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FICHA DEL
FESTEJO |
TOROS:
Seis toros de Bohórquez
despuntados para rejones, nobles,
buenos. Terciados los tres primeros,
cuajaditos los otros tres
ESPADAS:
Fermín Bohórquez,
ovación y una oreja.
Pablo Hermoso de
Mendoza, dos orejas y dos orejas
Diego Ventura,
una oreja y dos orejas y rabo.
INCIDENCIAS:
Matinal. Primaveral.
Lleno. Brillantes los dos en la matinal de rejones de Arles,
que se dio a plaza llena y en ambiente propicio. Novedades
destacadas en las dos cuadras. ¡Ocho orejas y un rabo!

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Foto:Burladero.com |
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Pablo Hermoso y Diego
Ventura juntos,
ligeramente revueltos y
en noble lid.
Triunfantes los dos. Una
soberbia estocada sin
puntilla le valió a
Ventura el rabo del
sexto toro de Bohórquez.
Le había privado de una
segunda oreja en el
turno previo un feo
espadazo contrario,
atravesado y caído, y
enterrado de dos golpes
de empuñadura. Pablo se
llevó la cosecha
habitual: cuatro orejas.
Casi igual de expeditivo
con la espada que
Ventura. Primero, una
estocada en tres golpes.
Luego, una entera caída
y trasera pero letal. La
muerte rápida resulta
decisoria en Francia.
Los públicos no soportan
las agonías en el
escenario.
Pero, a plaza llena y en
mañana de radiante sol,
la gente no se sentía
convocada por los
rejones de muerte
precisamente. Sino por
todo lo demás: por los
caballos, cuyos nombres
anunciaron en pancarta
blandida desde el
callejón Hermoso y
Ventura; por el toreo a
caballo y por sus tantos
y tantos trances. En
plaza de traza elíptica,
como la de Arles, no es
sencillo galopar en
tablas ni meterse en
ellas en los cambios de
viaje. Ni salir de
embroques salvo cuando
se producen del tercio a
las afueras. Hermoso,
sin embargo, quiso rizar
el rizo y, en un más
difícil todavía de gran
maestro, hizo en su
primer toro alardes
mayores.
Con un caballo que
empieza a ser de verdad
célebre. Chenel, el
sucesor del gran
Cagancho. De su misma
estirpe y escuela. Toro
encelado y empapado en
el costado, mecido en el
galope cada vez más
rítmico y cambiado de
viaje en el momento más
inesperado. Dos o tres
veces el mismo juego y,
de pronto, la reunión al
estribo. Hermoso, en
escuadra grácil, saca el
brazo de abajo arriba y
de pronto aparece la
farpa de colores
enhiesta y clavada
arriba. Un delirio las
dos veces que Pablo lo
hizo. Para marcar
territorio. No
distancias. En los
embroque de caras y de
largo, para pasar
solamente y sin clavar,
Hermoso dejó claro que
se encuentra en momento
dulce.
Diego Ventura ha ganado
en torería cabal y en
sitio lo que ha perdido
de mera
espectacularidad. A eso
ha renunciado. Así que
la elección de terrenos,
distancias y momentos no
fue para la galería,
sino en función de las
demandas del toro. Tal
vez pecó de abusar de la
ferralla con el sexto de
corrida. Pero entonces
se sentiría espoleado
por el saldo de Hermoso:
cuatro orejas. Sólo una
Ventura, que aquí metió
la quinta marcha para
igualar como fuera en
trofeos esta primera
batalla. Hermoso ha
renovado la cuadra y por
aquí asomaron caballos
debutantes: un Caviar
toro vinoso y un Dalí
alazano, los dos de
salida, y un Espartano
tordo que baila en
banderillas y sale de
embroque en piruetas.
Los clásicos de la
cuadra brillaron más y
mejor: no sólo el Chenel
de los días de lujo,
también Silveti,
suavecísimo en las
llegadas y salidas. El
tordo Pirata fue el
elegido para cortas y
muerte. Y para pegar al
toro antes de rendirlo
mordisquitos, bocaditos
u ósculos, ¡quién
sabe..!
La cuadra de Ventura es
extraordinaria,
espectacular. La planta,
la postura, la alegría.
Alguna novedad: tres
tordos albinos, un
Manzanares, un Ginés y
un Morante que lo saben
hacer todo. Ventura es
capaz de en una misma
suerte improvisar hasta
cinco y más aires de
doma clásica y campera.
De poner boca abajo el
ambiente con un balanceo
cuasi desmadejado en el
sitio mientras las
crines del caballo –éste
es el caso de Ginés-
aletean como flecos de
seda. Con un Cheke tordo
Ventura hace
malabarismos: poner de
rodillas al caballo,
fijarlo de cuartos
delanteros mientras el
peso entero de monta y
caja se van hacia atrás
como desperezándose. Sin
transiciones ni tiempos
muertos.
Sin más concesiones que
las imprescindibles, que
en el toreo a caballo
son unas cuantas. Para
matar Ventura sigue
confiando en su fiel y
veterano Califa, caballo
de gran porte, no común
por tal porte justamente
en la suerte suprema.
Pablo firmó alguna que
otra temeridad: asirse a
los cuernos de los dos
toros de lote,
acariciarles la testuz.
Ventura, descarado en
desplantes de codo en
testa, apostó por las
llegadas de cara y de
largo. No hubo apenas
errores en los embroques
de ninguno de los dos.
Matemático toreo
ecuestre, por tanto.
Bohórquez puso la
corrida de su casa, que
fue más buena que
poderosa pero tuvo la
fuerza suficiente. Y
calidad. El piso, muy
arenoso, no estaba a
favor del toro.
Bohórquez, a gusto y por
libre, toreó con
sencillo clasicismo,
gusto bueno. Con
caballos conocidos y más
que puestos. Pero sin
nombre. Si hay guerra de
espuelas, no va con él.
Y se nota. Pero sus
pares a dos manos, su
rosa, su dominio del
sitio... Todo eso
también.
(COLPISA,
Barquerito)
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