
Toros en El Puerto
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Bandejas de plata y guantes blancos
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Es su palco. Pueden
hacer lo que quieran. Pero choca. Da un
'nosequé' ver cómo la plaza está a
reventar, completamente enlatados como
sardinitas en sus asientos los
aficionados, todos allí apretujaditos,
rozándonos piel con piel de los vecinos
de localidad, mientras ellos, allá en su
palco, pueden estirarse cómodamente
hacia delante y atrás. Me refiero, a l
palco de los maestrantes. Ya sé que la
plaza es suya, y sólo suya; que hubo una
vez un genial torero que se atrevió a
desafiarles construyendo una Monumental
y el poder fáctico de la Maestranza
parece haber logrado, a lo largo de los
últimos setenta años, que no quede ni un
solo vestigio de aquella impresionante
plaza, que sólo conocemmos por
fotografías de la época.
Pero al margen de la mayor comodidad en
ese palco en el que apenas hay 40
maestrantes cada día, el mismo espacio
en el que en el resto de las gradas mete
Canorea a más de 200 aficionados, es que
de vez en cuando pasan camareros,
elegantemente uniformados, con
bandejitas plateadas y guantes blancos,
repletas de zumos, aguas y gaseosas para
que los ocupantes de los almohadillados
y amplios asientos estén más cómodos
aún. Estas acusadas y visibles
diferencias, parece que
intencionadamente marcadas, parecen
anacrónicas. No estamos ya en la época
de señores y vasallos. En una plaza tan
incomodísima como la Maestranza, golpea
en los sentidos estas diferenciaciones
sociales intencionadas. El talante de ZP
no tiene fuerza aquí. Ninguna. Es más,
en este palco de los maestrantes ni tan
siquiera pueden estar sentados los
matrimonios juntos; no. Los caballeros
en la parte derecha y las señoras a la
izquierda. Separados. Como cuando en la
época franquista había colegios de niños
y de niñas. Y es que una cosa es el
respeto a las tradiciones y otra bien
distinta ir contracorriente.
Francisco Mateos |
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