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"Taurineando a Robin Hood"
 

 

   

     Cuenta la historia que Robin Hood, en los bosques de Sherwood, era un ejemplo para los pobres por ser una especie de 'delicuente bueno'; el 'ladrón de los pobres', como era conocido. Y es que, a pesar de su posición holgada, no logró soportar las enormes diferencias de la sociedad de la época, en la que el pobre era cada vez más pobre, y el rico cada vez más rico, mientras la Justicia miraba hacia otro lado.

En el segundo festejo de la Maestranza, que no se aún bien por qué motivo el presidente Juan Murillo ha estado en el palco en ambos, cuando lo previsto es una rotación de los equipos (ya se sabe que en esta plaza de Sevilla la información al público no tiene cabida posible), se ha visto la versión contraria de Robin Hood en taurino.

          El Domingo de Resurrección -quizás contagiado del lujoso populeo del estreno de temporada maestrante- concedió una oreja a El Cid por una petición claramente minoritaria y solicitada sin pasión; pese a ello concedió un trofeo que el sevillano paseó ante unos tendidos sin la alegría que siempre supone una oreja. En el segundo festejo, también con el mismo presidente (igualdad de criterios se supone), se le ha negado una oreja a Daniel Luque en el primero de la novillada por una petición mayoritaria, con amplia y sonora bronca (mucha pasión) al no concederla. Es decir, que el presidente Juan Murillo le arrimó más al rico y le quitó al pobre; le ayudó a El Cid -ya en figura, que también ha pasado lo suyo- y le restó al novillero necesitado de sumar triunfos y plazas.

         No ha sido justo Murillo; no ha medido por el mismo rasero. Y en caso de no haber sido equitativo, hubiera sido más comprensible que lo hubiera hecho al contrario: arrimarle más al pobre que al rico, ayudar al novillero que a la figura con una temporada hecha a buen caché. Hasta las malas lenguas decían por los tendidos: "claro, como El Cid está medio apoderado por la empresa de Sevilla", en alusión a que los apoderados del sevillano son miembros muy activos de la empresa de Sevilla. En este punto sí que pongo la mano en el fuego por la inflexibilidad de Juan Murillo ante intereses creados. Valga esta reflexión para que no deshonremos aquella figura de Robin Hood, y si hay que 'robar', robémosle al rico para saciar al pobre. Aunque ambos casos sean delitos.

  Francisco Mateos
  13 abril 2007
 

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