|
FICHA DEL FESTEJO |
|
TOROS:
Seis toros de Fuente
Ymbro (Ricardo
Gallardo), de condición
y hechuras distintas.
Muy astifino el sexto,
el más armado de todos.
Tercero y quinto, que se
emplearon en faenas
larguísimas, fueron los
de mejor aire. Peleón el
primero, que escarbó
pero atacó; se cayó y
paró el segundo; un
punto distraído y
gazapón el cuarto; el
sexto, de genio violento
en varas, fue toro
llorón y al borde de la
rajada.
ESPADAS:
El
Cid, de rosa y oro, saludos y silencio.
Sebastián Castella, de tabaco y oro, saludos
tras un aviso en sus dos toros.
Miguel Ángel Perera, de cobalto y oro, vuelta
tras un aviso y ovación.
INCIDENCIAS
4ª de las Corridas
Generales. Variable, algo ventoso. Tres cuartos de
plaza. Con los dos mejores toros de una desigual
corrida de Fuente Ymbro, dos faenas de sello
personal: quietud, encaje y temple. Larguísimas y
sin premio. El Cid, todo inseguridad Dos
buenos pares de Curro Molina al segundo
|
|
|
No fue la corrida
de Fuente Ymbro del
año pasado. Ni por
fuera ni por dentro.
Pero salieron esta
vez dos toros
bastante buenos.
Nada que ver el uno
con el otro. Sería
gusto del ganadero.
Un tercero colorado,
remangado de
pitones, alto de
agujas, largo y
estrecho, hecho
cuesta arriba; y un
quinto jabonero, de
casi 600 kilos de
tablilla, ancho y
bajo, de pechos y
cuello
sobresalientes,
manos cortas, ni
mucha ni poca cara
pero muy astifino.
Mucho más serio el
quinto que el
tercero. Sirvieron
los dos.
A los ganaderos de
la línea Tamarón les
gusta hablar del
temple de los toros
que crían. Temple es
tanto como bondad,
docilidad y ritmo.
Más ritmo de bravo
tuvo el quinto que
el tercero. Fue más
dócil el colorado
que el jabonero. Al
colorado estuvo a
punto de cortarle
las orejas Perera.
Si no las dos, una,
que se pidió con
fuerza. Al jabonero
pudo haberle cortado
Castella una o las
dos. Pero.
El pero fue que,
amantes de las
faenas
interminables, ni
Castella ni Perera
remataron a espada.
Los toros de temple
piden la hora en un
momento dado. Y la
pidieron los dos. No
se atendió la
petición. Perera
cobró un pinchazo ya
fuera de hora y el
toro sufrió casi de
inmediato una
sacudida terminal.
Rodó patas arriba.
Sólo cupo
apuntillarlo.
Castella se pasó de
faena tanto como
Perera o más, pero
no pasó con la
espada, pinchó sin
fe, se encogió sin
descubrirse el toro
y casi suena el
segundo aviso.
Medidos con toros
distintos, no pudo
ponderarse la
rivalidad que tiene
a Castella y Perera
en rincones
opuestos. Uno y otro
manejaron con valor,
personalidad y
suficiencia esos
toros de diferente
fondo y común buen
son. Más tablas
tiene Castella que
Perera y, además, en
este duelo tan
interpuesto,
Castella toreó con
el capote bastante
mejor. El encaje, el
vuelo y el temple de
los lances de recibo
al quinto, que atacó
de verdad, fueron
una de las notas
sobresalientes de la
corrida. Un discreto
quite por
chicuelinas tras la
primera vara y, al
rematar, una
revolera ampulosa.
Como de enredársele
a Castella el
capote. Lo gasta
grande. Perera quiso
estirarse a pies
juntos y la mano
baja en el recibo
del tercero, pero,
mal asentado
todavía, se le vino
el toro adelantando
y una pizca
distraído. Como ese
toro salió
claudicando de
varas, no hubo
quite.
Ir haciendo un toro
de la forma en que
Perera hizo al
tercero fue lo más
difícil. Por el
tiento más que por
el riesgo. ¡Oh, la
paciencia de Perera!
Paciencia sesuda,
pura convicción:
Perera parecía
seguro de que el
toro se le acabaría
entregando. Lo tuvo
metido en la muleta
casi cuando le dio
la gana. Cuando lo
tuvo metido, se lo
pasó muy cerca y a
veces muy despacio.
Sin engancharse
engaño y toro. Si a
esa primera parte de
faena le pone Perera
el sentido de la
escena que tiene
Castella, se vuelca
la plaza entera.
El alarde
Lo que más provocó,
sin embargo, fueron
dos o tres
circulares cambiados
muy de alarde.
Después de ello,
vino la gran prueba:
someter al toro por
la mano izquierda,
por donde adelantaba
como si repusiera o
se atravesara. Y
aquí no hizo falta
ningún gesto. Al ver
el dominio y la
firmeza del torero
extremeño, cayó en
la red cualquiera.
Sólo que, con todo
cumplido, Perera
siguió y siguió. Un
decálogo de once o
doce mandamientos. O
más. Un exceso. Como
si se fuera a pasar
la cuenta por el
número de muletazos
y no por su mérito.
El final de infarto,
de infarto del toro,
dejó sin recompensa
esa faena de torero
capaz y valiente.
El toro bueno de
Castella pareció
salir batido de su
seria pelea con uno
de los buenos
caballos de la
cuadra de Bonijol.
Pero el toro tenía
raza para repartir.
Más que ninguno.
Castella abrió faena
con siete muletazos
espléndidos: tres
estatuarios, dos de
la firma, un
molinete, uno del
desdén y el de
pecho. Y luego se
fue al tercio para
una tanda en
distancia con la
diestra, de mano
baja, largo el
trazo. Y luego otra
de cuatro soberbios
rematados con una
trinchera. Y un
cambio de mano, que
fue graciosa salida.
Buena idea. Y una
cuarta tanda
todavía, y todavía
con la derecha, en
el mismo platillo.
Perfecta.
Descolgado el toro,
a plomo el torero,
que respira bien
donde cualquiera se
ahoga. Tocaba
ponerse con la
izquierda. No quiso
Castella, sino que
siguió a diestro y
no siniestro, pero
empezó la cosa a
tomar deriva de
destajo. En corto,
el toro tropezó
telas. Al fin
decidió Castella
ponerse por la otra
mano. Igual de firme
el encaje, pero casi
al hilo del pitón, y
entonces protestó el
toro. Se había
pasado de punto el
arroz. Como suele
suceder en las
faenas pasadas, no
hubo manera de meter
el brazo que tunde a
espada a los toros.
No hubo triunfo.
Perera se jugó la
barba y el pellejo
con un violento
sexto que agredía
con genio de manso,
empezó poniéndose
por delante y se
acobardó al ser
sometido. Que fue
otra de las pruebas
difíciles de la rara
corrida de Fuente
Ymbro. Castella,
airoso y templado
con el toro de más
pobre nota, el
segundo, tuvo
entonces la feliz
idea de abreviar.
Porque se iba al
suelo el toro. El
Cid contó lo justo
en la pelea. No se
sujetó en apenas
ningún embroque. El
primero le levantó
los pies en los
primeros compases y,
aunque no se afligió
El Cid, el viento no
le dejó asentarse.
El cuarto, gazapón,
lo tuvo en el punto
de mira desde el
principio. Y a El
Cid se le fueron los
pies. Y, sin
embargo, a los dos
toros los mató con
una puntería y una
cabeza
sobresalientes.
Colpisa -
Barquerito
|