
Toros en El Puerto
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Pasa cada vez que hay una corrida de rejones:
los abonados le ceden su entradita a compromisos
laborales o amistades y matan varios pájaros de
un tiro: ganan a un amigo agradecido, creyéndose
éste que qué 'peasoamigotengo' que me ha
regalado una entrada, cuando lo que realmente
ocurre es que no quiere ver 'los caballos'; y
además contentan a la señora y a los nenes
pasando el día primaveral en un chiringuito de
las cercanas playas. Jugada perfecta, carambola
a tres bandas. Y no sólo les pasa a los
abonados, sino también a nosotros mismos -mea
culpa-, los periodistas, que si no es
imprescindible nuestra presencia en la plaza ese
día, nos escaqueamos. Y es que, en cierto modo,
a los que nos gusta y valoramos el toreo en pie
en su justa medida, no le restamos los méritos
que tienen los jinetes, pero qué quieren que les
diga: cuando en días anteriores y posteriores
vamos a ver a tres hombres jugarse la vida a
cuerpo limpio con toros en puntas, da no se qué
ver a tres jinetes a caballo con toros
despuntados. Son cosas distintas, evidentemente,
pero choca verlo sobre el mismo ruedo con sólo
24 horas de diferencia.
Eso no quita
para que se tenga que reconocer que los rejones
se hayan convertido en un chaleco salvavidas en
la mayoría de las ocasiones para las empresas en
sus ferias. Aquí, en Sevilla, hasta dos corridas
de rejones, que así de bien deben salirle los
numeritos a Canorea que desde que se probó el
invento se sigue manteniendo, y eso es por los
excelentes resultados económicos.
Francisco Mateos |
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