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FICHA DEL
FESTEJO |
TOROS:
Seis toros de Miura.
Cinqueños los seis, cuajados,
voluminosos, de variada traza. Corrida
brava y zurrada en el caballo.
Ovacionados en el arrastre los seis. El
segundo, de mucha entrega, y el quinto,
agresivo y correoso, los de mejor nota.
Nobles los cuatro primeros, que se
emplearon. Manejable el sexto.
ESPADAS:
Juan José Padilla,
de guirlache y oro, saludos y dos
orejas.
Rafaelillo, de
azul prusia y oro, saludos tras dos
avisos y saludos tras un aviso.
Julien Lescarret,
de negro y oro, una oreja y palmas tras
dos avisos.
INCIDENCIAS:
En cuadrillas, buenos
pares de José Casanova al primero,
desmonterándose.
Casi lleno.
Entoldado, fresco.

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foto: Burladero.com |
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La corrida de Miura fue
un notable espectáculo.
Cinqueños y cuajados,
hondos, serios por todos
sus perfiles, los seis
toros llenaron con su
intimidante presencia la
plaza. Como si
invadieran el gran circo
romano de Arles. La
corrida estuvo siempre
donde estaba la fiera.
Cada una de ellas.
Padilla, a sus anchas,
despampanantemente
seguro, dueño de la
escena, le cortó las
orejas al cuarto.
Rafaelillo perdió una y
tal vez las dos del
segundo tras una faena
de lindo encaje, temple,
arrestos, fuelle y hasta
buen compás. Julien
Lescarret, debutante en
una miurada, le cortó
una meritoria oreja al
primer miura que mataba
en su vida, un inmenso
toro salinero de
anchísima cuna y cabeza
descomunal que salió
andarín pero no
revoltoso.
Los seis miuras salieron
como a plaza tomada y
casi todos zurcieron de
partida a cornadas el
primer burladero donde
remataron o donde fueron
reclamados. Todos
sacaron la prontitud
característica de la
ganadería. Casi todos
bramaron en un momento
dado. Un lamento
desolador que encoge el
alma. Los seis se
emplearon en el caballo
sin resistencia ni
desgana. El segundo de
corrida sangró lo
indecible y acabó
dejando rastros y
rastros de sangre por
toda la arena. A pesar
de la sangría, el toro,
atento, estuvo al engaño
sin recelarse. El
primero de la tarde, el
que más veces se
estrelló contra las
tablas de salida y el
que con más saña fiera
corneó las tablas,
pareció domarse después
de castigado en el
caballo. Fue toro con
fijeza, pero escarbó, no
descolgó propiamente y
por eso parecía a ratos
frenarse. Padilla, en
excelente forma física,
lo manejó con habilidad
de veterano, lo lidió y
lanceó con fácil
seguridad, lo
banderilleó con fortuna
y acierto, lo pasó de
muleta sin dejarse ver
no sorprender y lo mató
sin rigor de estocada
caída al segundo viaje.
La corrida fue un
mosaico policromado:
castaño lombardo el
primero, sardo el
segundo, salinero el
tercero, negro mulato el
cuarto, cárdeno burraco
y botinero el quinto,
negro girón el sexto. El
sardo segundo que tanto
sangró tuvo son bueno,
humilló y repitió, y
Rafaelillo, tranquilo,
bien colocado, la muleta
por delante, supo sacar
sereno los brazos, ligar
con calma y gobernar los
viajes. Con la plaza
volcada, sin embargo, el
torero murciano atacó
con la espada en la
suerte contraria, el
toro esperó sin ayudar
ni pasar, se demoraron
la estocada y la muerte
–de bravo- y sonaron
hasta dos avisos.
Sensible, el público
supo reconocer los
méritos de la faena.
El toro salinero,
barrigudo, imponente,
fue un punto andarín,
pero tuvo una virtud:
venirse de largo y, sin
humillar propiamente,
meter la cara. Lescarret
se descaró precisamente
de largo y, en los
viajes del toro a favor
de querencia, aguantó
los embroques, bajó la
mano y vació las
embestidas. Emocionante,
por tanto. En los
momentos de apuro,
Lescarret supo
defenderse, salir de la
zona de peligro sin
descomponerse. Sin
forzar al toro, que fue
dueño de la pelea pero
sin que Lescarret fuera
por eso víctima. La
fragilidad del torero
era parte de su gracia.
Padilla puso la luna de
canto en el cuarto toro.
Pretendió dejárselo
crudito con sólo un
puyazo. No accedió el
presidente. Tres pares
de banderillas de
laborioso encaje porque,
muy en Miura, el toro lo
veía venir, lo esperaba
y cortaba, pero Padilla
se empeñó y clavó los
tres pares, arriba los
tres. El tercero fue un
“les deux d’une main”, o
sea, un violín. Muy
afinado. La faena tuvo
su parte de cuerpo a
cuerpo, su fondo de
poder, sus sabios
toques, el buscar y
encontrarse imaginables
en un torero tan
profesional y tan
curtido en esta clase de
combates. Música, jaleo,
Padilla en salsa
picante. Y una estocada
de memorable efecto,
porque el toro salió
casi rodado del
embroque. Se resistió el
palco a la segunda
oreja, pero el pueblo
pagano la exigió con
fuerza.
El quinto fue el toro de
la corrida: el de más
viveza y belicosa
correa, un agitador en
constante ataque de
tensión. Le costó a
Rafaelillo encontrar el
cómo, pero acertó a
asentarse, a no dejarse
ganar por la mano.
Sufriendo un poquito el
torero, que no perdió la
moral. Ni tampoco al
toro la cara. Muy
tendida media estocada
sin muerte. No se
descubrió el toro cuando
Rafaelillo tomó el
descabello. Acierto al
quinto intento, con el
toro barbeando tablas
con feroz resistencia,
otra vez cayó el segundo
aviso, pero de nuevo la
gente reconoció el
carácter de Rafael.
El sexto, muy bien
picado por Rafael Sauco,
hizo cositas de manso,
pero fue toro manejable
por las dos manos.
Lescarret, vacilante al
principio, se fue
confiando poco a poco.
Hasta cierto límite.
Combate nulo. Sonó el
segundo aviso cuando
caía el toro. Dos horas
y media de festejo.
Llevaba lloviendo en
Arles treinta y seis
horas seguidas, se había
suspendido o aplazado
hasta tres festejos de
esta Pascua pasada por
agua y con la llegada de
Miura escampó. Encantada
por todo la inmensa
mayoría. Diez mil almas.
(COLPISA,
Barquerito)
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