
Toros en El Puerto
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El toreo encierra en sí mismo toda una filosofía de vida, toda una forma de ser y estar, no sólo en el ruedo, sino que ese talante también se proyecta al exterior. Yo me pregunto qué habría ocurrido si a los futboleros Messi, Ronaldinho o Raúl le da un toro la paliza que se llevó César Rincón en el cuarto. Me pregunto si esos jugadores habrían reaccionado del mismo modo que lo hizo el bravo torero, apartando a los que querían refrescarle la cabeza con agua y sin beber ni solo un traguito después de la enorme voltereta y, sin mirarse si estaba herido, volver al toro tambaleante y volvérsela a jugar a corazón abierto. Yo me pregunto si esos jugadores, con la vida resuelta como el mismo Rincón, tienen esa raza, ese concepto de la vida, o bien un simple esguince en un lance del juego es suficiente para que tres médicos, dos ats, medio equipo de fútbol, un árbitro, un linier, un carrito-ambulancia y hasta su madre aparezcan de inmediato en el campo para 'mimarlo' y solicitar el cambio... El toreo es distinto a cualquier cosa. Es una profesión dura, muy dura. Tan dura como que un banderillero coloque dos buenos pares y, a pesar de que la Maestranza le ovacione sin parar, hasta que su matador no le da permiso, no saluda. Es la disciplina de sus valores, de una jerarquía establecida y de un respeto a sí mismo y a los demás. Más duro es aún que ese banderillero haya sido torero y que las circunstancias adversas le obligaran a cambiar las ilusiones de oro de las puertas grandes por la humildad de la plata de las banderillas. Es el caso de Luis Mariscal, que incluso sabe lo que es salir a hombros por la Puerta del Prínicipe de novillero... y ayer estaba de banderillero y a las órdenes de su hermano. Es de muy hombres asumir todo eso, que tu hermano pequeño sea ahora quien destaque y, además sea tu 'jefe' de filas. Y más aún, que sea tu propio hermano quien tenga que darte permiso para saludar tras dos buenos pares, o destocarte ante él para agacharte, recoger su montera del albero y entregársela respetuosamente. Por eso el toreo es único, no hay nada igual ni comparable, y encierra unos valores tan duros como inmensamente elogiables.
Francisco Mateos |
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