma en que Perera hizo al tercero fue lo más difícil. Por el tiento más que por el riesgo. ¡Oh, la paciencia de Perera! Paciencia sesuda, pura convicción: Perera parecía seguro de que el toro se le acabaría entregando. Lo tuvo metido en la muleta casi cuando le dio la gana. Cuando lo tuvo metido, se lo pasó muy cerca y a veces muy despacio. Sin engancharse engaño y toro. Si a esa primera parte de faena le pone Perera el sentido de la escena que tiene Castella, se vuelca la plaza entera.


El alarde

Lo que más provocó, sin embargo, fueron dos o tres circulares cambiados muy de alarde. Después de ello, vino la gran prueba: someter al toro por la mano izquierda, por donde adelantaba como si repusiera o se atravesara. Y aquí no hizo falta ningún gesto. Al ver el dominio y la firmeza del torero extremeño, cayó en la red cualquiera. Sólo que, con todo cumplido, Perera siguió y siguió. Un decálogo de once o doce mandamientos. O más. Un exceso. Como si se fuera a pasar la cuenta por el número de muletazos y no por su mérito. El final de infarto, de infarto del toro, dejó sin recompensa esa faena de torero capaz y valiente.
El toro bueno de Castella pareció salir batido de su seria pelea con uno de los buenos caballos de la cuadra de Bonijol. Pero el toro tenía raza para repartir. Más que ninguno. Castella abrió faena con siete muletazos espléndidos: tres estatuarios, dos de la firma, un molinete, uno del desdén y el de pecho. Y luego se fue al tercio para una tanda en distancia con la diestra, de mano baja, largo el trazo. Y luego otra de cuatro soberbios rematados con una trinchera. Y un cambio de mano, que fue graciosa salida. Buena idea. Y una cuarta tanda todavía, y todavía con la derecha, en el mismo platillo. Perfecta.
Descolgado el toro, a plomo el torero, que respira bien donde cualquiera se ahoga. Tocaba ponerse con la izquierda. No quiso Castella, sino que siguió a diestro y no siniestro, pero empezó la cosa a tomar deriva de destajo. En corto, el toro tropezó telas. Al fin decidió Castella ponerse por la otra mano. Igual de firme el encaje, pero casi al hilo del pitón, y entonces protestó el toro. Se había pasado de punto el arroz. Como suele suceder en las faenas pasadas, no hubo manera de meter el brazo que tunde a espada a los toros. No hubo triunfo.
Perera se jugó la barba y el pellejo con un violento sexto que agredía con genio de manso, empezó poniéndose por delante y se acobardó al ser sometido. Que fue otra de las pruebas difíciles de la rara corrida de Fuente Ymbro. Castella, airoso y templado con el toro de más pobre nota, el segundo, tuvo entonces la feliz idea de abreviar. Porque se iba al suelo el toro. El Cid contó lo justo en la pelea. No se sujetó en apenas ningún embroque. El primero le levantó los pies en los primeros compases y, aunque no se afligió El Cid, el viento no le dejó asentarse. El cuarto, gazapón, lo tuvo en el punto de mira desde el principio. Y a El Cid se le fueron los pies. Y, sin embargo, a los dos toros los mató con una puntería y una cabeza sobresalientes.
 

Colpisa - Barquerito
 

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